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Enrique Palomo

La Regencia

LA REGENCIA

 

A media mañana entró en el local por última vez y lo recorrió como se hace con los lugares que han significado mucho: en silencio y pausadamente. Y es que hay instantes en que las palabras se convierten en interferencias y el sosiego es imprescindible para rememorar los recuerdos de una pasado que ya desapareció.

Al cruzar el vestíbulo se notaba el frío propio de los lugares deshabitados, en las paredes se distinguía el cerco de la consola de diseño que se apoyó en ella durante años y las marcas de las pinturas que un día las adornaron. Los pies sonaban extraños a cada paso, como si no reconocieran el lugar por el que tantas veces habían corrido: desde niño, cuando iba a ver a su abuelo; durante su juventud, cuando comenzó a ayudar a su padre; y luego, a partir de los treinta y cinco años, cuando asumió la responsabilidad de llevar sobre sus hombros “La Regencia”, toda una institución en el mundo de la gastronomía.

La gran sala del comedor solo contenía ya sombras. Pasaron los tiempos en que comer en ella fue un signo inequívoco de progreso social. Ahora el polvo desfiguraba los característicos dibujos de las baldosas del suelo y la humedad carcomía la elegancia del papel pintado de las paredes. Los biombos y los cortinones, que en su día conformaron espacios acogedores para los clientes, habían desaparecido para dejar una estancia vasta y desangelada, como le sucede a la tundra al ser azotada por el viento glacial. De las veintiocho mesas que en su día albergó, solo quedaba una. No se sabe por qué resistió en un rincón y no fue empeñada como el resto del mobiliario; tal vez sería para rememorar la esencia perdida de distinción, placer y buen gusto que un día tuvo este lugar. Y allí estaba, desnuda, con una silla desvencijada y polvorienta junto a ella; seguramente para que se sentara en ella algún fantasma de los que habitaban el aire y pudiera así disfrutar de una agradable velada entre tinieblas.

Los reservados eran ahora cuartos oscuros cuyas puertas chirriantes parecían disuadir de entrar en ellos. Quién diría que en ellos se cerraron pactos de gobierno, se firmaron negocios inconfesables que cambiaron el mundo y se fraguaron romances de personajes famosos de muy variado pelaje. De aquí salieron héroes, cadáveres, amantes y enemigos irreconciliables. Qué lástima de estas paredes: que un día se creyeron tanto y ya no valían nada, como les suele pasar a los presuntuosos con el paso del tiempo.

Caminando por el pasillo que llevaba a las cocinas le pareció oír las comandas y el ruido de las ollas y las sartenes, pero en realidad solo existía el eco de la nada. Buscó con persistencia los aromas de los pucheros que hicieron este mismo recorrido durante décadas, pero solo encontró el inconfundible olor de la humedad aflorando por los rincones solitarios.

Abrió las puertas que daban a la cocina y tuvo la sensación de entrar en un templo en ruinas: las superficies pulcras y mimadas de antaño estaban tan sucias como deterioradas. Los rayos de sol filtrándose a través de la persiana le parecieron tristes y la tonalidad amarillenta le recordó la palidez de los moribundos. Entre las sombras se distinguían los huecos dejados por los electrodomésticos que hubo que vender para pagar las deudas. Le pareció ver a su abuelo dirigiéndose a los pinches con una combinación de exigencia, rigor y camaradería. Quiso contemplar a su padre como si lo tuviera ante sus ojos trabajando con esmero sobre la encimera y, por último, rememoró sus días más señalados al frente de “La Regencia”. Se reencontró de golpe con sus sueños de niño, sus primeros logros de joven y las realidades de la vida adulta; esa que le hizo cometer errores, aceptar consejos equivocados y tomar una estrategia directa hacia la ruina hasta que “La Regencia” cerró para no abrir más.

Sonó su teléfono: el agente inmobiliario y el comprador venían para recibir las llaves del local. Les recibió como se hace con un atracador al que no se quiere entregar el bien más preciado. El agente, con su verborrea cordial e insoportable venía acompañado por un hombre de mediana edad, baja estatura y rasgos exóticos que apenas entendía el idioma y que parecía querer reabrir el negocio. El antiguo propietario le estuvo explicando con solemnidad la ilustre historia del restaurante poniendo en valor cada pequeño detalle que encontraba a su paso. Para terminar, le pidió que cuidara de “La Regencia”, como se lo pide un padre a su yerno cuando casa a su hija. Sin embargo, el comprador, aunque asentía con corrección, no parecía querer escuchar ninguna explicación y se movía inquieto, deseando terminar con el trámite.

Llegó el momento en que entregó las llaves al comprador nuevo. Lo hizo con el dolor que se siente al entregar a otro una parte de su vida. El comprador las recibió con brusquedad e impaciencia, olvidó sus promesas al vendedor y cuando se quedó solo llamó a sus empleados para decirles:

-“Ya podéis entrar. Tirad todo lo que veáis. Así entrarán más estanterías para poder vender más mercancías. Será el bazar de chollos más grande de la ciudad” – concluyó enérgico, frío e implacable.

Publicado la semana 50. 19/12/2021
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