21
Freddy Auqui Calle

La carnicería

Por la mañana fui a la pescadería. Encontré a la Juana, la hija del carnicero. Bestía una blusa gris de manga corta y una falda sucia sobre las rodillas. Pude adivinar sus tetas colgadas hasta el estómago, su esquelético cuerpo de tras de esas ropas viejas y sucias. Sus ojos hundidos se clavaron en los míos.

—Hola Freddy ¡Te ves mejor que siempre! ¿Cómo estás?

—Estoy muy bien, gracias, dije. Por favor véndeme dos libras de corvina.

—Claro, dijo Juana, sin dejar de atravesarme con su mirada.

Mientras Juana preparaba mi pedido pude ver los distintos pescaditos de la vitrina. Los descoloridos ojos de la Juana parecían los de los pescados muertos.  Son 4 dólares con cincuenta, dijo Juana y puso la funda sobre el mostrador.

 —¿Cómo te va con tu nueva esposa? me preguntó de repente.

—Bien, todo bien, contesté.  

—Imagino ya has superado lo que le sucedió con la anterior… volvió a decir Juana. Noté en su voz un tono rencoroso.

—Esas cosas no se superan fácilmente, dije, y puse cuatro monedas sobre su helada y huesuda mano.

—Me robaste la juventud, dijo, con un tono lleno de amargura, así como le robaste la vida a esa pobre mujer ¡eres un hijo de puta, un vampiro! Sentencio

 

Hacía mucho tiempo que Juana fue mi novia. Era la chica más hermosa del barrio. Yo cursaba la universidad y ella estaba en el último año de la secundaria. La pasamos bien, pero al final nos separamos. Después supe que se casó con un cerdo (policía) y tras darle tres escuálidos hijos este le abandonó. Yo hice mi vida.

Cuando muera don Felipe, su padre, ella heredara el negocio de la pescadería. Menos mal. Así podrá alimentar a sus hijos. Ya no queda nada de la muchacha hermosa que bese en mi juventud. Pura piltrafa. ¿Por qué decía que le robe su juventud?

—No te entiendo, dije, muy sorprendido.

—Claro, ahora hazte el tonto. Yo te quería. Cuando me dejaste me casé del puro despecho. Me quedé embarazada y no tuve opción que casarme con ese cerdo hijo de puta. ¡Te odio! Absorbiste mi juventud como un vampiro. A cuántas mujeres le has hecho eso. Que yo sepa van tres ¿no? Con la última qué paso, cuál era su nombre, Graciela cierto, si, así se llamaba la pobre, tan bonita y joven y buena gente que era, acabar suicidándose por culpa tuya. Y ahora qué, una nueva esposa, ¿la quieres? Cuánto te va a durar, qué harás con ella, le quitaras la juventud como a mí y como a todas las demás y luego la dejaras, anda, constátame. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Hasta luego Juana, dije, y salí de la pescadería. Su miserable vida le había vuelto rencorosa.

 

Cuando regresé a casa encontré a Irina cocinando.

— Por qué has tardado tanto, me preguntó.

—Pues nada, unos clientes antes que yo comprando pescado, mentí.

—Ah, dijo Irina. Olvide decirte que le des mi saludo a la Juana, el otro día estuvimos hablando… Se nota que es buena gente.

 —Bueno, otro día seguro, contesté.

Fue entonces cuando note algo raro en el rostro de Irina.

—Te sucede algo, pregunté.

—No, nada, dijo. Por qué lo dices.

—No, por nada, dije.

Irina tenía unas enormes bolsas de bajo de los ojos. Su cara lucia como con diez años mayor. Le di la funda de corvina y fui a lavarme las manos en el tocador. Levante la vista, observe mi rostro en el espejo ¡Qué bien me veía!

Mientras Irina cocinaba empecé a silbar una canción.

 

 

Publicado la semana 21. 29/05/2021
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