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Enrique Palomo

Una noche de verano

UNA NOCHE DE VERANO

 

Aquella noche de agosto había llegado de forma inadvertida; y es que la tarde bulliciosa y alegre se había prolongado hasta confundirse con el crepúsculo. Desde mi cama recordaba los momentos vividos a lo largo del día: no eran sucesos extraordinarios que fueran a cambiar el curso de mi vida, sino hechos que quería conservar en mi memoria como pequeños tesoros de un tiempo irrepetible y amable, que algún día consideraría con nostalgia.

El balcón entreabierto mostraba un cielo pacífico, cuajado de estrellas, ajeno a las futuras borrascas inhóspitas del invierno. La luz pálida de la luna destacaba las paredes encaladas de mi habitación. Una brisa fresca y acogedora me acariciaba por encima de las sábanas con su aroma a tomillo y romero. Y de fondo, el canto del grillo, con su ritmo perfecto y su tono embriagador, persistente y eterno. Al escucharlo tenía la sensación de que todo había pasado, como el mar en calma después de la tormenta, pero al mismo tiempo me sugería que algo nuevo estaba por llegar al día siguiente; y en la penumbra de mi habitación, acompañado por su melodía, velaba armas como un guerrero antes de la batalla que le condenaría o le encumbraría.

No quería dormirme. No se trataba de una noche cualquiera, de un trámite sobrevenido para un descanso impuesto antes de afrontar los rigores de otro nuevo día. En realidad, no debía dormirme porque las noches previas a los días inolvidables se han hecho para soñar despierto.

Todo parecía posible. Los fracasos pasados se ahogaban en la oscuridad impertérrita y protectora, que parecía envolverlo todo. Los proyectos futuros yacían expectantes, todavía lejanos, en el silencio de una noche que se preparaba para otro día luminoso, con su cielo azul intenso, sus nubecillas inofensivas, sus mañanas blancas, sus tardes naranjas, el rumor del agua corriendo entre risas, la calma mecida por el aire cálido y el verdor decadente.

Pero en aquel instante vivía mi presente, ¿dónde estarían los fantasmas que alguna vez tuve?, ¿dónde quedaron las empresas que nunca llevé a cabo? Y así permanecí hasta que en algún momento me quedé dormido. Nunca supe la hora porque no había un despertador que mirar: solo se trataba de abrir los ojos en algún momento con la luz de la mañana o con el ruido de la vida en el campo.     

Publicado la semana 31. 05/08/2021
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