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Enrique Palomo

El callejón de la bruja

EL CALLEJÓN DE LA BRUJA

 

Iba a llegar tarde en su primer día de trabajo, así que optó por coger otro camino: en lugar de atravesar la Plaza Consistorial y subir al Barrio Alto por la Calle Ancha, siguió en línea recta por el ruinoso y abandonado Barrio de las Ánimas para poder estar en apenas cinco minutos en su destino.

A pesar de llevar unos pocos días en el pueblo y no conocerse bien el trayecto, fue serpenteando por las callejuelas empinadas siguiendo su instinto: “Subiendo, subiendo llegaré hasta el Barrio Alto”, se decía a sí mismo. Todo hasta que llegó un momento en que las calles se cortaron y solo quedó un espacio entre dos caserones abandonados que seguía ascendiendo. Se trataba de un callejón tan angosto como oscuro, de forma que tenía que subir sus escalones casi a tientas mientras sus brazos rozaban con las gélidas paredes de piedra. A mitad de trayecto, una sombra oscura en la pared de la izquierda le indicó la presencia de una ventana y a su paso sintió un viento frío con un intenso olor a azufre. Inquieto, el hombre aceleró aún más el paso para abandonar el callejón y alcanzar casi de inmediato el Barrio Alto, donde le habían contratado para trabajar en sus conocidos jardines.

A la vuelta, cuando regresaba junto a sus compañeros por el camino convencional y les describió el callejón por el que había pasado, éstos comenzaron a mirarse entre sí con el gesto desencajado, el más mayor palideció de repente y otro de ellos se santiguó.

“No vuelvas a pasar por el Callejón de la Bruja”-, le dijo uno.

“Nadie pasa por ahí desde hace muchos años”-, aseguró otro. 

“Debes saber que corres serio peligro si vuelves a atravesarlo”-, concluyó un tercero.

Les preguntó las razones por las que no debía pasar por allí, pero ninguno de los hombres quería hablar de aquel callejón. Lo cierto es que aquellas advertencias le parecieron influenciadas por la superstición propia de las gentes de pueblo, con lo que se propuso volver al día siguiente y cruzar el callejón como una aventura con tintes de heroicidad: así podría contar a su vuelta a la ciudad que pasaba todos los días por un lugar terrorífico por el que ni siquiera se atrevían a acercarse los lugareños.

A la mañana siguiente el hombre salió de su casa y caminó decidido hacia el Barrio de las Ánimas. Inmerso ya en él y sin las prisas de la víspera se puso a observarlo con detenimiento: se encontraba tan solitario como el día anterior, el pavimento de las calles estaba descarnado por el abandono y la vegetación tapaba las casas, se asomaba por sus ventanas desvencijadas y se abría paso por los tejados hundidos. El silencio era casi absoluto, pero no daba paz sino inquietud. Tan solo se oía el vaivén de las ramas de los árboles agitadas por el viento fresco de la mañana y el canto tristón de unos pajarillos negros que se posaban en los alféizares de las ventanas y que parecían traer malos augurios.

Al llegar a la entrada del callejón y mirar a través de él le pareció más largo que el día anterior. En verdad, el final solo era una diminuta luz blanca. Miró las dos construcciones que lo conformaban y se percató que, aunque estaban deshabitadas, sus puertas y ventanas parecían haber sido arregladas recientemente, lo que le generó aún más desasosiego; y es que pocas situaciones resultan tan sobrecogedoras como saberse observado en un lugar desierto.  

No se lo pensó y tomó carrerilla para subir corriendo y convertir su rutinario camino al trabajo en una gesta digna de admiración. Avanzó con ímpetu por las escaleras mientras notaba una brisa helada entrando en sus pulmones. Miraba de frente, pero la luz del final se agrandaba de forma casi imperceptible; y es que, en efecto, el callejón parecía haberse prolongado de un día para otro. Al instante, pasó a la altura de la ventana y el hombre quiso alargar aún más su zancada, pero su impulso se vio frenado por una mano que le agarró por el codo izquierdo. Trató de resistirse y en medio de la oscuridad forcejeó con la extremidad huesuda y peluda que le agarraba con una fortaleza descomunal. Gritó por su instinto de supervivencia, pero sabía que nadie podía oírle. El olor a azufre del día anterior se iba haciendo aún más presente conforme aquella fuerza iba atrayendo al hombre hacia el otro lado de la ventana. Tan desesperado como aterrorizado, no le quedó otro recurso más que morder aquella mano, y lo hizo con saña, de forma que se retiró bruscamente sin emitir el más mínimo lamento. Acto seguido, se recompuso y siguió ascendiendo por el callejón con presteza, espoleado por un final que cada vez estaba más cerca, hasta que llegó aliviado al Barrio Alto que, con la luz blanca de la mañana recién comenzada parecía darle la bienvenida a una nueva vida.

Pasó su jornada de trabajo estremecido, en silencio y, mientras podaba los setos o echaba abono en las jardineras, los pensamientos oscuros no paraban de agolparse en su mente. Por la tarde, durante el camino de vuelta junto al resto de la cuadrilla, ya no deseó experimentar otra travesía por el callejón; en verdad no hay mayor obstáculo para las aventuras que el deseo de preservar la propia vida.

Al llegar el nuevo día el hombre se levantó petrificado tras una noche de insomnio y pesadillas en los escasos minutos en que se había quedado traspuesto. El frío de la calle atenazaba su cuerpo camino del trabajo. Al dirigirse a la Plaza Consistorial, vio con sorpresa que el pasaje que daba acceso estaba cortado tras aparecer un enorme socavón. Intentó cruzarla por las otras calles pero también se había hundido el pavimento. Preguntó a varios vecinos cómo llegar por otro camino hasta el Barrio Alto y todos le indicaron que por el Barrio de las Ánimas. Loco de horror telefoneó al capataz para decirle que no podía ir a trabajar porque estaba enfermo, pero éste amenazó con despedirle si no se presentaba puntual. Como necesitaba aquel trabajo para poder subsistir y pagar unas deudas que le abrumaban, el hombre se dio media vuelta y comenzó a ascender temeroso por las calles vacías del Barrio de las Ánimas. Al llegar a la entrada del callejón no se lo pensó e inició una carrera alocada hacia una luz que no se veía por más que corría. A medio camino se sintió perdido; ya no parecía estar en un angosto pasadizo sino en un abismo infinito. Imploró ayuda con la voz desgarrada, pero ésta se perdió en la inmensidad. Intentó escapar dándose la vuelta, pero ya no sabía por dónde había entrado. Solo los pájaros negros con su mirada roja vieron cómo la oscuridad caía sobre el hombre arrojándole a un pozo interminable de sueño y silencio. Y solo ellos supieron lo que fue de él mientras trinaban lúgubres.     

           

 

 

Publicado la semana 42. 24/10/2021
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