18
Freddy Auqui Calle

El día que conocí a Ray Bradbury

Tenía una leve tos, pero confiado en que había superado el contagio y mi sistema generado los suficientes anticuerpos, decidimos aprovechar el feriado de Semana Santa e ir con Alexa a la playa. Llamé por teléfono a Rodrigo Tacuri, un compadre que tiene una casita en la playa de Esmeraldas.

—Vengan cuando quieran, dijo.

Rodrigo nos recibió como se recibe a un compadre… con un delicioso plato de fanesca y unas cervezas bien heladitas. Era viernes santo, hacia un sol espléndido, la compañía era inmejorable. Después de comer Alexa y yo fuimos a darnos un chapuzón en el mar, el agua estaba tibia y pacífica, pero no nos quedamos mucho tiempo. Cuando salimos del agua Alexa pegó un grito y se agarró la pierna; una medusa se le había pegado en la pantorrilla; la retiré con cuidado y le devolví al mar — se quejaba como si un tiburón le hubiese arrancado la pierna—  

—Qué sucede, preguntó Rodrigo.

—Nada, se le apegó una diminuta medusa en la pierna, dije, subestimando el dolor.

—No hay problema, regreso en seguida, dijo Rodrigo, y desapareció de tras de la casa. En un par de minutos vino con un sapito amarillo en la mano y tomándole de las patas le frotó en la pantorrilla afectada de Alexa. El dolor desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Por la noche comimos una parrillada de mariscos y de broma en broma empezamos a beber. Marjorie, la mujer de Rodrigo preparó madera e hicimos una fogata enorme —Sus niños jugaban a policías y ladrones mientras nosotros nos embriagábamos— Hablamos de mil cosas: de como muchos compañeros del Instituto donde trabajamos habían muerto, de los divorcios a consecuencia del encierro, de las teorías de la conspiración, del gran negocio de las farmacéuticas, del silencio de la iglesia, de los síntomas del covid19, de los doce días de fiebre que tuve yo, etc. Marjorie comentó que se había curado con cascarilla… una copa en la mañana y otra en la noche, le había recomendado el curandero del pueblo. Mi mujer y Rodrigo fueron asintomáticos.  

Cuando estuvimos bastante borrachos nos despedimos de nuestros compadres y subimos a la habitación que nos habían asignado. Hicimos el amor por un rato… pero seguramente nos quedamos dormidos. Lo último que recuerdo es que me desperté en la madrugada sin poder respirar. Algo me oprimía el pecho y me impedía tragar el aire. Con las ultimas fuerzas logré despertar a Alexa —siempre envidio su capacidad de dormir como una piedra—   

Ella cuenta que me hube desmayado y entrado en convulsiones, que dio aviso a Rodrigo y que salieron de inmediato a ver a don Jacinto, al curandero del lugar. Dicen que le encontraron en seguida. Un indio Chachi que conoce todos los secretos de este y del otro mundo. Dicen que, como si hubiese sabido lo que estaba sucediendo… este ya había preparado un termo con una bebida caliente. ¡Eso te salvó la vida! está convencida Alexa.  

No sé cuánto tiempo abre estado sin poder respirar y volando en un estado febril. Lo cierto es que yo creí que había muerto. De repente me encontré en un lugar lleno de fuego y demonios y personas gritando y quemándose, así como se ve en las películas. Mucha gente iba en dirección de una puerta y al ver eso yo hice lo mismo, pero justo cuando iba a traspasarla alguien levantó la mano y me saludó.

—Ey, qué haces por aquí Freddy, preguntó.

—Quién eres, pregunté yo.

—Cómo qué quién soy ¡acaso no me reconoces! Se arregló su mechón de cabello blanco en llamas y me ofreció una enorme sonrisa.

—Soy Ray Bradbury, tu eres Freddy, extendió su mano y saludamos. Eres parte de los 52 golpes, llevas a penas 17 relatos publicados, aún no ha llegado tu hora, debes volver, no creas que te puedes librar así de fácil, dijo. Te faltan 52 años, a un relato semanal da unos 2.704 en total, no te apresures, este solo es el comienzo, sentenció, sin dejar de sonreír.  

Le devolví la sonrisa.

Bradbury volvió los ojos y dijo nuevamente, ¡este es tu lugar, pero no tu tiempo! puso su mano sobre mi hombro como si me deseara suerte y blandiendo su elegante chaqueta en llamas traspasó la enorme puerta del infierno.

Desperté, vi a mi mujer, a Marjorie, a Rodrigo. Me contaron que había estado delirando hasta el amanecer. Mi mujer dice que el brebaje que me dio a beber el indio Chachi me salvó la vida; yo le digo que fue Ray Bradbury.

De vuelta a Quito ella vino conduciendo. Ya no tengo ningún síntoma y desde hace días bromeamos sobre quién mismo me salvó la vida. Qué dicen ustedes, el indio curandero o Bradbury.

Este es el cuento número 18.

 

Publicado la semana 18. 29/05/2021
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