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Freddy Auqui Calle

Niño-Niña

He evitado las cámaras fotográficas desde que tengo memoria. Como si tratara de un crimen, me he encargado de borrar todo rastro de mi yo imagen, toda huella. Los álbumes de fotos de la casa de mi madre están a tope, pero yo no aparezco en ninguno de ellos.

Si a todo el mundo le gusta retratarse por qué yo no he logrado hacerlo ¿Cuál es el origen de este mal? ¿A qué se debe este miedo, este terror? Pronto cumpliré cuarenta años y solo a estas alturas de mi vida, creo haber hallado la respuesta.

Hace unos días mi mujer y yo, como de costumbre, estábamos recostados sobre la cama. Era sábado y habíamos vuelto de visitar a mi madre. Veíamos en la tele el noticiero estelar de Ecuador tv. Puras banalidades como siempre. Pero al final del programa vimos el promocional de los eventos de agosto, mes de las artes. De pronto, me quedé impresionado al ver que este año se llevaría a cabo el primer Festival OrguYo.

Lo uno llevó a lo otro.

Me saltó a la memoria una escena de la niñez.

—El escenario es Sevilla, el pequeño pueblo donde nací y crecí. Mi madre y mi tía Dora están cociendo los vestiditos de mi hermana Faby. Abuela aparece en la escena y me levanta en sus brazos. ¡Qué linda muchachita!, me dice ¿Quieres que te ponga un lindo vestido? Si, afirmo yo con la cabeza. Entonces me pone un vestido hermoso, y yo, niño-niña, de unos tres años, soy el ser más feliz del universo. Luego, con mucho cuidado abuela me deposita sobre la mesa que solía estar junto a la puerta del dormitorio. Entonces, como un ser digno de ser adorado, doy un par de vueltas de inocente modelaje, y con mi manita diminuta, hecho mi cabello castaño sobre los hombros. Lo que todo ser aspiras se vuelve realidad, me siento querido. Pero de un momento a otro la escena se vuelve obscura. Madre, tía, abuela, se echan a reír, a carcajada viva. Y yo, inocente de mí, asustado-asustada, conozco por primera vez el látigo de la burla. Me echo a llorar desconsoladamente­—   

Es todo lo que recuerdo.

Ese es fue el origen de mi trauma. Desde entonces no he hecho más que huir de mí mismo. Sin saberlo, madre, tía y abuela, mataron con sus risas a la hermana gemela que yo llevaba dentro.

Recordé aquello y tuve un ataque de risa, una risa nerviosa y esquiva. Qué te sucede, preguntó Irina, pero yo no pude parar de reír durante un buen rato. Cuando estuve calmado le conté lo que acababa de recordar.

Ahora voy a tomarme todas las fotografías del mundo, le dije. Al fin, dijo Irina, a quien tanto le gustan las fotos y yo no había accedido a tomarme ninguna con ella, ni siquiera en las mejores ocasiones. Me abrazó con ternura.

La noticia del festival trans que acababa de en la tele me quedó rondando la cabeza.

Voy a ir a la marcha trans, volví a decir a Irina. Irina se echó a reír. Perdón, perdón, no me estoy riendo de ti, se excusó, al ver mi seriedad. Si, voy a ir al festival y tú vendrás conmigo, le dije nuevamente. Irina afirmó con la cabeza.

El domingo llamé por teléfono a mi buen amigo Chezco. Años atrás, cuando los dos atravesamos nuestro primer divorcio, le había contado que una vez me habían disfrazado de niña. Tan pronto como contestó el teléfono le recordé aquello y le conté sobre el festival trasn que acaba de ver en la tele ¡Qué te parece si nos travestimos de verdad y acabamos con nuestros malditos traumas! le propuse. Chezco soltó una carcajada maravillosa, pero dijo que estaba de acuerdo.

Falta una semana para el festival. Chezco me ha enviado al WhatsApp las fotos de su traje: unas botas negras que seguro le darán hasta la rodilla, una falda roja, y una peluca color dorada. Vaya que me da risa escribir todo esto. Chezco es un hombre de unos ochenta kilos, más bajito que yo, me imagino lo ridículo que se verá con ese traje. Yo también he conseguido mi traje. Irina me ha prestado unos tacones rojos, un vestido negro que a ella le luce hermoso, unos pantis y un brazcier 38c. Solo me falta la peluca. Espero encontrar una de un color similar a mi cabello infantil. Un castaño bajito.  

Hoy Irina se fue de compras y he aprovechado, después de muchas dudas, para probarme su ropa. Me he puesto el vestido, los pantis, y luego el enorme brazcier, finalmente los tacones ¡Qué alto-alta me siento!

He estado a punto de abortar la misión, pero al final me he asomado al espejo ¡Dios, que extraño-extraña me veo! Pero me gusta. Lo único que descompagina es mi cabeza rapada. He dado un par de vueltas por la sala de la casa y he vuelto a mirarme al espejo. Las bubis se ven bien, pero siento que me falta un poco de cola. Tendré que solucionarlo con alguna esponja.

Faltan dos días para el festival. Irina esta lista. Chezco está feliz. Durante el desfile seguro habrá cámaras y periodistas y curiosos, y risas. No me perderé ni una foto, ni una mirada, ni una risa ¡Se los juro! Esta vez seré el centro de la fiesta.

¡Dios, comienza a gustarme sobremanera todo esto! Antes del festival Chezco vendrá a casa para salir juntas desde aquí. Irina conducirá el auto porque con los tacones de aguja me sería imposible ¡Que sea lo que dios quiera!

Si todo sale bien... iremos en octubre a la marcha de las putas. ¡Se los prometo!  

 

Publicado la semana 37. 21/09/2021
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