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Freddy Auqui Calle

Fantasmas

¡Si escarbas en tu pasado, prepárate para el asombro! Decía Ítalo Calvino.  Tenía razón. Después de haber leído infinidad de documentos sobre las sublevaciones indígenas en el siglo XVIII, uno de ellos me ha dejado literalmente en shock. El documento pertenece al Archivo Histórico del Cantón Alausí (1780) y relata un caso judicial sobre el asesinato de dos curas diezmeros en las faldas del cerro Pilches. En principio he estado emocionado con el documento, pero cuando he llegado al nombre de los asesinos me he quedado paralizado: Juan Pablo Chafla, Freddy Auqui Ortiz. He leído los nombres una y otra vez, me he levantado, he vuelto a leer, he pensado en lo extrañas que son las coincidencias, he salido a la terraza por un momento, he regresado a los documentos, a los nombres. No hay duda… el nombre de uno de los asesinos coincide con el mío.  

He apagado el computador, he pedido un taxi Uber y he salido de inmediato a ver a mi padre. Padre está muy muy viejo, pero conserva su gutural voz, su terquedad de hierro. Nos hemos dado un abrazo y feliz de verme, me ha invitado a tomar un café. Es como si me hubiese estado esperando. Entonces le he contado la extraña coincidencia... Padre se ha quedado en silencio y ha encendido un cigarrillo.  

Si, así se llamaba tu tatarabuelo —no es ninguna coincidencia— ha dicho luego de un largo silencio. ¡Esos curas hijos de puta lo tenían bien merecido!  Y los hacendados y los mayordomos… también. Y cómo te has enterado de eso, ha preguntado. Entonces le he contado sobre el posgrado en historia y la tesis que estoy haciendo. Haces bien, continúa escarbando, la historia es importante, ha dicho. Luego se ha levantado de la mesa, ha caminado hasta su dormitorio y ha regresado con algo entre sus manos. 

Esto es para ti… toda la familia lo sabe… cuando los curas diezmeros pasaban haciendo los censos tu tatarabuelo y tu bisabuelo mataron a varios de ellos. Dicen que cuando les veían pasar por el pueblo, a escondidas, les daban alcance en Pilches.... Una vez estuvieron en la cárcel de Alausí, pero con la ayuda de gente de buen corazón, lograron escapar. Este es el puñal que usó tu tatarabuelo para matar a esos malditos curas, de hoy en adelante lo tendrás tú.

No supe que pensar. Di un último sorbo al café, tomé el puñal, lo guardé en mi mochila, me despedí de padre con un abrazo y salí de su casa.

Por la noche llamé a Andrea y le invité a venir a mi apartamento. ¿Qué haremos? Me preguntó. Pues nada, lo de siempre… beber y contar historias, dije. Dale, ahora salgo para allá, dijo ella entre risas.

No habrían pasado unos 30 minutos y Andrea llegó. Venia toda de negro. Hermosa. Una cruz invertida brillaba en medio de su sugerente escote. Nos besamos, le invité a tomar una copa de vino y le conté lo que acababa de suceder… Ahora entiendo tus aberraciones…dijo ella y se echó a reír. Nos reímos a carcajadas. Fumamos un poco de cuco y continuamos bebiendo.

Cuando estuvimos algo borrachos, salimos a destruir la ciudad.    

Publicado la semana 28. 12/07/2021
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