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Francesco ProBcn

Un amor anónimo

Rosa llevaba días sin dormir bien. No podía conciliar el sueño aunque lo había intentado con todos los remedios naturales conocidos por la mujer. En el trabajo la cosa no iba mejor, le costaba centrarse en sus tareas y ser productiva. No había estado con un hombre desde que lo había dejado con Pablo, hace ya más de seis meses. Después de acabar la relación con su ex, se había dado cuenta que lo de ligar teniendo casi cuarenta años, después de haber pasado los últimos ocho acostándose con el mismo hombre, no era tan fácil como lo vendían en los anuncios de las aplicaciones de citas. Así que en la tarde de un sábado de finales de mayo, en lugar de quedarse en casa viendo otro episodio de su serie favorita, se maquilló, se puso su ropa más sexy y salió a la calle. No tenía claro cómo iba a hacerlo, pero su único deseo era probar algo nuevo, una experiencia de las que te dejan las piernas temblando durante días. Llevaba un vestido floreado, tacones, nada de ropa interior y unas ganas terribles de ser poseída por un hombre desconocido en el baño de un centro comercial. Su idea, al principio, era dar un paseo por las tiendas intentando entablar conversación con algún chico, pero ella no necesitaba charlar, solo quería compartir su cuerpo con un extraño, sin preguntarle ni siquiera por su nombre. En cuanto llegó al centro comercial se acercó a la puerta de entrada de los aseos públicos, sacó el móvil y empezó a ojearlo como si simplemente estuviera esperando a alguien. Después de haber descartado un par de hombres a los que Rosa había contemplado como un niño mira la exposición de sabores en una heladería, entró un chico moreno de no más de veinte años. Parecía el líder de un grupo pop juvenil, de los que podrían trabajar de modelos para las revistas de moda. Rosa le interceptó con la mirada y le regaló una sonrisa coqueta recargada de doble sentido. Realmente no sabía qué hacer ni decir, nunca se había encontrado antes en una situación parecida. Lo único que se le ocurrió, fue abrir la puerta del baño para discapacitados y susurrar suavemente un “ven conmigo”. Al chico se le puso instantáneamente la cara como la cabeza de una cerilla, pero en su reacción se notaba claramente su disponibilidad incondicionada. En cuanto los dos estuvieron adentro, Rosa echó el pestillo a la puerta y agarró con fuerza el bulto ardiente entre las piernas del chico, mientras le subía la camiseta. Empezó a desabrocharle el pantalón mientras él la observaba con una expresión tan libidinosa como sorprendida. En cuanto acabó todo, los dos se limpiaron con el papel higiénico del baño y Rosa fue la primera en abrir la puerta y salir, dejando al chico solo, sin despedirse ni siquiera con una mirada. Luego volvió a su casa, se duchó, se cocinó una buena cena y se durmió con una enorme sonrisa.

Publicado la semana 4. 28/01/2021
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