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Enrique Palomo

Historias olímpicas: la victoria

HISTORIAS OLÍMPICAS: LA VICTORIA

 

Miré hacia atrás y mis rivales luchaban a unos veinte metros por la segunda plaza. Así que volví la vista al frente para cruzar la línea de meta mientras el estadio entero era un clamor en mi honor. Miré el tiempo y suponía una nueva plusmarca mundial, con lo que la ovación se hizo aún más intensa. Sin duda, todos estaban impresionados por la autoridad de mi victoria.

Sin pensarlo, levanté mis brazos: se supone que es lo que siempre hacen los campeones. Todos pensarían que estaba muy feliz, pero en aquel momento no tuve la sensación de haber logrado una gesta, sino tan solo de haber cumplido un trámite, como cuando se va a una tienda para comprar un producto de primera necesidad. Llevaba demasiados años haciendo del sacrificio una rutina con tal de conseguir el triunfo a cualquier precio, como si se tratase de una obsesión persecutoria y destructiva. Pero ¿había merecido la pena empeñar mi juventud, mi salud y hasta mis principios para conseguirlo? Después de tanto tiempo, ¿esto era todo?, ¿ya no había más? Obtuve las respuestas al instante, y por eso no sonreí.

Es de suponer que todos los campeones olímpicos son inmensamente felices en el momento de coronarse como tales, pero no era mi caso. Cabe pensar que un título como este solo es fruto de durísimos entrenamientos unidos a un físico excepcional, pero mi realidad era otra: nunca tuve el talento para ser un campeonísimo, mucho menos para convertirme en el más rápido de todos los tiempos, pero unas moléculas invisibles al ojo de la justicia habían transformado mi cuerpo en una máquina capaz de correr a una velocidad inimaginable para el resto. No creo que mi caso fuera único: en la historia siempre ha habido un hueco para aquellos que anteponen la trampa a la verdad.

Acepté las felicitaciones de mis rivales; muchos eran mejores que yo, y tengo el convencimiento de que la mayoría habían competido con limpieza y deportividad, pero la ambición a menudo se mofa de la honradez, y allí estaban ellos, derrotados, rindiéndome pleitesía. Cogí la bandera de mi país e inicié la vuelta de honor al estadio, pero no me sentía el campeón, sino el intérprete de un ganador o, peor aún, un impostor. Los espectadores me aclamaron con arrebato, pero nunca una ovación fue tan amarga, porque solo era un trilero con aspecto de héroe.

Camino del vestuario acepté con cinismo todo tipo de elogios y atendí innumerables entrevistas de medios de todo el mundo: respondí que ese día se había hecho realidad mi sueño, y en verdad así era, porque desde aquel momento pensaba liberarme de un papel que no me correspondía en un lugar que no era el mío.

Llegó la ceremonia de proclamación de vencedores. El primer lugar del pódium, que para todos era la tierra prometida, fue mi purgatorio, el oro en mi cuello se convirtió en un sambenito y cuando sonó el himno nacional comencé a llorar: tal vez todos pensaron que era de emoción, pero en realidad eran lágrimas de tristeza. Encontré a mi entrenador en la grada y me devolvió una mirada gélida e irónica, de cómplice, pero también satisfecha e insaciable; a fin de cuentas, había cumplido el objetivo de convertirme en campeón. Y entonces me hice una pregunta que aún hoy me atormenta: ¿Se debe sacrificar el honor por la gloria?              

Publicado la semana 28. 16/07/2021
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