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Enrique Palomo

El jubilado

EL JUBILADO

 

Siempre quiso que todos antepusieran la palabra profesor a su nombre. Pero no lo hizo por su vocación de enseñar a los demás, que en verdad nunca la tuvo, sino para significar que los otros tenían todo que aprender de él y él nada de los demás; como si la vida fuese una clase magistral impartida por su ilustre persona a la que el mundo tuviera que asistir con asombro, devoción y pleitesía. Por eso, nada le producía más satisfacción que escucharse a sí mismo con su voz profunda, con apariencia de solemnidad, y emplear términos que los demás no entendieran para marcar distancias entre sus vastos conocimientos y la supuesta ignorancia del resto.  

Sus deseos, que fueron órdenes, no pudieron verse modulados por ninguna sugerencia de sus colaboradores y su único objetivo fue alimentar su pretendida grandeza. Cuando se dirigía a los demás siempre lo hacía con altanería, en la mayoría de las ocasiones con desprecio y solo en el mejor de los casos con condescendencia. Por eso no necesitaba escuchar, sino solo hablar para que aquellos sobre los que caían sus palabras se sintieran superados, incluso humillados.

Su despacho era grande, quiso ser como los salones de audiencias de los palacios, pero no pudo llegar a tanto. Desde él había dirigido el servicio del hospital, la cátedra de la universidad y unas cuantas sociedades científicas; y es que nunca aceptó formar parte de una organización de la que él no fuera su máximo exponente. Sus paredes estaban llenas de libros de su especialidad médica; parecía no faltar ninguno de los imprescindibles y aseguraba habérselos estudiado todos, aunque en realidad ignoraba que no pocos habían quedado fuera. Al fondo, su mesa de trabajo había llegado a ser una fortaleza inabordable, siempre repleta de artículos y documentos, y a su lado su ordenador, que era su ventana al mundo. Por la otra ventana, la que daba a ese bosquecillo poco pretencioso que rodeaba la ciudad, casi nunca se asomaba.

Cuando levantaba la vista de su mesa disfrutaba mirando su colección de reconocimientos y premios, colgados de las paredes o distribuidos por las estanterías repletas, y le gustaba reconocer desde la distancia los lomos de los libros que había publicado en su ingente actividad científica y a los que consideraba los hijos que nunca tuvo.

Aquella mañana se levantó temprano, como si nada hubiese pasado. Como cada día, se puso uno de sus trajes oscuros y una de sus corbatas sobrias; no tenía otras. Se dirigió a su despacho renqueante; pues la obesidad le dificultaba caminar y su respiración fatigada se aceleraba con cada paso. Se metió en su despacho y se sentó con gesto grave, como si tuviese una empresa trascendental que afrontar. Miró su agenda para los próximos días y vio que no tenía nada apuntado, consultó su correo electrónico y no encontró ningún mensaje. En su mesa tampoco había ninguna tarea pendiente. Pensó en estudiar, pero no había ningún artículo reciente que mereciera la pena leer. Entonces se acarició su barba canosa y se recostó en su silla: por primera vez no tenía nada que hacer y sintió la soledad de su casa como una punzada profunda.

Se fijó en la placa que le habían regalado sus compañeros el día anterior y pensó en un lugar donde colocarla. En ella estaba escrito: “Para el Profesor Doctor Don (y su nombre) en el día de su jubilación (y la fecha)”. Así era como debían llamarle y así lo hicieron. En verdad todo estaba correcto, pero aquella inscripción le pareció corta: ¿Acaso sus más de cuarenta años de trabajo cabían en aquella frase?, ¿Era eso todo lo que tenían que decirle sus discípulos?

Colocó la nueva placa junto a las demás. Se quedó observándolas y notó que habían perdido parte de su brillo y que tenían polvo. Estaba pensando en echar una reprimenda a la asistenta por no haber hecho bien su trabajo cuando de repente ésta apareció por la puerta, pero, sin saber por qué, se sintió cohibido e indefenso delante de ella; y es que por primera vez se dio cuenta que, estando en casa casi todo el día, su vida dependería en gran parte de aquella chica sencilla, resuelta, menuda y de ojos vivarachos y juventud poderosa. Así que le pareció un ser poco menos que invulnerable, como le sucede a un niño con su madre, y no pudo hacer otra cosa más que saludarla con corrección y pedirle por favor que sacara brillo a sus placas.

Volvió a sentarse. La extraña sensación de no tener una ocupación le sumió en la desesperación. El silencio, al que no estaba acostumbrado le resultaba insoportable. ¿Dónde quedaron esas enconadas discusiones científicas que tanto le apasionaban?, ¿Dónde las preguntas a sus clases magistrales?, ¿Dónde las rigurosas felicitaciones de sus colegas?, ¿Dónde los aplausos de cortesía a sus ponencias? Necesitaba oír su voz, así que cogió un artículo y comenzó a exponerlo con dedicación, como si tuviera delante a un auditorio, pero a los pocos minutos se dio cuenta que nadie le estaba escuchando.

A falta de otra tarea, decidió mirar por la ventana; aunque nunca le interesaron las vistas que ofrecía. El campo lucía orgulloso en la mañana soleada de primavera y una bandada de pájaros viajaban plácidos y lejanos por el azul del cielo. Entonces se fijó en una familia que caminaba entre los pinos: el padre jugaba a la pelota con sus dos hijos mientras su madre los animaba divertida. Le pareció una escena irrelevante, pero se dio cuenta que no tenía nada mejor que hacer; así que se quedó mirando cómo los niños correteaban en torno al hombre intentando quitarle el balón mientras éste no paraba de reírse y la mujer aplaudía. Sin saber por qué se quedó mirando absorto mientras una lágrima se resbalaba por su mejilla de acero … Parecían felices y por primera vez hubiese querido cambiar toda su vida por un momento como el de aquella familia.         

 

Publicado la semana 41. 17/10/2021
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