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Enrique Palomo

El inmigrante

Recorrer un camino conlleva a menudo desilusiones porque no siempre se encuentra lo que se esperaba al iniciarlo. Así transcurría mi viaje camino de La Gran Ciudad. Tras casi doce horas de trayecto el tren continuaba su traqueteo constante y cansino. El atardecer era oscuro, preludio de otro día nuboso y tristón. Por la ventanilla se veía la planicie descarnada, tan solo rota por pequeñas lomas, solitarias e irrelevantes, y algún bosquecillo raquítico. Era el mismo paisaje que rodeaba mi pueblo. Siempre pensé que, tal vez, cerca de La Gran Ciudad todo sería diferente: terrenos de vegetación exuberante, concienzudamente cultivados, intercalados entre poblaciones con construcciones modernas, repletas de comercios y de pequeñas industrias. Pero no, todo era tan devastadoramente igual como en la tierra de mi juventud.

En el asiento de al lado, un hombre algo más mayor que yo no mostraba ningún interés en hablar conmigo. Mis comentarios, dirigidos a iniciar algún tema de conversación que nos entretuviera a lo largo del viaje, terminaban por su parte en respuestas genéricas y desganadas, monosílabos y vaguedades, con lo que quedaba zanjada la cuestión. Se trataba de una de esas personas desconfiadas, que solo parecen ver rivales en aquellos que les rodean. Y así comprendí que mi anhelo de vivir un camino lleno de camaradería, en el que los emigrados nos acompañáramos en nuestra soledad, se veía truncado por la realidad más descorazonadora.

Casi de forma imperceptible, en la llanura desolada fueron apareciendo explotaciones ganaderas, grandes extensiones de invernaderos y naves industriales que parecían ser el preludio de La Gran Ciudad. Ya no se veía solo un único punto brillante en la lejanía, sino que la luz parecía ir envolviéndolo todo conforme pasaban los kilómetros y nuestro trenecillo valeroso se adentraba en los barrios periféricos. Aparecían entonces ante mis ojos toda una sucesión interminable de bloques de viviendas nuevas con calles solitarias y unos edificios deslumbrantes, que me parecieron palacios, y que correspondían a los mundialmente conocidos centros comerciales de La Gran Ciudad. Y es que, ¿quién no ha deseado ir una tarde a uno de estos lugares y comprarse todo aquello que alguna vez deseó, cenar en alguno de sus restaurantes de comida exótica o elegir en sus cines entre más de veinte películas? ¿Acaso no son estos algunos de los motivos por los que me encontraba en ese tren?

No pasó mucho tiempo y una voz de megafonía anunció la llegada a La Gran Ciudad. La inquietud pareció adueñarse de todos nosotros, de forma que comenzamos a ponernos nuestros abrigos y a coger el equipaje, como si no pudiésemos esperar al futuro que nos prometieron al pisar el andén. Con todos listos, unos de pie en los pasillos y otros agolpados en la puerta de salida, el tren recorrió una larga curva que daba acceso a la Estación de Oriente, y pudimos ver por las ventanas la imponente silueta de los rascacielos brillando a lo largo del horizonte, como si ya no hubiese nada más allá. Una exclamación unánime surgió entonces en todos nosotros y aplaudimos con fuerza.

Cuando el tren se detuvo y pude bajar del vagón me encontré un lugar atestado de pasajeros, sentí una corriente de aire frío y multitud de voces ensordecedoras. No sabía dónde ir, así que me dejé llevar por un río de personas que se dirigían hacia la izquierda, en lo que supuse que sería la puerta de salida. Y me sentí en completa soledad, a pesar de estar inmerso en una marabunta.             

Cuando entré en el vestíbulo de la estación, un grupo de hombres con chalecos reflectantes mostraban diferentes carteles: “Se necesitan peones de albañil”, “Se contratan operarios para una fábrica de neumáticos” y “Necesitamos trabajadores para la campaña del cereal”. Al llegar nos fuimos colocando en la fila que nos interesaba. En mi caso, para trabajar en la construcción. Cuando formamos una fila de unas treinta personas, el hombre del chaleco nos comunicó someramente nuestras condiciones: “Alojamiento en unas naves a las afueras y una jornada laboral de ocho horas al día de lunes a viernes en la construcción de un hotel con un sueldo superior a la media del sector en un entorno de máxima seguridad”. Lo dijo de forma maquinal, sin mirarnos a los ojos, como hace aquel que tiene mucho que esconder; así que no me creí ningún punto de su compromiso, pero aquel grupo de desesperados entre los que me encontraba ni siquiera teníamos derecho a tener miedo. A fin de cuentas, ¿qué puede temer el que ya no tiene nada que perder?

Camino del autobús que nos llevaría a nuestra nueva casa, miraba a la gente de La Gran Ciudad: parecía no interesarles nuestra llegada, caminaban muy rápido sin reparar en nosotros y me impresionó la seguridad que mostraban en sí mismos, como si supieran dónde iban dentro de aquel lugar inmenso. Sus ropas eran muy distintas a las nuestras: tenían colores vivos y parecían muy cómodas y calientes, con lo que comprendí que el jersey y el pantalón que estrenaba aquel día estaban ya anticuados. Por el camino se nos acercaban vendedores ambulantes, tal vez inmigrantes como nosotros, que nos intentaban vender multitud de artículos a muy buen precio:  desde amuletos, hasta calcetines de lana, y desde latas de sopa en conserva hasta guías de la ciudad. Todo muy apropiado para atraer nuestra suerte y paliar nuestro frío, nuestra hambre y nuestra desorientación.

De esta forma, rodeado de unos cuantos desconocidos asustados que pugnaban por subsistir, me subí al autobús entre empujones. Fue entonces cuando sentí el vértigo de una gota de lluvia al caer en el océano y la insignificancia de un grano de arena rodando por el desierto. Y mientras, comenzaba la búsqueda de mis sueños en medio de la oscuridad de mi asiento y cegado por la luz que me rodeaba.

 

Publicado la semana 4. 30/01/2021
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