47
Enrique Palomo

El viejo cine Salcedo

EL VIEJO CINE SALCEDO

 

Llevaba cerrado varios meses, pero aquella noche el viejo cine Salcedo quiso proyectar su última película. Se trataba de un título estrenado hacía más de cincuenta años y que se había convertido en uno de esos clásicos que marcan a una generación. Era un pase gratuito que había sido difundido por los medios locales, con lo que se esperaba una buena asistencia de nostálgicos.

Sacó brillo a los oropeles de las paredes, quitó el polvo al terciopelo de los asientos y dio luz al pequeño vestíbulo para que no pareciera un lugar muerto. Entró en la sala de proyecciones, aquella en la que su abuelo y su padre trabajaron tantos años, y colocó en el viejo proyector la cinta, donde una infinita sucesión de fotogramas se disponía a salir de su sueño eterno para conformar una obra maestra de dos horas y treinta y cinco minutos. En aquel instante, todos aquellos artefactos superados para siempre por el formato digital le parecieron objetos venerables que, desde sus mecanismos obsoletos y su tecnología imperfecta, le transportaban a un tiempo mejor.

Unos veinte minutos antes del comienzo de la proyección, el vestíbulo comenzó a llenarse de espectadores, todos bien entrados en años. Muchos de ellos hablaban entre sí, rememorando aquella lejana sesión en que vieron la película por primera vez: unos lo hacían acompañados por la misma persona de entonces y otros ya solos, devastados por las heridas que impone el paso del tiempo. Las lámparas de cristal se iluminaron por última vez y la estancia quedó radiante como nunca, como le sucede al moribundo que tiene un momento de lucidez antes del final. El timbre característico que anunciaba el comienzo de la película sonó con la misma elegancia y encanto de siempre, si acaso con más antelación de lo habitual; todo era poco para que los asistentes pudieran subir las escaleras de acceso a la sala con la parsimonia que requerían sus miembros artrósicos y sus corazones fatigados.

Desde la ventanilla del proyector fue observando cómo la sala iba llenándose hasta quedar repleta en apenas diez minutos. La luz tenue y azulada mostraba una multitud de cabezas calvas y canosas que permanecían quietas y expectantes a que la película de su vida apareciera en la pantalla: una rompedora historia de amor que en los tiempos oscuros en que se desarrolló su juventud les mostró el aire de la libertad.

Sin saber por qué, le vinieron a la memoria esas tardes de películas familiares, con las salas llenas de niños y padres, el bullicio antes y durante la película y el aroma a palomitas de maíz. En ese momento fue consciente, una vez más, del cambio que había experimentado aquel barrio y que había afectado al cine Salcedo, al que como un estigma le habían incorporado el calificativo de viejo para diferenciarlo de los flamantes multicines del gran centro comercial. Entonces sus pensamientos se llenaron de melancolía hacia aquel lugar que fue su vida y que la ruina económica le había arrebatado.

Llegada la hora, apagó las luces con solemnidad. En otros tiempos y con otro público se hubiese escuchado un murmullo de expectación, pero en esta ocasión la sala continuó en silencio. Al instante, la máquina de proyecciones iluminó, por última vez, la pantalla del cine. Ya casi había olvidado el runrún del celuloide desfilando frente al haz de luz para ir descubriendo los secretos que encerraba. Se apoyó en la repisa de la ventanilla y disfrutó como solo se hace cuando se recorre un camino conocido por última vez y cada instante se evapora entre la impotencia y la emoción; y es que las grandes ocasiones suelen transcurrir fugaces, como si en verdad no hubiesen sucedido en nuestras vidas, y solo nos dejan un recuerdo difuso, a medio camino entre la realidad y los sueños, de lo que un día fueron.

Conforme se acercaba el desenlace, toda la sala permanecía con la misma quietud que al inicio de la proyección, aunque flotaba en el ambiente la sensación de que estaba terminándose algo más que una película. Podía verse que aquellos que aún tenían una mano a la que agarrarse lo hacían con ternura y el resto añoraban en el silencio de la oscuridad aquel tiempo que ya se había perdido.

Cuando llegó el final, las luces de la sala se encendieron con suavidad; como si no quisieran romper el encanto. Gran parte del público aplaudió: eran palmas atenuadas, lentas y torponas, pero emocionadas. Se dirigieron hacia el proyectista: la tercera generación que había regentado el cine Salcedo y que había tenido la desgracia de tener que cerrarlo. Se asomó y saludó a los presentes: a contraluz distinguieron sus brazos agitándose agradecidos, pero no pudieron ver sus lágrimas.

Poco a poco la ovación fue desapareciendo a medida que los espectadores abandonaban la sala y en unos minutos el cine quedó de nuevo en esa soledad a la que ya se había acostumbrado y que le acompañaría ya para siempre. En ese instante supo que había llegado el momento: introdujo con contundencia un punzón metálico en el viejo cuadro eléctrico y saltaron unas cuantas chispas que fueron a caer sobre la descuidada tarima para hacerla arder y con él a todo el cine Salcedo.         

  

Publicado la semana 47. 27/11/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
47
Ranking
0 56 0