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Francesco Profilo

Crónicas marcianas

Después de años trabajando y ahorrando todo lo que no necesitara para subsistir, Sergio había juntado una buena suma de dinero y juntos con su esposa Maria, habían montado una pequeña librería. La librería, llamada “Crónicas Marcianas” en honor al libro de Ray Bradbury, era un pequeño local situado en un barrio obrero de una gran ciudad castigada por la gentrificación y la mala gestión de los políticos. En una época dominada por un gigante sin escrúpulos conocido como Amazon, abrir una pequeña librería como la de Sergio y Maria parecía casi un pequeño acto revolucionario. En las estanterías de Crónicas Marcianas, podías encontrarte pequeñas joyas desconocidas publicadas en pequeñas editoriales locales y obras de jóvenes escritores rechazados por grandes editoriales. Con el tiempo la librería empezó a captar los primeros clientes fijos, gente que quería seguir comprando libros de manera presencial, intercambiando opiniones con su librero de confianza y el negocio empezó a ir bastante bien. Sin embargo, todo empezó a cambiar con la llegada de la pandemia. Los meses cerrados, las restricciones, las palabras de los políticos que nunca se convertían en ayudas económicas reales... Todo esto había llevado a Sergio y Maria a plantearse la idea de cerrar definitivamente la librería. Y aunque las ayudas no llegaban, los impuestos tenían la precisión de un tren suizo y cada mes se comían un poquito más de los pocos ahorros que le quedaban a la pareja. Esta situación le afectaba a Sergio de una manera importante. Lo de cerrar su tienda, el proyecto que tantos sacrificios le había costado a él y a su mujer, era algo que no le dejaba dormir por la noche. Así que empezó a buscar soluciones, alguna manera de ganar dinero de una forma rápida. Pero por más que lo pensara, no se le ocurría nada que fuera honesto y legal. Hasta que un día, se topó con el anuncio de un concurso literario con un premio de veinte mil euros. Si ganaba esa suma, Sergio habría arreglado todos sus problemas económicos. Hacía muchos años ya que no se sentaba a escribir algo de verdad, pero años atrás, había estudiado escritura creativa y hasta había llegado a ganar un par de concursos locales. Se esforzó durante una semana para escribir un relato corto perfecto. Lo revisó decenas de veces, recortando cada palabra que sobraba y embelleciendo cada frase que no resultaba impecable. Cuando acabó el relato, se sintió satisfecho. Creía haber hecho un gran trabajo y ahora solo le quedaba esperar al fallo del concurso. Cuando llegó el día en que se conocería el ganador del certamen, se despertó muy pronto, alegre y lleno de esperanza. Pero al entrar en la página web del concurso, vio que el relato ganador había sido el de una mujer de unos cincuenta años, una historia de misterio empalagosa y perfecta para esos libros estériles que luego acababan vendiendo millones de copias. Sergio se quedó unos segundos mirando a su mujer tendida en la cama que todavía seguía durmiendo. Al cabo de un rato, decidió bajar a dar un paseo para intentar olvidar lo del concurso. Cada domingo, en una plaza poco distante de su casa, había un mercadillo de libros usados donde solía ir en búsqueda de cosas antiguas a buen precio. Sergio decidió ir a echar un vistazo a lo que había, más que nada para dar el tiempo a su mujer de despertarse y desayunar tranquila. Mientras miraba los libros en una parada de un viejo señor que no había visto nunca antes por allí, Sergio se fijó en un libro en Inglés. Se trataba de “Fahrenheit 451”, un clásico publicado por su escritor favorito, Ray Bradbury. Sergio le preguntó al anciano el precio del libro y el viejo contestó con una sonrisa de abuelo que estaba dispuesto a valorar cualquier tipo de oferta. Sergio lo miró algo sorprendido, luego sacó cinco euros de la cartera y levantó la mano esperando la respuesta del viejo. El hombre acentuó su sonrisa, puso el libro en una bolsa de papel y se metió los cinco euros en el bolsillo trasero del pantalón. Cuando Sergio volvió a casa, vio a su mujer que se acababa de despertar y preparaba el café en la cocina. Se le acercó por detrás y la besó suavemente en el cuello, preparándose para contarle lo de su fracaso en el concurso. Pero cuando Maria se dio la vuelta sonriendo y vio el libro, se lo quitó de las manos mostrando mucho interés. La pasión por Ray Bradbury era algo que la pareja había compartido desde el principio de su relación. María se sentó en la mesa de la cocina ojeando el libro hasta que la curiosidad en sus ojos se convirtió en sorpresa. Con mucho énfasis, le hizo notar a su marido que el libro que este acababa de comprar por cinco euros era una primera edición y estaba firmado por el mismísimo Ray Bradbury. Sergio le arrancó literalmente el libro de las manos y se puso a mirarlo como un yonqui mira su dosis recién comprada, antes de buscar un lugar apartado donde consumirla. Luego, con una sonrisa excitada, le preguntó a su mujer si sabía lo que aquello quería decir y sin esperar su respuesta, se precipitó sobre el ordenador y empezó a teclear con una emoción que no parecía poder controlar. Al cabo de unos segundos, Sergio giró la pantalla del ordenador hacia su mujer. En una página web de libros raros y antiguos aparecía el mismo libro, exactamente la misma edición firmada por el autor y al lado una cifra de esas que te hacen pestañear porqué a primera vista parecen inverosímiles. Veintidós mil trescientos cincuenta euros. Esa era la cifra por la que se vendía en internet el libro que María tenía entre las manos. Sergio y Maria se abrazaron entre risas que pronto se convirtieron en lágrimas de felicidad. Su sueño no se iba a acabar. La librería Crónicas Marcianas no iba a cerrar.

Publicado la semana 43. 25/10/2021
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