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Enrique Palomo

Instantes de la Guerra de las Montañas Azules: el francotirador

INSTANTES DE LA GUERRA DE LAS MONTAÑAS AZULES: EL FRANCOTIRADOR

 

Creo firmemente que los francotiradores somos los individuos más miserables de una guerra: siempre al margen de la disciplina del ejército regular, protegidos entre las sombras que nos convierten en poderosos y casi invulnerables, nuestro éxito nace de la impericia, la imprudencia y la inocencia de nuestras víctimas. Disparamos a quien no se puede defender de nuestro ataque; con lo que podría decirse que somos tan cobardes como crueles. Lo cierto es que nuestras acciones, aun siendo aisladas, causan daños irreparables al enemigo y aumentan la moral de nuestras tropas, con lo que a menudo se nos ha considerado héroes de guerra. Pero ¿es justo conceder esta distinción a alguien como yo? ¿Cómo puede ser un héroe aquel que ni siquiera otorga al otro sus mismas condiciones en la lucha? 

Me muevo con soltura entre los edificios en ruinas. El instinto me hace cambiar de lugar cuando siento la amenaza, camino entre los escombros solo cuando están sumidos en la oscuridad y disparo cuando sé que soy infalible para no dejar testigos de mi posición. Tengo dibujadas en una libreta ciento cincuenta y tres cruces, que es mi hoja de servicios al ejército al que sirvo y que incluye a varios oficiales desprevenidos, a un sinfín de soldados inexpertos y a varios civiles señalados como cómplices del ejército invasor. Sé que los míos me aclaman y han llegado a mis oídos gestas con mi nombre en el que se me atribuyen poderes casi sobrenaturales. Por el contrario, me dicen que me he convertido en uno de los objetivos prioritarios de los invasores, que me apodan “El alacrán” por la similitud de este nombre con mi apellido y han puesto una recompensa más que generosa a quien me entregue ¿Cómo es posible que mi cabeza valga esa cantidad de dinero? 

Todos aquellos que salen de sus trincheras o de sus refugios pasan por mi mira telescópica. Solo me queda decidir a quién disparar y cuándo hacerlo según mi conveniencia: es como ser un dios en un lugar en el que cualquier otra divinidad parece haber desaparecido.

Aunque cumplo mi labor con total lealtad al ejército de mi pueblo, puede surgir la pregunta: ¿Hay alguien a quien tenía que haber disparado y no lo he hecho? En verdad, desde hace veinte días veo a un soldado enemigo salir con sigilo de su trinchera al anochecer. Le sigo con mi rifle de precisión y cada vez recorre el mismo trayecto hasta llegar a la maltrecha Plaza Mayor, donde una chica le espera en los soportales, detrás de las columnas repletas de impactos de proyectiles. Con la visión aumentada que me proporciona mi arma distingo entre la penumbra el cabello corto y moreno de él al quitarse el casco, la melena rubia de ella, sus caras jóvenes, sus sonrisas, sus confidencias al oído, sus caricias y abrazos y sus besos furtivos, que se prolongan con pasión y desesperanza cuando van a separarse hacia la medianoche.

Si me preguntan por qué no he abatido aún a ese soldado contestaría con franqueza que es porque me encanta observarle. Llevo demasiados meses viviendo entre edificios descarnados, con el frío de los hogares devastados como compañero permanente y con la única satisfacción de asestar golpes letales por la espalda a quien probablemente no lo merezca, con lo que contemplar las figuras de dos enamorados que debieran ser víctima y verdugo me recuerda que el amor siempre prevalece a la mayor de las tragedias. Porque, ¿hay espectáculo más conmovedor que ver sus cuerpos fundidos mientras son iluminados por los fogonazos de las explosiones? Ni siquiera se sobresaltan, como si la presencia del uno para el otro constituyera la protección contra el peligro que acecha. A fin de cuentas, yo también vivo en ese soldado: su historia es la que siempre quise protagonizar, pero a su vez es la que ya perdí para no recuperarla jamás, porque en la guerra se mata entre otras cosas para intentar olvidar.

Pronto la guerra terminará, nosotros seremos los derrotados y quizá ese soldado pueda vivir en plenitud junto a la chica, como deben hacer los vencedores. Mientras, en el mejor de los casos, yo saldré de mi escondrijo para entregarme prisionero en una larga travesía hacia mi libertad. Con esta perspectiva en un futuro inmediato, ¿quién soy yo para segar la expectativa de felicidad de ambos? Solo la envidia y la venganza más corrosiva podrían empujarme a apuntarle con mi rifle y hacerle caer fulminado con un disparo sibilino y amortiguado que le rompiera su rostro, como hice con los cientos veintitrés que tengo recogidos en mi cartera cuando creía que el duelo y la ira me llevarían hacia una victoria que nunca va a llegar. Pero la envidia y la venganza son dos lujos prohibidos para los vencidos como yo, a los que solo nos queda ya rogar por nuestra vida y dejar vivir. Y es que, más allá de las fronteras, de las disputas y de las ambiciones, todos tenemos los mismos sueños.           

    

Publicado la semana 38. 26/09/2021
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