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Enrique Palomo

Memorias de un viejo árbol

MEMORIAS DE UN VIEJO ÁRBOL

Poco se ha escrito sobre la historia de un árbol; tal vez porque existe la creencia de que no tiene nada destacable que contar al estar siempre en un mismo sitio, sin poder conocer mundo ni interaccionar con todos aquellos que le rodean. Sin embargo, su ventaja es que vive los sucesos de un lugar desde el principio hasta el fin, con todos sus días y sus noches, y a su vez es testigo del paso de individuos de toda condición, como testigo mudo y fidedigno de la naturaleza humana. En este caso, hablo de un árbol más que centenario plantado en el corazón de un valle que ha pasado de ser desconocido a ser objeto de conquista y que ha albergado tanto a pastores como a reyes.

Nació en un valle verde repleto de encinas robustas, rodeado por una pequeña sierra de colinas suaves que terminaban unos kilómetros más allá, en la costa del sur. Siempre fue un lugar con unas condiciones confortables para vivir: inviernos benignos, primaveras largas que dan lugar a un verano corto y otoños suaves que se continúan casi imperceptiblemente con otro nuevo invierno. Y así, año tras año, esta encina ha visto transcurrir más de cinco siglos.

En sus primeras décadas vivió en un paraíso desconocido por todos salvo por unos cuantos lugareños; se trataba de uno de esos enclaves que se había quedado fuera de las rutas comerciales y que se encontraba demasiado alejado de las grandes ciudades. A su alrededor solo pasaban los conejos, los linces, los ciervos y bajo su sombra solo paraban los pastores con sus ovejas merinas y sus cerdos ibéricos. Los días transcurrían largos y no había lugar para eso que llaman tiempo. El silencio era la norma y solo era roto por los cantos de las aves, el rumor del arroyo y, de vez en cuando, por la lluvia fina y los truenos de las tormentas de verano.    

Tiempo después, el capricho interesado de unos quiso que el valle fuese parte de la frontera entre dos pueblos con pretensiones elevadas y aires belicosos. Solo era cuestión de tiempo que las disputas surgieran entre ambos y así tuvo lugar una batalla que la historia guarda en sus libros. De esta forma, aquellas tierras sosegadas fueron el escenario de un terrible enfrentamiento en el que un ejército salió considerablemente diezmado y el otro aniquilado. El paisaje en torno a la encina, en otro tiempo bucólico y ensoñador, fue un gran cementerio donde aquellos que se declararon vencedores erigieron una majestuosa fortaleza para conmemorar la victoria y consolidar el dominio absoluto sobre aquellas tierras, que a partir de entonces pasaron a ser muy apreciadas por su belleza, pero sobre todo por su valor económico, estratégico y simbólico, que son tres alicientes capaces de despertar las motivaciones más primarias de cualquier ser humano.

El árbol quedó entonces a merced del poder de un conde, que habitó el castillo y recibió los territorios que incluían el valle como tributo a su lealtad a la corona. La fortaleza se convirtió en un lugar influyente, donde el rey y sus consejeros disfrutaban de largas jornadas de caza mientras discutían los asuntos de gobierno más importantes. Si la encina, ya crecida y frondosa, hubiese podido contar todo aquello que se dijo bajo su sombra se hubiesen escrito otros muchos tratados de Historia, pero esa es la discreción con que los árboles viven.

Así transcurrieron cerca de dos siglos, hasta que la sede del condado se trasladó a otro lugar que fue considerado más adecuado a los nuevos tiempos y la fortaleza se quedó como un pabellón de caza. Aquel lugar recobró una parte de la quietud que un día tuvo, aunque ya nada volvió a ser igual que antaño, pues los paraísos cuando se descubren dejan de serlo. La encina ya era un árbol descomunal, el más hermoso del valle, y siempre era elegido por los más ilustres para descansar bajo la frescura de sus ramas recias. Y es que, cuando se trata del inclemente calor del verano o de los chaparrones traicioneros del otoño, da lo mismo un rey que un pastor: todos buscan el cobijo de un buen árbol que les salvaguarde. 

Llegaron tiempos de esplendor económico y surgieron personajes acaudalados que creyeron poder poseerlo todo. Uno de ellos se quedó prendado del valle tras acudir a una jornada de caza y decidió comprar el castillo con la finca de cientos de hectáreas que incluían el valle de nuestra encina. A partir de ahí, sus petrodólares hicieron el resto y se erigió en el nuevo propietario del lugar. Como no podía ser de otro modo, remodeló el castillo para convertirlo en una residencia a su gusto, haciendo de la vieja fortaleza una vivienda con más lujo que distinción. Y desde entonces, el magnate pasaba largas temporadas allí, haciendo del valle su particular locus amoenus.

Debido a su enorme influencia, el valle se convirtió en un lugar predilecto para dirigentes, banqueros, empresarios y personas influyentes de todo el mundo, que acudían a la llamada del multimillonario para cerrar acuerdos provechosos y obtener privilegios. Nuevamente, el viejo árbol se transformó en confidente de secretos que, de saberse hoy, harían temblar los cimientos de lo establecido. En aquellos años el valle era uno de los lugares en el mundo que más se identificaban con el poder, y sus hectáreas, en un tiempo lejano solo frecuentadas por pastores, eran en ese momento vigiladas por centenares de guardas en busca de curiosos. La encina, ya convertida en un árbol archiconocido por su tamaño, su belleza y su longevidad, fue objeto de reportajes periodísticos y era protagonista de retratos con los más poderosos del mundo, como un cómplice de lo que se tramaba en torno a ella.

Pasaron dos generaciones en la familia del hombre adinerado y, como siempre sucede, llegó el día en el que el poder se disipó y las riquezas cambiaron de dueño. Así, como una ilusión que se desvanece al despertar, el castillo y las tierras de la encina fueron malvendidas a la administración pública para pagar las deudas de un presente excesivo y las condenas de un pasado fraudulento. La fortaleza se despojó de todo aquello que nunca debió ostentar hasta convertirse en un recinto decadente pero lleno de historia y grandeza, como sucede con los viejos sabios al final de su vida. Lo cierto es que los nuevos propietarios, fieles representantes de un pueblo que aún hoy tiende al enfrentamiento tribal y a los planteamientos irreconciliables, nunca se pusieron de acuerdo en qué hacer con el castillo y así fue derruyéndose, abandonado, hasta que la vegetación incansable se encaramó a sus restos y los integró en el paisaje amable de la dehesa.

Aún hoy, nuestra encina reposa solemne en el valle, con el suave murmullo de fondo de la vida que fluye, con la alegría del sol blanco que pinta un cielo azul que llega hasta la tierra y con la brisa fresca y embriagadora empapada en tomillo, romero y cantueso. Su tronco inabarcable, rugoso y lleno de cicatrices sostienen unas ramas gigantescas que son un prodigio de fertilidad y que parecen poder sostener todo lo habido y por haber. Y cuando se la contempla es imposible no pensar en las historias que ha vivido, en las palabras que ha escuchado y en los personajes que ha acogido. ¿Dónde quedaron todos ellos?, se pregunta uno mientras admira su silueta enhiesta y siente el pálpito eterno de la naturaleza.     

    

Publicado la semana 8. 26/02/2021
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