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Francesco Profilo

Periodismo en tiempos de pandemia

Cuando mi jefe me llamó para comunicarme que teníamos que cubrir una manifestación de antivacunas en Madrid, supe desde el primer momento que aquello no iba a ser nada fácil. Pocos días antes yo había escrito un artículo donde intentaba concienciar a la gente sobre la importancia de vacunarse en masa contra este maldito bicho. En mi extenso reportaje había aportado datos sobre las vacunas en la lucha contra otras epidemias y enfermedades, además de números y estadísticas acerca de las muertes relacionadas con los vacunados. Pero al parecer, los lectores “no-vax” del periodico, no se tomaron muy bien mis palabras y a los pocos minutos de publicar dicho artículo, empecé a recibir ataques en las redes sociales llenos de insultos y acusaciones infundadas. Así que estaba seguro que en cuanto alguien me reconociera allí en la manifestación, las cosas se iban a complicar bastante y no iba a recibir muchos cumplidos por mi trabajo. Sin embargo decidí seguir las órdenes de mi jefe y mi código de honor personal de conducta como periodista. Acepté el encargo y la mañana de la concentración fuí hasta allí con un compañero que se encargaría de grabarlo todo. Al llegar al lugar donde se concentraban los participantes de la manifestación me dí cuenta que había mucha más gente de la que me esperaba. La plaza estaba abarrotada de personas gritando slogans antivacunas y de libertad de elección que sonaban tan fuerte que me costaba entenderme con mi compañero. En cuanto él se dispuso a encender la cámara y yo fui a sacar un micrófono de mi maletín, unos cuantos manifestantes empezaron a reconocerme.

―Oye, tú eres Javi Molina, el periodista que también sale en el programa este de la tele, ¿verdad?― me preguntó una señora mientras agitaba un cartel donde ponía “No al 5G - No a las vacunas”.

En menos de un minuto, nos rodearon unas veinte personas bastante animadas y empezaron a insultarnos. Se nos acercó un hombre enorme con su hija sentada a horcajadas en sus hombros, después de quedarse unos segundos observando, supongo que para entender exactamente lo que estaba pasando, me miró desafiante y de repente soltó:

―¿No te da vergüenza hacer lo que haces? 

Yo le miré algo asustado, su tamaño era realmente imponente. Tragué saliva y contesté con una voz poco convincente:

―Por qué debería avergonzarme... Soy periodista, solo estoy haciendo mi trabajo.

El hombre me interrumpió bruscamente poniendo una de sus grandes y peludas manos en el pecho.

―¿Un periodista? Ni mierda. Un gilipollas es lo que eres tú. Y el Gobierno te paga para contar sus mentiras y esconder la verdad que todo el mundo ya conoce de sobra. 

Miró hacia su hija y le dijo:

―Dile que es un gilipollas, cariño. Para que se entere.

La niña, de no más de nueve o diez años, empezó a gritarme que era un gilipollas, con unos ojos llenos de un odio y un rencor que a esa edad no se deberían conocer.


Al final llegaron los golpes. Los primeros fueron por la espalda, pero pronto empezaron a caer de todos lados. Llegaron a rompernos la cámara al grito de “periodista-terrorista” y luego empezaron a lanzarnos de todo, invitándonos muy poco amablemente a abandonar la plaza. Después de recibir varias bofetadas, patadas, puñetazos y escupitajos, decidimos irnos de allí, aunque el material que habíamos grabado nos sobraba para describir el aire que se respiraba en aquella manifestación. Cuando volví a casa, me duché para intentar sacarme todo aquella suciedad y aquel odio de encima. Me quedé un buen rato bajo el agua intentando olvidar todo aquello. Al salir de la ducha me senté en el sofá, puse algo de jazz suave e intenté relajarme mientras le echaba un ojo a los periódicos online en el tablet. Me paré a leer una noticia donde contaban que habían matado a otro periodista en algún país de Europa del este. Al parecer el hombre estaba investigando un caso de corrupción en los altos mandos de la política nacional hasta que le mataron de un disparo en la cabeza en la puerta de su casa. Tenía cuarenta años, mujer y dos hijos pequeños. Dejé el tablet en la mesa del salón y me senté con mi familia en el sofá mientras me preguntaba a mí mismo si esta sociedad sigue necesitando a hombres y mujeres que cuenten la verdad o si todos viviríamos mejor sin conocerla.

Publicado la semana 48. 29/11/2021
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