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Francesco Profilo

Noche de paz

Ya habían pasado cinco meses desde el comienzo de aquella maldita guerra y aun nadie había podido convencer al soldado inglés Thomas Sheringham de la utilidad de este conflicto bélico. Cinco meses escondido y enterrado en una trinchera, a cinco pies bajo tierra, jugando contra los alemanes a un juego donde quien pierde se muere. Más de ciento cincuenta días luchando contra el frío, los piojos, las ratas, la lluvia y el enloquecimiento. Añorando el abrazo de una mujer y de una comida digna de llevar ese nombre. Al principio, los altos cargos del ejército británico habían profetizado una guerra corta. Decían que todo el mundo iba a celebrar la navidad juntos a sus seres queridos, pero la navidad había llegado y Thomas seguía allí, extrañando su Liverpool natal y su familia. Ya había perdido muchos compañeros y por más que se esforzaba, no podía entender qué diablo hacía él con veinte años en el condenado frente de Ypres, en algún lugar perdido entre Francia y Bélgica, disparando contra chicos alemanes de su misma edad. Sin embargo, aquel día, el 24 de diciembre de 1914, en el frente se respiraba un aire algo más tranquilo y relajado. El ejército había decidido brindar a sus soldados una buena ración extra de comida y whisky para celebrar la navidad. Hasta los alemanes parecían menos hostiles de lo habitual y llegada la hora del té, no se había producido ningún ataque por parte de ninguno de los dos bandos. Cuando cayó totalmente la oscuridad, desde su posición de centinela, Thomas Sheringham divisó unas formas triangulares que alumbraban el horizonte. Llamó a su superior y ambos se quedaron unos segundos contemplando aquellas extrañas siluetas resplandecientes que rompían el negro de las tinieblas que protegían el frente alemán.

―¡Parecen como arbolitos de navidad!― dijo un soldado que se había erguido algo más arriba, protegido por un escudo compuesto por varios sacos de arena.

Después de esas palabras hubo un silencio acompañado de sorpresa y desconfianza en la trinchera británica. Un silencio que de repente se vio interrumpido por un sonido musical suave y lejano que provenía desde el lado alemán distante poco más de cincuenta metros. Parecía que los alemanes estaban cantando alguna canción popular que recordaba el compás de los villancicos navideños. Por pronta respuesta, uno de los soldados escoceses empezó a tocar con una pequeña gaita un villancico de su tierra, capturando la atención y la emoción de todos los presentes. Al mismo tiempo, desde el frente alemán, se levantaban cada vez más voces de gente cantando al unísono a las que también se había añadido el sonido de una corneta. Desde detrás de los pequeños abetos decorados que iluminaban la oscura noche invernal, de repente salió un soldado alemán ondeando algo en el aire con las manos.

―Esto parece una bandera blanca, caballeros… ¡No me fastidies que esa gente se ha cansado de luchar y que de verdad van a rendirse tan pronto!

El oficial que acababa de pronunciar estas palabras, sin perder más tiempo, salió de detrás de los sacos de arena y de las paredes de madera que protegían la trinchera y se encaminó tranquilamente con los brazos abiertos hacia el hombre que se iba acercando a ellos. En cuanto los dos militares se alcanzaron mutuamente, después de un protocolario saludo marcial, empezaron a hablar animadamente entre ellos. Poco después, el oficial británico estaba de vuelta a su lado del campo de batalla con una canasta de mimbre en la mano.

―Dicen que si no le disparamos, ellos tampoco lo harán hoy. Parece que quieren hacer una tregua por el día de navidad. Un alto al fuego de veinticuatro horas. Y nos han traído hasta regalos. Aquí hay salchichas, chocolate, tabaco y algo de alcohol, señores. Repartiremos eso entre todos. Y también me han pedido si queremos intercambiar botones y sombreros con ellos, como recuerdos.

Los soldados británicos empezaron a ponerse de pie, mientras murmuraban alegres y sorprendidos. Algunos se quedaron abajo en las trincheras, escépticos ante una situación tan extraña como aquella, pero la mayoría tenía ganas de ver por lo menos lo que estaba pasando arriba y poco a poco empezaron a salir de la línea de frente. Los soldados alemanes hicieron lo mismo, caminando pacíficamente y sonriendo hacia el encuentro con el enemigo. Cuando las dos facciones se juntaron en el medio de lo que se había denominado “la Tierra de Nadie”, empezaron a abrazarse e intercambiar obsequios. La mayoría no se entendían entre ellos, pero había miradas y gestos que no necesitaban de traducción. La mañana siguiente, se disputó hasta un partido de fútbol entre las dos partes, partido del que se dice que al final ganaron los alemanes. Eso bastó para convertir aquel día de navidad en un día de tregua histórico al principio de una larga y atroz contienda al que con el tiempo se le conocería con el nombre de “la Gran Guerra”. Fue así que gracias a la música, la comida y el fútbol, unos seres humanos se dieron cuenta que debajo del uniforme del enemigo, había también otros seres humanos.

Publicado la semana 51. 25/12/2021
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