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Freddy Auqui Calle

El reproche

Los que me conocen saben bien que no me gusta esperar, pero esta vez al parecer bien valía la pena.

Llevaba yo de pie sobre la acera de la Av. Amazonas esperándola durante tres mil millones de años, quizá durante tres mil trillones de años, no lo sé…

Y finalmente, la tarde del 25 de agosto aparecio Nora Galindo en la esquina de la calle Calama.

La vi caminar con su acostumbrado aire de fiesta, liviana, casi sin topar el suelo. La vi y tuve un conflicto con mi animalidad. Quise salir corriendo y abrazarla, subirme en su lomo, besarla de los pies al infinito. Pero no salía del asombro, de la momentánea paraplejía que me había provocado su repentina aparición.

En unos segundos la tuve cara a cara.

Sentí una irrigación animal por todo el cuerpo. Tuve ganas de comerla, de saciar el hambre acumulada durante los muchos milenios de espera… ahora tenía a mano su cuello delicado, sus perfectas y jugosas tetas, su culo redondo, sus labios rojos.

Pero nada, nada de lo anteriormente pensado logré hacer. Decidí llevarla a casa y presentarle a mamá.

Madre, ¡le presento a mi futura esposa! le dije.

Lo que todo hijo teme se hizo realidad…

Madre dice que Nora es muy delgada y que parece de plástico, que era preferible un maniquí de esos que exhiben lencería barata en las puertas de todos los centros comerciales de todas las ciudades de la tierra. Le digo que solo es por un tiempo, que Nora adornaría bien la casa, que nada es para siempre, menos las ninfas, que acostumbran a abandonarlo todo el día que uno menos lo espera…

Pero no, no logro convencer a mi madre de quedarme con Nora.

Entonces no me queda otro remedio que lanzar a las dos por la ventana.

Mueran ¡hijas de puta!

 

Publicado la semana 2. 11/01/2021
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