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Francesco Profilo

The Tunnel (Nueva York, 1997)

Recuerdo muy bien la primera vez que entré al Tunnel Night Club. Era 1997 y yo acababa de cumplir veintiún años. En la radio del Lexus negro de mi primo Marcelus, que nos llevaba desde el Bronx hasta el centro de la ciudad, sonaba el álbum “Life after death” de Notorious B.I.G.. Cuando llegamos allí la atmósfera era inolvidable. Aquella era la época dorada del movimiento Hip Hop en Nueva York y podías sentirlo en el aire, podías notar como latía el asfalto de bajo de tus pies a ritmo de música rap. Jay Z, Nas, Notorious, Wu Tang Clan, Mobb Deep… Todos esos monstruos eran nuestros vecinos, pisaban las mismas calles sucias que pisábamos nosotros y por las esquinas de los cinco distritos de la ciudad que nunca duerme, se respiraba Hip Hop. Nosotros íbamos vestidos como iban todos los chavales de nuestro barrio en estos años; pantalones anchos de Fubu y Phat Farm, chaquetas Starters y Avirex, zapatillas de Adidas y Air Jordans, botas Timberland y Clarks, gorros Kangol y Tommy Hilfiger. Para entrar en el club esperamos algo como tres horas haciendo cola con el frío neoyorquino de diciembre que cortaba la piel de la cara como cuchillo de afeitar. No había ningún código de vestimenta para entrar en esos tipos de clubes entonces, el mundo del Hip Hop aún no se había convertido en fashionista y comercial, pero ser rechazado a la entrada de The Tunnel era algo habitual en aquellos años. Llegué a conocer gente que intentaba entrar cada domingo sin lograrlo nunca. El club estaba en el número 220 de la decimosegunda avenida en Chelsea, Manhattan, y antes de que el puerco de Rudolf Giuliani lo cerrara en 2001, The Tunnel fue como el Studio 54 para la cultura Hip Hop en Nueva York. Aquel domingo de 1997, entré en el club con ganas de comerme el mundo, nunca había estado en un sitio así antes y todo lo que veía me parecía nuevo y extremo. Había de todo allí dentro; Marijuana, éxtasis, cocaína, punkis, rockeros, negros, blancos, latinos… Me acuerdo que hasta había jaulas colgadas del techo con chicos y chicas adentro bailando. Los baños eran mixtos, ósea para hombres y para mujeres y si entrabas allí, podías llegar a ver cualquier cosa. La música era alucinante. Si sacabas un tema de rap en aquellos años y no te lo pinchában en el Tunnel no eras nadie. Cuando llegaron los años dos mil, la situación fue cambiando gradualmente. Afuera del club, después de una determinada hora la situación era bastante chunga. No era algo extraño encontrarse a un cuerpo tumbado en la calle en la décimo primera avenida, a veces los cuerpos pertenecían a borrachos. Otras a gente que no había logrado sobrevivir a la noche neoyorquina, por una razón o por otra. Sin embargo, con la nueva política de tolerancia cero del alcalde Giuliani, era muy complicado que sitios así pudieran seguir abiertos. El dueño del club fue denunciado por tráfico de droga, una acusación que nunca fue confirmada en un juicio, aunque por eso y por más problemas fiscales, al final lograron que el club cerrase definitivamente. La ciudad, así como el mundo que la rodeaba, estaba cambiando radicalmente. Ya no había sitio en la sociedad para un lugar que oliera al siglo pasado y ya no se volverían a usar baños mixtos en ningún otro club de Nueva York.

Publicado la semana 47. 22/11/2021
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