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Francesco ProBcn

F. C. Atlanta

En más de veinticinco años como entrenador de fútbol he trabajado en muchos equipos, desde alevines hasta Primera División. He ganado títulos importantes y he estrechado manos que mueven mucho dinero. Pero hay un club que siempre tendrá un lugar especial en mi corazón y es el F. C. Atlanta. Fue al principio de mi carrera cuando me contrataron para ser entrenador del equipo juvenil del peor barrio de mi ciudad. La plantilla, formada por unos chavales con más experiencia en las calles que en unos campos de fútbol, estaba compuesta mayoritariamente por hijos de inmigrantes y niños crecidos de prisa, criados en familias disfuncionales. Estaba Samir, un chico rumano de unos cien kilos, cuya manera de hablar educada contrastaba con su cara de pocos amigos. Musa, hijo de senegaleses y con una sonrisa tatuada en un rostro que podía contagiar la felicidad hasta a la persona más deprimida. Dejan, que había llegado de Bosnia hace pocos meses y que no hablaba nunca, ni en castellano ni en otros idiomas. Paco, criado por una madre soltera que ni siquiera le doblaba la edad. Hamza, un chaval marroqui que había llegado a España enganchado en la parte inferior de un camión. Claramente no ganamos el campeonato aquel año, de hecho no llegamos ni cerca. Había equipos que jugaban bastante mejor que nosotros. Pero yo aprendí a convivir con personas de diferentes culturas, idiomas y religiones, compartiendo con ellos momentos inolvidables y sobre todo auténticos. Auténtico como lo era el fútbol entonces.

Publicado la semana 26. 02/07/2021
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