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Enrique Palomo

Instantes de la Guerra de las Montañas Azules: el bombardeo

INSTANTES DE LA GUERRA DE LAS MONTAÑAS AZULES: EL BOMBARDEO

 

A cuarenta y cinco mil pies de altura la capital de la región de las Montañas Azules es una pequeña marca sobre la tierra. Parece imposible que puedan vivir veinte mil personas en esa mácula grisácea de bordes irregulares que se extiende por el valle entre las cumbres. Desde mi cabina, rodeado por el sol que se filtra a través de la inmensa semiesfera azul del cielo diáfano, intento concentrarme para conseguir un disparo certero en un blanco de gran dificultad y pienso en lo superficial y embaucadora que resulta la contemplación de la belleza cuando prima el cumplimiento del deber. 

Las detonaciones producidas por los proyectiles de las baterías antiaéreas se escuchan cerca de mi avión, impotentes para llegar a la altura donde me encuentro: resuenan iracundas, pero son inofensivas, como los ladridos envalentonados de los perrillos falderos cuando se enfadan. Miro hacia los lados y vislumbro sus destellos, que son apenas perceptibles desde mi posición, como si solo fueran fuegos artificiales. Su brillo no tiene comparación con el de las alas plateadas de mi caza, refulgentes y poderosas, y me hacen sentir invulnerable, como el soldado que tiene frente a él al prisionero desarmado. Qué extraña situación; que un hombre planeando sobre un mar de bombas a miles de metros sobre el suelo se sienta seguro y confortable.

Con un pequeño giro del avión hacia la izquierda dejo la ciudad a tiro. No debo imaginarme sus calles ni sus casas porque la capital en este momento solo es un punto en el centro de mi diana. Tal vez muchos estarán profiriendo maldiciones hacia mí, o estarán corriendo hacia un lugar seguro, o estarán gritando por la incertidumbre, o estarán acurrucados para calmar el pavor ante la proximidad de la muerte. Pero aparto de inmediato esos pensamientos porque en la guerra los objetivos no hablan, ni huyen, ni temen; solo están en su lugar para ser eliminados antes de convertirse uno mismo en el objetivo del enemigo. A fin de cuentas, ¿qué es la guerra, sino una carrera desesperada por sobrevivir, aun valiéndose de la traición, el egoísmo y la crueldad hacia aquellos que también buscan seguir viviendo?

Siento que el instante ha llegado y debo comportarme como un profesional eficiente y un subordinado leal antes que como un ser humano acuciado por las consecuencias de sus actos. Las preguntas pueden ser fatales cuando se trata de derrotar a un enemigo que ha puesto precio a mi cabeza. Por eso aprieto el botón y el misil parte de mi avión. Siento un zumbido sobrecogedor bajo mis pies y de inmediato contemplo su trayectoria fulgurante por el monitor: un pequeño punto negro, aparentemente inofensivo, casi imperceptible, que se dirige irremediablemente hacia el corazón de la ciudad hasta impactar en él al cabo de unos segundos. Entonces oigo un sonido grave y áspero que parece prolongarse una eternidad, como un trueno o como el rugido de una bestia. Vuelvo a mirar y la mácula grisácea es una diminuta bola de fuego de la que se desprende una columna de humo negro que asciende a borbotones oscureciendo el trozo de cielo que sepulta a la ciudad ya devastada.

Inicio el camino de vuelta hacia mi base en La Gran Ciudad. Ante todo, pienso que he cumplido mi objetivo y la guerra ha dado un vuelco decisivo a nuestro favor. Seré felicitado por mis mandos, recibiré una condecoración, promocionaré a un rango superior y seré considerado un héroe en mi familia, de forma que contaré mis batallas aéreas como logros dignos de ser escuchados y tendré derecho a exagerar sin pudor sus pasajes entre mis futuros hijos y nietos, que me escucharán embobados.

¿Soy feliz en estos momentos? Desde luego que no… y estoy convencido que ya nunca lo seré. Y es que en las guerras no hay vencidos ni vencedores, solo muertos y supervivientes, y a estos últimos solo les quedan la dudosa satisfacción de haber cumplido con la misión que les encomendaron y el alivio por seguir vivos. Miro una vez más la belleza del cielo y me quedo prendado de su sencillez y su grandeza. Siento el confortable tránsito de mi avión, ya sin peligro alrededor: todo está tranquilo y las llamas y el humo quedaron atrás ocultando lo que nunca veré. Resoplo, como un afortunado superviviente, pero no sonrío, como haría un verdadero vencedor. A partir de ahora mi risa será una máscara que ocultará mi condena a ser un héroe y un criminal al mismo tiempo.

Publicado la semana 37. 18/09/2021
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