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Francesco Profilo

El misterio de la maleta

Al entrar en casa hoy tuve una extraña sensación. Nada más pasar por la puerta noté un extraño olor y un escalofrío que me recorría todo el cuerpo. Al principio pensaba que se trataba de un malestar debido a un resfriado o algún problema físico, ya que también me dolía la cabeza y me sentía algo mareado. Así que me preparé una tila, me senté en el sofá y me puse a leer para relajarme. Pero el mal olor no me dejaba centrar en la lectura. Me levanté del sofá y empecé a mirarme alrededor. Mi piso parecía el de siempre, un agujero de cuarenta metros cuadrados, la clásica cueva de un soltero de treinta y cinco años. Platos sucios en el fregadero, plantas con extrema necesidad de ser regadas, libros y cuadernos amontonados en la mayoría de superficies planas y más ropa sucia en el suelo y en una silla del dormitorio, que dentro del armario. Intrigado por la proveniencia del mal olor, empecé a buscar su origen guiándome por el olfato. El humo del cigarrillo que me acababa de fumar lo encubría ligeramente, pero seguía notando el aire bastante más cargado de lo normal. Revisé mi habitación para ver si en alguna esquina había un ratón muerto o algo parecido, luego hice lo mismo en todos los rincones de la sala de estar y del cuarto de baño. Nada. Solo me faltaba mirar en la otra habitación, un cuarto pequeño que había alquilado hace unos años hasta darme cuenta que ya no estaba hecho para compartir piso con otras personas. Abrí la puerta de la habitación y el olor se hizo más fuerte. Pero lo que más llamó mi atención fue que entre la cama y el armario había una maleta que reconocí enseguida como una de mis maletas. No la usaba desde hacía años, ya que en mis viajes de fin de semana, prefería llevarme una maleta mucho más pequeña de esta que era enorme. Me sorprendí bastante cuando vi la maleta allí en el suelo. Por lo que yo me acordaba, esta maleta llevaba mucho tiempo guardada encima del armario. Y ahora estaba allí, en el medio de la habitación sin que yo la hubiese tocado. Lo primero que hice instintivamente fue intentar levantarla para volver a ponerla encima del armario, pensando que se había podido caer al cerrar la puerta de entrada con mucha fuerza aunque era una opción un tanto rara teniendo en cuenta el tamaño de la maleta. Al intentar levantarla, me dí cuenta que estaba llena, aunque yo no recordaba haber guardado nada en su interior. Es más, pesaba tanto que se me hacía imposible levantarla del suelo sin usar toda mi fuerza. Así que decidí abrirla para revisar su interior. Cuando lo hice, me retiré hacia atrás y pegué un brinco golpeándome la espalda contra la pared. Solté el “¡joder!” más poderoso que me salió nunca o quizás un “¡ostia puta!”, ahora mismo no puedo recordarlo. Dentro de la maleta había el cuerpo de una joven muerta. Estaba en posición fetal, parecía tener algo más de veinte años y era lo bastante menuda como para caber en esa posición dentro de la maleta. De repente me entró un malestar terrible, algo parecido a una crisis de ansiedad supongo. No me parecía una persona conocida, o por lo menos, después de mirar su rostro, no me parecía haberla visto nunca anteriormente. Ni por supuesto se me ocurría una explicación plausible por la cual hubiera podido acabar en una maleta en mi casa. Encontrar un cuerpo en una maleta metida en una de las habitaciones de una casa donde solo vivía yo, a priori me dejaba en una situación escalofriante y problemática. Empecé a pensar en quien podía tener las llaves de mi casa. Marcos, mi mejor amigo, fue la primera persona que me vino a la cabeza, nos las habíamos intercambiado por si uno de los dos perdía su copia. Luego pensé en mi madre que vivía entonces a varios cientos de kilómetros de distancia. Hasta donde yo sabía, ellos dos eran los únicos, juntos con el dueño de la casa, a tener un doble de mis llaves. Luego pensé que habían otros que podían haberse guardado una copia. Mi hermano, una ex novia y quizás tres o cuatro antiguos inquilinos que habían alquilado esta misma habitación hace unos años. De los ex inquilinos de mi casa, podía sospechar como mucho de un par de ellos; un argentino y un catalan. Con ambos la experiencia de compartir piso no había acabado de la mejor manera. Pero al mismo tiempo, habían pasado demasiados años desde aquellos acontecimientos, como para pensar en una supuesta venganza de parte de uno de esos dos chicos. Entonces me empecé a asustar aún más... 

 

¿Quién había matado a la chica?

¿Quién había puesto aquel cuerpo en la maleta? 

¿Quien había entrado en mi casa mientras yo estaba trabajando?

 

Aquellas preguntas me tenían en vilo y no me dejaban salir del estado de alteración psicofísica en el que me encontraba. Fui al baño para lavarme la cara e intentar así esclarecer mis pensamientos, pero fue inutil. Seguía temblando y soltando palabrotas y frases sin demasiado sentido que retrataban mi desesperación y mi miedo en aquel momento. No podía parar de agitarme ni podía pensar claramente en lo que tenía que hacer a continuación. De repente sonó una notificación en mi móvil. Era mi madre. Me mandaba fotos de su huerto y de las reformas que estaba haciendo en su casa. Casi sin pensarlo y para separarme un momento de lo que me estaba pasando, empecé a mirar las fotos en la pantalla del móvil. Al cabo de unos segundos noté que la tensión dentro de mí iba bajando poco a poco. Ver aquellas fotos donde mi madre parecía muy feliz estaba aportando a mi subconsciente algo de tranquilidad. Aproveché aquello para respirar muy despacio y repetirme varias veces a mi mismo que yo no tenía nada que ver con esta historia de la chica en la maleta. Así que al cabo de un rato, pensé que evidentemente lo mejor era llamar a la policía para denunciar que alguien había entrado en mi casa y que había dejado una maleta con un cuerpo adentro, seguramente con el objetivo de dejar pistas falsas para engañar posteriormente a los investigadores. Estaba claro que las análisis de los forenses sobre el cuerpo de la chica iban a esclarecer cualquier tipo de duda sobre mi implicación en el asunto. Al fin y al cabo, yo no había tocado el cuerpo y ni siquiera sabía quién era aquella muchacha. Seguí sentado en el sofá mirando las fotos que me había mandado mi madre, recuperando gradualmente la calma y la lucidez mental. Cuando vi la última foto que acababa de recibir, seguí deslizando hacia la izquierda con el dedo en la pantalla y la siguiente foto en la galería de mi móvil me dejó helado. La imagen me retraía a mi y a la chica de la maleta abrazados, cada uno con una copa en la mano, en un lugar que parecía un bar o una discoteca. Y de repente, empecé a recordarlo todo.

Publicado la semana 17. 26/04/2021
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