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Enrique Palomo

Una tarde con mi abuelo

UNA TARDE CON MI ABUELO

 

El abuelo salió a la pequeña terraza de la casa y se sentó a la sombra en una butaca de mimbre.  El atardecer era tranquilo, como si el día ya hubiera dado todo lo que se esperaba de él y se dispusiera a dejar transcurrir sus últimas horas sin ninguna incidencia. El cielo despejado comenzaba a llenarse de trazos amarillentos mientras, en la lejanía, algunas bandadas de pájaros se dirigían hacia algún lugar emitiendo un sonido que, sin saber por qué, llamaba al sosiego.

El abuelo observaba las terrazas situadas frente a la suya, separadas por una calle sombría donde circulaban coches de colores deslustrados, se embalaban motillos renqueantes y ladraban monótonos y tristes unos cuantos chuchos callejeros. Cada terraza era un escenario donde se desarrollaba una modesta obra de teatro: una mujer recogía la ropa tendida, dos vecinas de piso charlaban, un hombre arreglaba con dedicación un reloj despertador, otro tomaba el fresco mientras escuchaba su transistor pegado a la oreja, un chiquillo correteaba más allá intentando atrapar un globo con un cazamariposas y en otra un perrillo husmeaba en unos geranios. Miraba como un espectador desinteresado, pero a su vez conforme: a fin de cuentas, lo que buscaba era la paz que nunca había tenido después de una vida llena de empleos espartanos y salarios raquíticos salpicados por una guerra y por todos los rigores habidos y por haber.

Su nieto, un niño de seis años, irrumpió en la terraza con espontaneidad. Se agarró a la barandilla y comenzó a mirarlo todo con devoción y curiosidad; como le sucede a aquel que acaba de descubrir un lugar extraordinario. Cuando, de pronto, dejó de interesarle cuanto veía se sentó frente a su abuelo y le observó con sus ojos inocentes e indiscretos: le llamaba la atención su rostro arrugado, apacible pero cansado, sus cicatrices en las mejillas, su mirada estrábica, su gran nariz, su barbilla afilada y su boina, que soñaba con probársela. El abuelo le miraba encandilado, le hacía preguntas y cada gesto de su carita y cada palabra del niño le producían una de esas sonrisas que no se buscan, sino que surgen espontáneas. Entonces el nieto también sonreía y el tiempo parecía diluirse hasta desaparecer.

Poco después, motivado por las preguntas de su abuelo sobre el colegio, el niño comenzó a relatarle que en su clase hacían carreras de coches donde él era el piloto más rápido. Le detalló el modelo de su coche, su color y todos los accesorios que tenía, así como el de sus principales rivales. El hombre disfrutaba cada instante de sus explicaciones y el nieto se entusiasmaba al notar el interés de su abuelo. Y es que, al tratarse de las fantasías de un niño, ¿qué más daba si todo era verdad o mentira?, ¿acaso sus sueños tenían que romperse apenas iniciados? Y el abuelo, ¿no tenía derecho a participar de una conversación que se alejara de los temas ordinarios, de los mezquinos intereses de los adultos y de los convencionalismos más aburridos y deprimentes?

Teniendo a su nieto delante revivió los mejores recuerdos de su niñez, sus sueños de juventud y pareció volver a ver a sus hijos de pequeños, pero también surgió la ilusión en el futuro que no vería y saboreó su presente como nunca antes había hecho. Por eso, en aquel momento se dio cuenta que no tenía necesidad de nada más; como si su largo trayecto hubiese llegado a su destino. Pero, ante todo, no quería que aquella conversación terminara, porque, ¿cómo desear que se acabe uno de esos instantes magníficos que hay en nuestra existencia?

¡Deja tranquilo al abuelo y no le marees! – interrumpió de pronto la madre del niño.

¡Déjale hija!, que me está contando sus cosas y lo estamos pasando estupendamente, ¿verdad? – se dirigió al nieto mientras éste asentía convencido.

Nos tenemos que ir papá, que mañana hay cole y tiene que cenar y acostarse temprano. Dale un beso al abuelo – se discupó la madre.

Hasta mañana campeón. ¡Suerte con la carrera! – le deseó a su nieto mientras le daba un beso sonoro en la frente.

¿Qué carrera? – se extrañó su madre – A saber lo que le has contado a tu abuelo – le dijo al niño mientras se lo llevaba de la mano.

Y en ese momento abuelo y nieto se separaron. Se miraron con la complicidad propia del que ha compartido un momento para recordar y con la melancolía del que sabe que ya no volverá.  

        

Publicado la semana 45. 14/11/2021
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