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Francesco Profilo

El verano a finales de los 90

Aunque hayan pasado más de veinte años, recuerdo muy bien aquel verano. Nunca podré olvidar la sensación que probé, por ejemplo, jugando por primera vez al Tomb Raider o al Fifa en la recién estrenada PlayStation. En la radio sonaban “Frozen” de Madonna, “Save Tonight” de Eagle Eye Cherry, “Believe” de Cher y probablemente algún tema veraniego y empalagoso de Ricky Martin. En casa se nos había estropeado el televisor y mi madre no tenía ninguna intención de volver a comprarlo pronto, así que para ver los partidos del mundial de fútbol de aquel año, tenía que acudir a un bar lleno de humo y de adultos bebiendo y gritando frases irrepetibles. Por aquel entonces en la ciudad donde crecí había tanto contrabando de tabaco proveniente de Europa del este, que los bares solían tener dos de esos congeladores horizontales; uno para los helados y otro, apagado, para guardar las cajas de cigarrillos. 

 

Nosotros vivíamos en un barrio de casitas pequeñas de piedra blanca y mi hermano y yo no teníamos mucho que hacer para pasar el rato cuando estábamos en casa. Básicamente las opciones se reducían a escuchar la radio o leer y yo me pasaba todo el tiempo que no estaba en la calle entre los libros y la música. Nuestra vivienda se encontraba cerca de un cine que en verano hacía sesiones al aire libre y desde nuestro tejado, si te asomabas lo bastante como para arriesgar la vida, podías llegar a ver gratis películas como “El show de Truman”, “Salvar al soldado Ryan” o “La leyenda del pianista en el océano”. Fue aquel verano cuando me di cuenta que mi familia era más bien humilde, por no decir pobre. Mi madre trabajaba todo el día y supongo que también por eso me obligaba a hacer cualquier tipo de deporte. Fútbol, judo, taekwondo, baloncesto... Pero cuando llegaba el verano, solo quedaban los partidos de fútbol en la calle. Plazuelas que olían a mediterráneo, castigadas por el sol de finales de julio, donde pasábamos nuestras tardes intentando imitar a los futbolistas más en boga de la época. 

 

Recuerdo las paredes de la ciudad repletas de graffitis y los chicos bailando break dance en el suelo de mármol que rodeaba la iglesia de mi barrio. Recuerdo comprar porno y cigarros sueltos a escondidas, productos que forzosamente también tenía que consumir alejado de la vista de adultos y sobre todo de mi madre. Recuerdo la bicicleta que había heredado del nieto del dueño de la droguería delante de mi casa, a la que había añadido una carta del rey de la baraja francesa en la rueda trasera para que sonara como una motocicleta. Recuerdo también a los abusones de la zona que a menudo intentaban robarme la maldita bici y cualquier cosa medianamente chula que podía llegar a tener. 

 

Aunque fueron años duros para nosotros, este periodo marcó el comienzo de mi adolescencia y hoy en día recuerdo aquellos años con mucha nostalgia. Se que todo esto no volverá. No volverá mi abuelo con quien me quedaba en el sofá por las tardes mirando el ciclismo, la fórmula uno o Mike Tyson noqueando al pobre desafortunado de turno. No volverá mi abuela ni su pasta hecha a mano y sus botellas de té helado siempre presentes en la nevera que normalmente estaba cinco o seis veces más llena de la nevera de casa de mi madre. No volverá aquella música, aquellas películas y aquellas emociones que sólo se pueden vivir en una determinada etapa de la vida. Sin embargo, estoy convencido que aquel verano fue muy importante para mi educación y para empezar a forjarme como el adulto que soy hoy. No se si fue el mejor verano de mi vida, pero sin duda es el que más extraño y el que más desearía volver a vivir.

Publicado la semana 31. 02/08/2021
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