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Francesco Profilo

Simón

Recuerdo a Simón desde que mis pies vieron por primera vez una pelota de fútbol o quizás desde que mis piernas impulsaron por primera vez algún tipo de vehículo de dos ruedas. Probablemente, la mayoría de doctores y psiquiatras le definirían un loco, un enfermo mental o como quieras que le llamen de la manera políticamente correcta a lo de estar pirado hoy en día. Pero, sinceramente, me gustaría ver cuánto tiempo aguantarían estos estudiosos del coco viviendo la vida que vivió Simón. Mis primeras imágenes relacionadas con él quizás sean sus dos perros, unos pitbulls, sin duda la raza de perros más comunes en mi barrio durante los años noventa, y su hermano, que era el contrabandista oficial de mi calle. Recuerdo a su hermano vender más cigarrillos que un estanco, justo en la esquina delante de la ventana de mi habitación, en una época donde el contrabando de tabaco era lo que llevaba el pan a las mesa de buena parte de la población de la ciudad. Lo restante de su familia se componía por otro hermano en la cárcel con una condena por homicidio, una hermana sordomuda que se decía que había sido violada por un hombre que yo veía pasearse tranquilamente todos los días por el barrio y una madre con serios problemas mentales y una manifiesta incapacidad de cuidar de todo este desafortunado equipo. Simón era un chico grandote con un físico de alguien que no ha hecho deporte en su vida y unos dientes que no habían visto un dentista, y probablemente un cepillo de dientes, en muchos años. Solía vestir como rapero neoyorquino, lo típico de los chavales entre los quince y los veinte en aquellos años, pero con la ropa con más agujeros que un gangster tiroteado en la Chicago de Al Capone y más manchas que en un bavero de un niño sin dientes. Su pelo oleaginoso, sucio y descuidado, iba siempre censurado por una gorra de algún equipo de la NBA y un moco del mismo color del wasabi colgaba casi de manera perenne de su nariz torcida y puntiaguda. En resumen, su imagen era pobre, arrastrada y desgastada por años de mala economía, mala nutrición y mala educación. Simón pasaba su infinito tiempo libre de parado crónico en la calle, fumando y comiendo las sobras de los canutos y las meriendas de los chicos del barrio. Como una aspiradora de desechos orgánicos, como un barrendero de las sobras de una ciudad sin rumbo ni esperanzas para el futuro. Su método más habitual para conseguir droga o comida, era esencialmente dejar que lo usasen como conejillo de india para experimentos y retos, como meterse alguna sustancia rara o beber una botella de coca cola de un solo trago. A menudo, aún hoy en día y aunque ya son muchos años que no vivo allí, oigo historias y noticias sobre él. Nunca aprendió a hablar y leer correctamente y todavía sigue fumando mierda y tragando basura como si fuera su último día entre los seres humanos. Supongo que hay algunas cosas que no cambian nunca, que se quedan iguales para siempre. Y quizás, Simón y la gente que le rodea y sobrevive en ese aborto de ciudad, sean justamente unas de estas cosas destinadas a ser como son para toda la eternidad.

Publicado la semana 3. 19/01/2021
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