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Enrique Palomo

La tormenta

LA TORMENTA

 

La mar arbolada se conjuraba para devorar el barco, que era agitado de forma inmisericorde en medio de la noche. A cada ola, la nave ascendía la pendiente, vertical e interminable, para luego quedar en vilo, arrojarse al agua desde las alturas y afrontar otro nuevo embate. Y así, transcurrían los minutos, que no eran sino una cuenta atrás para el naufragio anunciado.

Desde la cubierta me agarraba con fuerza a un timón, que resultaba ingobernable, pues tenía fuerzas más contundentes a las que obedecer que el vigor de mis brazos. Aun así, no tenía ningún lugar donde dirigirme: la carta de navegación había sido barrida por la tempestad, el cielo no me mostraba ni una sola estrella que pudiera servirme de referencia y la costa estaba tan lejana que no podía intuirse ningún faro que me ofreciera un halo de esperanza. El viento del norte aullaba y hacía crujir las entrañas de la nave mientras la lluvia, helada e impetuosa, surgía de la oscuridad y castigaba inclemente mi cuerpo agarrotado. Y más allá de las tenues luces amarillas del barco, que bailaban tenebrosas y frágiles con cada sacudida, solo se distinguían los reflejos monstruosos del mar y los bloques de hielo, que me parecían espectros.

El pavor se confundía con la incredulidad, y es que cuando no se ha visto de cerca ninguna tragedia, cualquier inconveniente parece irreal, como una amenaza lejana que nunca llega. Solo me quedaba encomendarme a mi saber hacer, que ya parecía insuficiente; a mi suerte, que ya se había disipado; y a todas las fuerzas sobrenaturales que pudieran protegerme, pero que no visitaban aquel mar de aguas gélidas y corrientes impetuosas.

De pronto emergió la gran ola, que bien pudiera tratarse de un titán surgido de las profundidades. Era un rascacielos infranqueable que parecía marcar el final y hacia el que me dirigía sin posibilidad alguna de esquivarlo. Cuando el barco entró en contacto con la ola, éste salió despedido y cayó con dureza contra el mar embravecido, como si quisiera devolverle alguno de los golpes recibidos. Pero lo único que consiguió fue abrir una vía de agua en el casco, de modo que, en poco tiempo, empezó a sumergirse la popa y a elevarse la proa.

Azotado por el oleaje incesante, abandoné definitivamente el timón y me dirigí angustiado hacia la proa, como si quisiera escapar de un destino que era inevitable, y así, conforme el barco se hundía, yo me dirigía hacia el extremo, alargando mi agonía entre el vaivén vertiginoso con el que la tormenta jugaba conmigo.

Cuando el agua iba a llegar hasta mí, el mar succionó el barco con fuerza desde la profundidad y se abrió un abismo de una negrura absoluta por el que caí. Sentí terror, no podía ser menos al precipitarme a toda velocidad al vacío, pero también experimenté un extraño impulso aventurero al notar cómo volaba libremente a través de la inmensidad y, por si fuera poco, me invadió una reacción de perplejidad: ¿Cómo iba a estar yo en medio de aquella tormenta si nunca había sido un navegante?, ¿no sería todo aquello una pesadilla terrible?,… Y, como un último intento por escapar, reclamé desesperado a mi consciencia para tratar de despertarme…

 

Abrí los ojos y, sin saber por qué, me incorporé. La oscuridad me rodeaba, pero estaba quieto y sentía mi cuerpo sobre el mullido familiar de mi cama. No me azotaba el aire cortante ni la lluvia torrencial: me toqué mi rostro, pero solo estaba sudoroso. Notaba mi corazón galopar desbocado, pero parecía derrochar vitalidad entre la angustia. Mi boca reseca exhaló un suspiro por lo que no sucedió, y es que nunca el alivio llegó a ser tan placentero. Entre la penumbra volví a ubicarme en el espacio: estaba en mi dormitorio, un lugar pequeño y anodino, pero que en aquel momento se convirtió para mí en el lugar más grandioso que pudiera imaginarse. Me recosté feliz por haber vivido tan solo una pesadilla, porque solo éstas terminan en un momento dado permitiendo que nuestra vida continúe como hasta entonces, ya sea de forma discreta o sobresaliente. Las gotas de lluvia golpeaban en la ventana y la persiana se movía por las tímidas rachas de viento: era un pequeño temporal comparado con la tempestad que había vivido y me pareció ridículo, como muchas veces sucede cuando comparamos nuestros sueños con la realidad. Imaginé que tal vez alguien en aquel momento estaría sufriendo el rigor de una tormenta devastadora en algún lugar, pero solo fue un pensamiento lejano y difuso que terminó diluyéndose; al fin y al cabo, los seres humanos somos ante todo espectadores de nuestros propios sentimientos, y en eso pasamos nuestra vida. Y de esta forma, todavía agitado por la adrenalina, me di media vuelta, me acurruqué bajo mi edredón y traté de conciliar el sueño en busca de otra pesadilla emocionante.                         

Publicado la semana 9. 04/03/2021
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