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Enrique Palomo

La cama número once

LA CAMA NÚMERO ONCE

El paciente de la cama once tenía la mirada triste y asustada, aunque sus ojos aún se resistían a cerrarse y miraban a su alrededor buscando lo que no podía ver. Su piel pálida era un retrato fiel de su enfermedad galopante: una tormenta interior capaz de coagular su sangre y de secar sus pulmones. Respiraba con dificultad, y en cada esfuerzo sus músculos estiraban su tórax, atenazado por un infiltrado duro y tenaz. Sus labios estaban amoratados, sin que los litros de oxígeno que le entraban fueran capaces de devolverle el color que una vez tuvieron.

A su alrededor, varias personas se dirigían a él por su nombre con cordialidad. Aunque no podía ver sus caras, vestidos con sus trajes de plástico de la cabeza a los pies, eran para él su nueva familia, ahora que su mujer y sus hijos estaban recluidos en casa sin poder visitarle. Conocía también sus nombres, y le gustaba imaginar cómo serían sus ojos detrás de esas gafas de buceo, y cómo sonreirían detrás de su mascarilla.

Esa tarde todos se movían con inquietud a su lado. Parecían preocupados mientras miraban ese monitor que no paraba de pedir el auxilio que él no podía. De repente, una voz cálida y acogedora, que él reconoció al instante, le dio una mala noticia: iban a dormirle para conectarle a un respirador. El hombre cerró entonces los ojos, pero no para rendirse, sino para visualizar con más claridad el rostro de los que no podían estar a su lado, y una mano amiga le agarró fuertemente la suya. No preguntó nada, se reservó el esfuerzo de hablar para un poco después, en realidad no quería tener ninguna respuesta: las soluciones son a menudo más inquietantes que las dudas. Tan solo pidió su teléfono móvil, ese artefacto que tanto recelo le había provocado siempre, y que ahora se había convertido en su mejor amigo; aquel con el que escuchaba al otro lado las voces de su vida. Cuando descolgaron el teléfono, tomó aire y dijo con su aliento maltrecho todo aquello que solo se siente tras veinticinco años de feliz convivencia: unas palabras medidas y sinceras, apasionadas y memorables, que terminaron con un “os quiero mucho” ahogado en lágrimas y que valía por todos aquellos que nunca se pronunciaron.

Un momento después, otra voz amiga le susurró que se relajara, que todo iba a salir bien y que pensara en algo bonito mientras le ponía una medicación por la vía. Abrió bien los ojos y no le gustó el resplandor frío de las luces fluorescentes ni las paredes blancas, y quiso dejar de oír los pitidos de las alarmas. Evocó entonces el bosque por el que tanto le gustaba pasear, allí en la sierra, con su aire fresco y vivificante lleno de aromas, y con la luz brillante del sol de la mañana cayendo tibia desde el cielo azul. Quiso oír voces de niños jugando a su alrededor y sintió un beso de buenas noches, tierno y reparador, antes de dormir.

En cuestión de unos pocos minutos la cama once se quedó quieta y en silencio mientras el respirador, con su sonido rudo y acompasado, marcaba el pulso de la vida solo interrumpido por las alertas de los monitores. Sucedía lo mismo en la cama diez y en la doce, y así en las veintidós camas restantes mientras la muerte parecía acechar en cada rincón. Fuera de estas paredes se quedaron las palabras ignorantes, que eran más vacías e irrisorias que nunca, y tampoco entraron todas esas estrategias interesadas, que en este lugar resultaban tan miserables como aquel mandatario que hizo el desfile de la victoria sabiendo que pisaba los cadáveres de sus propios ciudadanos.  

 

         

Publicado la semana 5. 05/02/2021
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