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Enrique Palomo

El verdugo

EL VERDUGO

 

Un día más me dirijo a mi trabajo. Soy técnico para el cumplimiento de las sentencias judiciales, una ocupación que considero muy importante para nuestra sociedad y de la que me siento orgulloso. Muchos se preguntarán en qué consiste mi profesión y yo siempre respondo con una palabra que me disgusta pero que definió en el pasado la finalidad de mi labor: soy un verdugo.

Aun así, no creo que la idea que se tiene de un verdugo se corresponda conmigo, y por eso no debería ser denominado como tal. Para empezar, no soy un tipo que vaya cubierto con una siniestra capucha negra y porte en mi mano un hacha terrible, en ningún momento acciono artilugios tan espeluznantes como la guillotina, el garrote vil o la silla eléctrica, y tampoco formo parte de ningún pelotón de fusilamiento. Al fin y al cabo, todas ellas son versiones desalmadas y arcaicas de cómo debe materializarse una condena, que tuvieron sentido durante muchos siglos pero que nada tienen que ver con nuestra vida correcta y aséptica. Por eso, mi modo de actuar es ante todo discreto, eficaz, sofisticado y yo diría que elegante, todo ello acorde con los nuevos tiempos. De este modo, aquellos que pudieran acompañarme en un día de trabajo comprenderían porqué no soy un verdugo y sí soy un técnico para el cumplimiento de las sentencias judiciales.

No se puede decir que escogiera este trabajo por vocación. Como la mayoría de los niños yo quería ser futbolista, bombero o veterinario, pero el paso del tiempo, las condiciones laborales tan difíciles y mi mentalidad pragmática hicieron que opositara para lograr un empleo público que me asegurara un futuro estable para mi vida. Lo cierto es que, por encima de cuestiones éticas o morales, me considero un privilegiado por trabajar de lunes a viernes de ocho de la mañana a tres de la tarde, manteniendo un sueldo que duplica el salario medio de los trabajadores y con el disfrute de treinta días de vacaciones al año y otros quince para asuntos propios. ¿Qué más puedo pedir, si tengo dinero suficiente para pagar la hipoteca de mi casa, tener un coche, y poder comprarme todo lo que se me antoje durante los largos fines de semana? ¿Es que puede imaginarse una vida mejor? Por eso, cuando me acuesto cada noche lo hago con la tranquilidad que solo puede tener quien se siente intocable.

Hay quienes me preguntan si no tengo remordimientos por desempeñar mi trabajo y con ello solo demuestran su desconocimiento respecto a mi labor. Debe tenerse en cuenta que de no existir mi profesión cientos de personas que han vulnerado las leyes no recibirían una pena justa a la gravedad de sus actos. ¿Cómo puede sentirse lástima ante criminales, ladrones irredentos y disidentes? En otras ocasiones me han preguntado cuáles son los condenados que considero más repulsivos y mi respuesta es clara: los disidentes. Y es que, aunque todos son delitos despreciables, estos, desde su apariencia inofensiva, suponen una amenaza para la democracia igualitaria que hemos construido entre todos. Así, como partidario incondicional de esta forma de democracia que nos rige, no puedo menos que respetar todas las opiniones, pero no me gusta que nadie piense distinto a mí. A fin de cuentas, estas diferencias dan lugar a cuestionamientos, debates y conflictos, e impiden a una sociedad ser homogénea y vivir en perfecta armonía.  

En verdad no está bien vanagloriarse de los atributos propios, pero considero que hago mi trabajo de forma impecable. Primero, cubro la cabeza del condenado, siempre por detrás para no ver su rostro, pues no quiero tener ninguna pesadilla por la noche. Después, le tumbo en la camilla y le coloco las correas en su tronco y sus miembros para que permanezca inmovilizado; y lo hago sin apretar demasiado, porque no es mi intención hacerle daño. A continuación, le aplico un anestésico local en un brazo para que no sienta el dolor de la inyección de cloruro potásico, todo de la mejor calidad para que la resolución judicial se cumpla sin incidentes. De esta forma, y en apenas unos minutos, el preso deja de respirar, sin gritos ni espasmos que enturbien el proceso, que son efectos indeseables que debe evitar un buen profesional como yo. Es una lástima que mis conciudadanos no puedan comprobar lo que digo, pero mi labor debe realizarse en soledad y amparada por el anonimato, pues la sociedad debe procurarse una vida feliz y llena de placeres, y ello conlleva huir de la muerte en la medida de lo posible, aunque tenga que servirse de ella en situaciones que no podrían solucionarse de otro modo.   

Esta eficacia a la hora de cumplir con mi obligación la he adquirido gracias a mi formación: diez años trabajando junto a Heriberto Barranco, el mayor virtuoso de las inyecciones letales, proporcionan un aprendizaje insustituible. Aún recuerdo su manera de dirigirse al condenado, con aplomo y solvencia, y la rapidez con la que realizaba todo el proceso, como exige este trabajo en una nación moderna como la nuestra. Además, domino tres idiomas, todo sea para poder hablar al reo en su lengua materna y que se sienta como en familia, y tengo conocimientos amplios de Anatomía, Farmacología y Química; pues resulta esencial realizar la técnica con pulcritud y atender al condenado con las mejores condiciones de seguridad y confort.        

Miro el listado de condenados de hoy: nada menos que catorce presos. Sin duda va a ser un día ajetreado. Fiel a mi costumbre de llevar todo contabilizado, se unirán a mi lista de doscientos treinta y cinco ajusticiados en este año y a las tres mil cincuenta sentencias ejecutadas por mí a lo largo de mi carrera profesional. ¿Pero qué más da que sean tres mil o cinco mil? ¿Acaso mi vida fuera de esta prisión no seguirá siendo la misma? Antes de empezar miro por la ventana y veo el sol radiante de la mañana. Es viernes y la ciudad ya rebosa vida: se dispone a consumir rápidamente la jornada laboral para empezar a disfrutar el largo fin de semana que queda por delante… voy a empezar para terminar cuanto antes y poder irme antes de las tres.    

 

 

Publicado la semana 6. 14/02/2021
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