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Enrique Palomo

La reunión de la hermandad de Santa Walpurga

LA REUNIÓN DE LA HERMANDAD DE SANTA WALPURGA

 

Como cada año, le hermandad de santa Walpurga se disponía a reunirse en la noche de difuntos. En esta ocasión, habían elegido para celebrar su velada de cuentos de terror un camposanto abandonado cercano a un pequeño pueblo del interior. No se trataba, como en otras ediciones, de un cementerio monumental ni histórico ni con unas vistas incomparables, sino que era un lugar anodino, perdido, oscuro, que había sido desterrado del resto del mundo por los malos presagios que parecía traer; y es que una serie de apariciones inexplicadas habían sucedido dentro de su recinto desde tiempo atrás.

Al tratarse de un acto clandestino, los miembros fueron llegando con discreción a las proximidades del pueblo justo al anochecer. Se saludaron en la penumbra como viejos amigos, se fueron colocando sus capas negras como signo distintivo de la hermandad y empezaron a ascender la colina en cuya cima se encontraba el camposanto. La noche era fría y ventosa y la luz de la luna mostraba el sendero tortuoso a la procesión mientras los animales nocturnos miraban curiosos desde la negrura.

Al llegar a lo alto los miembros se pararon frente a la verja que delimitaba el cementerio y permanecieron así unos segundos, petrificados y en silencio, como si ninguno se atreviera a cruzarla por un temor indefinible e inexplicado. Con sorpresa, contemplaron cómo desde el recinto se irradiaba un resplandor tenue de color violáceo que permitía contemplar las tumbas de piedra y musgo, las sombras extrañas que dibujaban las cruces y las esculturas transfiguradas en criaturas amenazantes. 

En un momento dado, el hermano mayor se adelantó e hizo una indicación para cruzar la verja. Acto seguido, uno a uno, fueron escalando por la puerta, librando la gran cruz que la coronaba, para pasar al otro lado. Cuando todos estuvieron dentro, caminaron temerosos y sin separarse en busca del lugar donde sentarse y dar comienzo a las narraciones. El terreno era blando, húmedo e irregular, como si se dispusiera a tragar a aquellos que lo pisaran y a expulsar a aquellos que yacían en él. Tras unos minutos deambulando entre sepulcros encontraron el punto que buscaban: una pequeña superficie pavimentada entre los dos únicos mausoleos del cementerio.

El programa de relatos de aquel año era magnífico; el mejor que se recuerda. Los diez miembros de la hermandad habían seleccionado: para comenzar, Berenice, de Edgar Allan Poe; seguido de El extraño, de Lovecraft; La resucitada, de Emilia Pardo Bazán; El pacto de Sir Dominick, de Joseph Sheridan Le Fanu; La familia del vurdalak, de Alexei Tolstói; Los buques suicidantes, de Horacio Quiroga; El velo negro del pastor, de Nathaniel Hawthorne; El mortal inmortal, de Mary Shelley; Junto a un muerto, de Guy de Maupassant y El miserere, de Gustavo Adolfo Bécquer, cuya narración estaba previsto que terminara casi al amanecer.

Se sentaron en círculo, encendieron sus linternas dirigiendo cada uno el haz de luz hacia su rostro y hablaron entre ellos mientras sacaban bebidas calientes para pasar la noche. Sin embargo, la conversación esta vez era tensa, como si tuviesen miedo de ser escuchados por quién no debía ser perturbado, y se limitaba a frases de cortesía emitidas por medio de susurros y contestadas con monosílabos.

Cuando el hermano mayor se puso en pie todos se quedaron en silencio: era el momento de empezar a disfrutar de los diez relatos elegidos para la noche. El viento se hizo entonces más intenso y las copas de los árboles se agitaron, quien sabe si temerosas, inquietas o furiosas, al tiempo que los allí reunidos se abrigaron con sus capas para intentar protegerse de lo que pudiera suceder alrededor. El hermano mayor señaló al miembro situado a su derecha y éste sacó un libro y comenzó a leer Berenice

Iban pasando los minutos y todos estaban asistiendo embaucados al desarrollo de la historia hasta que, de repente, un fulgor inesperado surgió detrás de uno de los mausoleos: era como un relámpago sin tormenta que se movía de un lado a otro y proyectaba sombras que parecían fantasmas. Los asistentes comenzaron a distraerse, se protegieron aún más bajo sus ropas y unos cuantos hasta se taparon la cabeza, temblorosos. Solo el lector parecía mantener la compostura hasta que, al momento, empezó a oír voces al oído que interferían con su narración. Miró hacia atrás, pero no vio a nadie. Palideció, su boca se secó y no pudo hablar más, consumido por la taquicardia desbocada y el sudor frío. Cuando todos estaban tapados, protegiéndose de quién sabe qué y el narrador estaba en pie, petrificado por el espanto, comenzaron a oír a su alrededor el ruido de unos pasos contundentes que hacían retumbar el suelo y que, aunque renqueantes, parecían poder llegar allí donde se propusieran. De inmediato, lo que se oyeron fueron las súplicas de una voz tan desfigurada y lejana, que incitaba más a huir despavorido que a ayudar. Fue el punto culminante para que todos los miembros de la hermandad salieran corriendo. Los más rápidos se pusieron a salvo superando la verja con total facilidad y los menos hábiles espoleados por su instinto de supervivencia. Solo quedaba un miembro, el más corpulento, tal vez el más mayor, que, rezagado, trataba de encontrar la salida. Corría fatigado, escuchaba unos pasos tras de él y sentía una mano que parecía querer agarrarle. A punto de desfallecer llegó hasta la verja, se apoyó como pudo en los barrotes e intentó encaramarse hasta la cruz de la puerta para impulsarse y saltar al otro lado. Todo le parecía oscuro salvo una pequeña nebulosa que le acechaba con su aliento agitado, como el de una bestia en medio de la lucha. Y en un momento, cuando parecía que iba a pasar al otro lado, notó que le atrapaba por la capa de forma que ya no podía moverse. Un escalofrío opresivo recorrió entonces su cuerpo hasta impedirle respirar y al instante dejó de sentir.       

Serían las ocho de la mañana cuando el veterano y experimentado inspector de la jefatura provincial de la policía se personó en el cementerio. Recorrió con paso decidido el interior del recinto, paseó su mirada resuelta y disectora por los objetos abandonados por la hermandad entre los dos mausoleos y finalmente volvió para examinar cuidadosamente el cuerpo suspendido en la puerta. Después de unos quince minutos en los que recorrió con sus ojos audaces cada detalle llamó a su subordinado:

<<Apunte lo que le vaya diciendo para exponérselo al forense cuando se persone. Varón de unos cincuenta años, obeso y posiblemente con problemas de corazón. La capa y los objetos encontrados nos indican que pertenece a uno de esos grupos de aficionados al terror y a los fenómenos paranormales. Quedaron aquí para tener uno de sus encuentros en la noche de difuntos. Algo les hizo huir y este hombre tuvo verdaderos problemas para saltar la valla enganchándose su capa en la cruz que corona la puerta. El cadáver no tiene externamente lesiones producidas por ningún arma, solo muchas salpicaduras de barro tras una frenética carrera>> - concluyó el inspector.

<<Y entonces, ¿Cuál sería la causa probable del fallecimiento?>> - quiso saber otro policía.

<<Yo diría que al quedarse enganchado se creyó atrapado por aquel del que huía y en un hombre con mala forma física tras un ejercicio intenso le pudo desencadenar un paro cardiaco>> - respondió sin inmutarse.

<<Tendremos entonces que centrarnos en encontrar la razón por la que huía>> - prosiguió el policía.

<<En un lugar como éste no encontraremos un motivo racional … Nadie nos creerá si damos con la verdad … El forense también declarará ante su señoría que este hombre murió por un paro cardiaco, como tantos otros… Es mejor dejarlo todo así y rogar que nadie más vuelva aquí>> - sentenció sombrío. 

 

         

 

Publicado la semana 43. 30/10/2021
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