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Enrique Palomo

El día de la patrona

EL DÍA DE LA PATRONA

 

Aquel año el señor alcalde decidió que el acto central del día de la patrona fuese diferente, lo que desencadenó el disgusto entre gran parte de la ciudad, firme defensora de las tradiciones. Así, tras treinta y cuatro años al frente del ayuntamiento y otras tantas celebraciones de la festividad, don Saturio había incluido entre los invitados a la comida en el casino a todos aquellos forasteros que habían llegado en los últimos años: un pequeño grupo de profesionales y pequeños empresarios que buscaban en esta ciudad apartada la oportunidad que se les había negado en otros lugares. 

Pronto surgieron las protestas de todos los concejales, del señor médico, del señor juez, del señor boticario, de los terratenientes propietarios de los viñedos y los olivares, del comandante en jefe de la guardia municipal, del señor marqués y hasta del señor obispo, que le dirigió al alcalde una dura reprimenda en su homilía dominical de misa de doce. El hecho es que todos criticaban a don Saturio la inclusión de unas gentes con “costumbres bárbaras, en nada envidiables a las nuestras”, con “creencias que contaminan las convicciones que hemos heredado de nuestros padres y abuelos” y con “una forma de actuar diferente a la que hemos tenido toda la vida”. Los más airados le acusaron de traición a los antepasados y le amenazaron con una moción de censura, pero don Saturio intentó calmarles:

- Señores, les aseguro que mis convicciones están intactas y siguen siendo las suyas. Sé que somos personas poco dadas a los cambios; tal vez sea nuestro aislamiento histórico el que hace que recelemos del extranjero y veamos nuestras costumbres como un tesoro intocable. Solo les pido, una vez más, confianza en mí, de forma que si les defraudo pondré mi cargo de alcalde a su disposición al día siguiente de la festividad de nuestra patrona - concluyó entre los gestos de recelo de los presentes.

La tregua solicitada por el señor alcalde se mantuvo, pero los días posteriores fueron tensos en la ciudad hasta que llegó el día grande de las fiestas y con él, el despertar con el toque de diana floreada, los pasacalles con gigantes y cabezudos, la misa solemne, la procesión con la imagen de la patrona y el baile del vermú al son de la música folclórica.      

A la hora del almuerzo, y para evitar conflictos, la veintena de personas que formaban la colonia de extranjeros de la ciudad fueron ubicados en tres mesas apartadas, de modo que el resto de invitados apenas podían verlos.

Comenzó a servirse el menú, compuesto desde hacía décadas por los mismos platos: la menestra de verduras y hortalizas de la huerta local, el habitual surtido de embutidos caseros, el guiso con el pescado propio del río de la ciudad, el asado de cordero de la comarca y los dulces típicos de la fiesta, los llamados “Entresijos de la patrona”. Todo transcurría sin incidentes hasta que los camareros aparecieron, entre plato y plato y sin previo aviso, con recetas de los países de origen de los inmigrantes: toda una colección de ingredientes exóticos de vivos colores que llenaron el vetusto salón del casino de aromas desconocidos y arrebatadores. 

- ¡Esto es un sacrilegio contra el espíritu de la fiesta de nuestra patrona! – protestó uno.

– A nosotros nos gusta saber lo que comemos y todo esto no son más que porquerías – dijo otro. 

– Esta no es una comida de la patrona como las de toda la vida. ¡Si nuestros padres y abuelos levantaran la cabeza! – se lamentó otro.

Lo cierto es que entre los oriundos de la ciudad ninguno quiso probar los platos extranjeros, cuyas fuentes terminaron en la mesa de los forasteros que, embriagados por el sabor familiar y acogedor de sus tierras lejanas, comieron opíparamente mientras sus rostros se llenaban de placer y melancolía.

Gran parte de los invitados originarios de la ciudad abandonaron el casino antes de terminar la comida, indignados y confabulados para derrocar de su puesto al alcalde. Las protestas acompañadas de insultos inundaron el salón y se mezclaron con las risas de júbilo de los inmigrantes. Poco después, el alcalde se levantó entre abucheos y al pasar cerca de las mesas de los invitados extranjeros recibió una fuerte ovación que en ningún momento correspondió, de forma que salió con gesto serio, firme y sereno.

Durante la tarde de fiesta, ya fuera en la plaza de toros, en los pasillos de la feria o en la verbena, se sucedieron los corrillos conspiradores para derrocar a don Saturio al día siguiente. Así, se llegó a un acuerdo para aupar al poder a don Nemesio, el miembro más ortodoxo del partido conservador. El motivo de la moción de censura quedó expresado así por el propio candidato: 

- Don Saturio pretende sumergir a nuestra ciudad en un aire renovador vertiginoso que socava nuestras raíces y nos aboca a un futuro incierto, sin los referentes que hemos tenido durante los últimos siglos -.

La noche fue más plácida de lo que cabía esperar: unos tenían perfectamente diseñado su plan para terminar con las locuras de don Saturio y éste solo esperaba que amaneciera para que todos pudieran ver de lo que era capaz para preservar la esencia de su ciudad.

Cuando con el nuevo día todo parecía decidido, una noticia se difundió con rapidez entre los vecinos de la ciudad: unos cuantos asistentes a la comida del casino habían comenzado con vómitos persistentes y dolores generalizados muy intensos de forma que habían tenido que ser llevados al hospital. Poco más tarde se supo que los que habían enfermado eran únicamente los veinte inmigrantes y en las horas siguientes comenzó a rumorearse que estaban muy graves, con lo que se aplazó el pleno del ayuntamiento. No pasó mucho tiempo hasta que se anunció que cuatro de los afectados habían fallecido y en menos de cuarenta y ocho horas lo mismo sucedió con el resto.

La noticia trascendió el ámbito local para llenar titulares de medios nacionales e internacionales. Don Saturio expresó ante todos ellos “su profundo pesar por unas personas perfectamente integradas que aportaban trabajo y talento a nuestra ciudad”. Se hizo un funeral en el que toda la alta sociedad de la ciudad acompañó entre lágrimas y gestos de dolor a los féretros, que salieron hacia los lugares de origen de los difuntos para ser enterrados según los ritos de sus religiones.

Mientras veían partir el último de los coches fúnebres, el señor obispo preguntó a don Saturio:

- ¿Ha pasado lo que todos sospechamos, señor alcalde? -

- ¡Qué va a pasar señor obispo! Solo ha sido la desgracia, que se ha cebado con estas pobres gentes – dijo don Saturio mientras recordaba el potente veneno que, según le aseguraron, no dejaba rastro en los análisis toxicológicos y que había ordenado echar a los platos de comida de los fallecidos.

- ¡Todo sea por nuestros valores y nuestra paz! Aun así, debemos ser generosos con los difuntos: tengámosles en cuenta en nuestras oraciones – dijo el señor obispo con satisfacción.

Todos intuían el origen del suceso, pero, como cabía esperar, nunca se encontraron restos de veneno en los cadáveres. El silencio se convirtió en el cómplice necesario y todos respiraron aliviados: en la ciudad todo seguiría como siempre. La moción de censura nunca tuvo lugar y don Saturio fue aclamado con discreción, de forma que todos alabaron su determinación, su astucia y su sentido del deber para mantener las señas de identidad de su pueblo. Y así conservó su puesto en la alcaldía por mucho más tiempo.

Entonces, como sucedía a menudo, la niebla se agarró a la ciudad. Sus calles estrechas e irregulares se volvieron aún más tristes. Las manecillas de los relojes siguieron moviéndose, pero lo hicieron en vano porque todo estaba condenado a seguir igual; como si nada hubiese sucedido y como si nada fuese a suceder. Y por ello, en la ciudad todos sonrieron mirándose a sí mismos mientras se sumergían en una oscuridad que no era sino un manto de luto tupido.  

 

  

 

 

 

Publicado la semana 40. 10/10/2021
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