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Enrique Palomo

El libro verde

EL LIBRO VERDE

 

Manuela era menuda, podría pensarse que frágil, pero derrochaba fortaleza. Tenía el gesto serio, pero era bondadosa y servicial. Sus rasgos indicaban un origen lejano, con sus ojos rasgados y sus pómulos prominentes, pero no se podía ser más castiza. Era callada, pero sus palabras eran certeras con todos y cálidas con quien tenían que serlo. Manuela ocupa muchos de los recuerdos predilectos de mi infancia, esos que me acompañarán siempre evocándome un paraíso perdido.  

Regentaba la confitería “La Condesa”, el negocio que heredó de sus padres adoptivos y que era ante todo un lugar que olía a gloria bendita: bizcochos recién hechos en el escaparate, masas horneándose, mantequilla derritiéndose, vainilla en el aire, caramelo corriendo y almíbar bañando todos los rincones. Casi todas las tardes, ya fuera después del colegio o durante las largas tardes del verano, los niños jugábamos delante de su tienda, pues era la única vendedora de la plaza que no temía a nuestra pelota y que nunca protestaba ante nuestros gritos y carreras. Aún recuerdo cómo le decía a Ramón, el dueño de la mercería: – “No te quejes hombre. Algún día se quedará la plaza sin niños, silenciosa y en orden, y nos acordaremos” –.

Cuando los domingos y fiestas de guardar recibíamos la paga, mis amigos y yo entrábamos en su local como el explorador que descubre la cámara del tesoro. Nos encontrábamos entonces con los ojos complacientes de Manuela tras el mostrador, que nos recitaba toda su oferta con esmero. Allí estaban, voluptuosos y seductores, los bollos suizos, las bambas de nata, los torteles con cabello de ángel, las milhojas de merengue, las tartaletas de manzana y las palmeras, sin duda mis favoritas: con su hojaldre esponjoso y aromático y aquel chocolate crepitante entre los dientes que producía unas cosquillitas en el paladar que duraban hasta la hora de la cena. Era un tiempo en que no nos preocupaban los azucares libres ni las grasas saturadas, y lo mejor que podíamos hacer era sentarnos juntos a merendar entre risas.

Pero pocos momentos son para mí tan inolvidables como mis cumpleaños, cuando encargábamos a Manuela la tarta. Tras elegir su sabor y asistir a su elaboración, me pedía que le ayudara a escribir sobre el formidable pastel la felicitación con mi nombre mientras mis padres nos fotografiaban. Hoy todas esas imágenes ocupan un lugar preeminente en mi álbum y me transportan a un lugar donde nunca fue tan fácil ser feliz.     

Pasaron los años y me fui a la capital a estudiar una de esas carreras con salidas que, según decían, permitían ganarse la vida. Cuando volvía cada verano a mi pequeña ciudad asistía con dolor a los cambios que impone el paso del tiempo, de forma que el que fue mi mundo comenzaba a evaporarse. – “Ahora se ven menos niños jugando en la calle porque hay más peligros… A Ramón le hubiese gustado ver la plaza así de tranquila, sin carreras ni gritos de chiquillos” –, decía mi madre con nostalgia. Manuela, por su parte, seguía irradiando la misma calidez de siempre, aunque su mirada iba perdiendo brío y su pequeño cuerpo parecía ir menguando sobre su espalda, cada vez más encorvada, a la vez que sus movimientos se hacían más lentos y torpones. Llegó un momento en que ya no pudo caminar y “La Condesa” fue malvendida a un banco para instalar una de sus sucursales.

Dicen de mis paisanos que cuando emigran siempre terminan regresando porque añoran la tranquilidad, lo bien que se come y la bonita estampa de nuestra iglesia del siglo XVII, pero creo que en realidad lo hacen por su falta de ambición y su cortedad de miras. En mi caso, me hubiera quedado lejos para siempre con tal de no asistir al desmantelamiento de mi niñez, pero la falta de un futuro laboral halagüeño me devolvió, una licenciatura universitaria y un máster después, a mi pequeña capital de provincias para poder subsistir gracias a la tienda de comestibles de mi familia.

Manuela se quedó recluida en su pequeño piso de cincuenta metros cuadrados. Vivía de forma austera, como suele suceder con quien ha dado mucho más de lo que ha recibido, pero a ella no parecía importarle: – “Yo me apaño con poco” – decía cuando le preguntábamos si necesitaba algo. Lo cierto es que todos aquellos que la conocíamos acudimos en su ayuda; no podía ser menos cuando se trataba de quien habitó en nuestros días más felices. Desde entonces visitaba a Manuela casi a diario: le hacía compañía y le llevaba el plato del día de nuestra sección de comida para llevar: – “No sé qué he hecho para que me trates como una reina” – me decía como cumplido. En verdad, cada momento a su lado me sentí como si hubiera rescatado a la abuela que nunca conocí, pues Manuela me ofrecía soluciones cabales a mis problemas, me contaba historias memorables de su vida, me consolaba todos aquellos días en los que no debí levantarme y me hizo ser el más alto, el más guapo y el más listo, aunque sé de sobra que nunca tuve ninguna de esas tres cualidades. Y sobre todas las cosas, recuerdo el delicioso hormigueo que me recorría la espalda cuando escuchaba sus palabras sencillas y pausadas, con la dicción propia de una castellana vieja, siempre dotadas de esa sabiduría popular que parece bastarse por sí misma.       

Me contó que nació en una región que ubiqué en Asia central y que fue ocupada por otra nación tras una guerra encarnizada. En ella, muchos niños fueron evacuados a distintos lugares y Manuela llegó a nuestra ciudad con cuatro años, acogida por un matrimonio sin hijos y con buena posición económica, ya que eran los propietarios de la afamada confitería “La Condesa”. Cuando terminó la guerra, Manuela no fue reclamada por nadie, ya que no se supo nada más de su familia, y así continuó su vida. Criada con cariño por sus nuevos padres, terminó haciéndose cargo del negocio familiar, llevándolo con dedicación y solvencia durante más de cincuenta años. Nunca llegó a formar una familia: – “Me hubiese gustado, pero la pastelería no me dejó mucho tiempo libre. Pero, no creas, tuve varios pretendientes… solo que me puse muy exigente y así me quedé” – se justificaba divertida.

Un día me enseñó un pequeño libro con la cubierta verde y un título en unos caracteres que me resultaron ininteligibles: – “Yo tampoco sé lo que pone. No aprendí a leer en el idioma de mi pueblo… de hecho, no creo haberlo hablado nunca” – me explicó con tristeza. – “De aquel tiempo solo recuerdo los rayos blancos del sol entre las ramas de unos árboles altísimos, también un cielo azul como no he visto otro igual, y sobre todo una mujer muy guapa que me daba muchos besos y un hombre grande y sonriente que me columpiaba con sus brazos” – me dijo con la voz a punto de quebrarse. – “He tenido una vida feliz aquí, pero la hubiese cambiado con tal de haber podido compartir con mis padres solo un año más” –.

Abrí el libro y descubrí un papel amarillento y apergaminado escrito a mano que parecía corresponder a la misma lengua de la portada. Ojeé el resto de páginas, donde se sucedían partituras con ilustraciones infantiles.  – “El contenido de este libro es desconocido para mí. Fui a la embajada del país donde nací e incluso contacté con varios traductores, pero nadie conoce esa lengua” – me interrumpió Manuela, –“Quiero pensar que me lo dieron mis padres cuando nos separaron y que tiene un mensaje especial para mí” – concluyó dubitativa.

Teniendo en cuenta que mi novia Heather había estudiado Filología, me ofrecí a ayudar a Manuela. A través de antiguos profesores conseguimos el contacto con Ildefonso Bandrés, un gran estudioso de las lenguas de la antigua Ruta de la Seda, que se mostró entusiasmado por el hallazgo del libro verde de Manuela. Nos pidió unos días para consultar con otros colegas y nos dio su parecer con autoridad: – “Como sospechaba, estamos ante un libro escrito en bukhari. Se trata de una lengua casi desaparecida, pues la etnia que lo hablaba fue exterminada durante las guerras tribales de mediados del siglo pasado. Tal vez en la región de las montañas de Kukushmin quede algún descendiente que tenga conocimientos de ella, pero fuera de esa zona diría que es improbable encontrar a alguien capaz de traducir este texto” –.

A partir de ese momento tuve la necesidad más extravagante de mi vida: viajar hasta unas remotas montañas de Asia de las que no había oído hablar nunca para satisfacer el que tal vez fuera el último deseo de Manuela. No era caridad con una anciana desvalida ni obligación contra los remordimientos de conciencia. Era un impulso desbordante, ilusionante y luminoso, sin contrapartidas que esperar ni argumentos que esgrimir.      

Estaban próximas las vacaciones de verano, momento en que Heather y yo habíamos reservado siete noches en un hotel en la playa con todo incluido. ¿Es posible imaginarse unas vacaciones mejores? En mi caso así fue, y por eso sugerí a mi novia cambiar la playa por las montañas de Kukushmin para encontrar alguien que nos tradujera el libro verde de Manuela. Puede comprenderse que mi propuesta no tuvo buena acogida por su parte, pero ya se sabe que el amor puede con casi todo y mis cualidades de mercachifle hicieron el resto.

Así, llegamos a la capital del país en cuestión un dos de agosto tras diecisiete horas de vuelo con dos enlaces incluidos. Se trataba de una ciudad emergente, con avenidas espaciosas, grandes edificios de reciente construcción y numerosos monumentos dedicados a su presidente. La ciudad se extendía sobre una inmensa llanura que terminaba hacia el este en una cordillera cuyas cumbres permanecían nevadas aun en agosto: eran las montañas de Kukushmin.

Con los gastos de los vuelos nuestro presupuesto solo nos permitió contratar una habitación para cinco noches en el hotel Universal, un establecimiento que no correspondía precisamente a una categoría superior. A pesar de ello, disfrutamos de nuestra estancia sin pensar en el mobiliario anticuado, en la cama renqueante, en la televisión que solo emitía programas que no entendíamos y en las carreras de cucarachas del cuarto de baño. Por encima de todo, estábamos viviendo una experiencia inenarrable y que esperábamos sirviera para hacer feliz a nuestra querida Manuela.

Tampoco sabían bukhari los empleados del hotel a los que enseñé el libro verde, y lo mismo sucedió cuando preguntamos en una biblioteca y en una librería cercanas. En todos los casos nos indicaron que si queríamos encontrar a alguien que lo entendiera tendríamos que viajar a las montañas de Kukushmin, que era un área remota que quedaba fuera de los circuitos turísticos. La única forma de llegar hasta la principal población de la región era por medio de un autobús de línea que salía a días alternos.

Sin tiempo que perder, compramos dos billetes y salimos rumbo a las montañas al día siguiente. Como no podía ser de otra manera, tampoco fue un trayecto fácil: trescientos cincuenta kilómetros por una carretera bacheada de doble sentido que al llegar a la sierra se transformó en una sucesión encadenada de puertos de montaña con subidas agónicas, descensos espeluznantes y un sinfín de curvas. Heather y yo, como buenos forasteros, fuimos los únicos viajeros que sufrimos las consecuencias de la cinetosis, con mareos, vómitos y sensación de muerte inminente, lo que llevó al conductor a tener que parar el autobús hasta en tres ocasiones entre las chanzas del resto de pasajeros, todos acostumbrados a los rigores del trayecto, que nos miraban curiosos y divertidos.  

Después de doce horas, llegamos a una población de calles empinadas y casas dispersas rodeada por un tupido bosque de coníferas que desprendía un intenso olor a madera y resina. Recuerdo al bajarme del autobús el aire fresco en la cara, que me hizo revivir, y el sol radiante en medio de un cielo azul celeste, rotundo y perfecto, en el que no parecía haber lugar para una sola nube. Nos dirigimos a un edificio de tres plantas con un escudo y unas banderas en su fachada: era la sede del gobernador de la provincia. Preguntamos a unos cuantos militares que charlaban animadamente en la puerta por el contenido del libro verde. Se quedaron mirándolo con gesto serio, hasta que uno de ellos, el que parecía más mayor, dijo con aire despectivo – “Bukhari” – y nos indicó en un inglés muy rudimentario que los miembros de la etnia que lo hablaba murieron en su gran mayoría durante la conquista de las montañas, y que solo quedaba algún anciano capaz de entenderlo. Nos pidió que le acompañáramos hasta una pequeña casa en cuyo jardín delantero había un hombre de piel curtida y pelo blanco y ralo dormitando bajo un árbol. –“Es Naim, el viejo cartero. Él lo entiende” – subrayó. A continuación, se acercó a él y le desperezó con un pescozón mientras le mostraba el libro. El viejo se despertó bruscamente y se quedó con la mirada puesta en él durante unos largos segundos, como reconociendo a un viejo amigo y recreándose en cada uno de sus matices. Acto seguido comenzó a reírse con gusto y le dijo algo al militar. – “Dice que es un libro de canciones que tenían en el colegio cuando era niño”, nos tradujo. – “Estas canciones me recuerdan a mi madre”–, dijo mientras entonaba una de ellas. Le pedí permiso para grabar su voz y cantó abstraído, como si hubiera establecido una conexión milagrosa e inesperada con un tiempo perdido. Cuando terminó la interpretación de seis canciones, abrió los ojos y una lagrima ovalada y brillante se resbaló por su mejilla izquierda dejando una estela blanca. A continuación, le enseñé la carta y las palabras de aquel idioma perdido volvieron a escucharse, cortas y resonantes, como los latidos del corazón, mientras le desvelaba su contenido al militar y éste a nosotros en inglés, dándonos un mensaje que nos conmovió a todos.

Regresamos dos días después a la capital tras disfrutar de la humilde hospitalidad de Naim, que convirtió su pequeña vivienda en un refugio acogedor y familiar. Y es que, al margen de su aire sanador, de su sol blanco y suave y de su cielo palpable, si algo conservo de aquel lugar es la lección impagable de generosidad que nos dio el viejo cartero y que he tenido como referente para el resto de mi vida.

Con la sensación del deber cumplido llegamos a casa y al día siguiente fui a ver a Manuela. Le había traducido la carta en una cuartilla que dispuse junto a la original y se la entregué con el libro verde. Manuela tenía aspecto de agotada, su cara y sus piernas estaban hinchadas y parecía respirar con dificultad, pero al abrir el libro y ver la carta traducida su rostro recobró la vitalidad y me dirigió una mirada de agradecimiento que no necesitaba palabras. Me cogió muy fuerte la mano y me pidió que se la leyera:   

 

Querida hijita,

Tu madre y yo te escribimos para decirte todo aquello que hubiéramos querido expresarte a lo largo de toda una vida. Lo hacemos cuando aún no sabes leer, pero estamos seguros que, gracias a tus ojos vivos y a tu mente curiosa, no tardarás en aprender, tal vez en algún lugar lejano cuando ya estés a salvo.

Recuerda siempre dar más de lo que recibes, pues esa es la ley de nuestro pueblo. Actúa con bondad, pues no hay mejor salvoconducto para recorrer el mundo. Y sobre todas las cosas, da cada día lo mejor de ti misma, porque la vida es demasiado preciosa para dejarla pasar de cualquier manera. Esperamos que tengas muchos sueños y que buena parte de ellos los hagas realidad, pero recuerda que los sueños imposibles también son importantes, pues alimentan nuestra fantasía.

Aunque con cuatro años no te acordarás con detalle de nosotros, seguro que conservarás recuerdos de las excursiones que hacíamos al bosque, donde la luz de la mañana se filtraba entre las ramas de los árboles y volvía tus cabellos dorados. Tal vez cantes alguna de las nanas con las que tu madre te dormía y que tanto te gustaban. Y no sé si te acordarás de lo mucho que te reías cuando te columpiaba con mis brazos. Por eso, aunque no nos veas, debes saber que siempre que revivas alguno de estos momentos estaremos contigo.

Es muy difícil despedirnos de ti cuando apenas has iniciado tu vida, pero estamos seguros que dejarás huella en aquellos que van a conocerte a lo largo de ella, y eso nos convierte en unos padres orgullosos y felices. El ejército invencible que nos acecha acabará con nuestra vida, pero de ninguna manera apagará nuestro amor hacia ti, que nos sobrevivirá.

Recibe de tus padres besos para siempre allí donde estés.

 

Cuando terminé de leer, Manuela tenía los ojos cerrados y su boca lucía una de esas sonrisas que dibujan los niños en los soles, radiantes e infinitas, donde parece no caber un ápice más de felicidad. De pronto, comenzó a tararear una de las melodías que grabé al viejo Naim en las montañas de Kukushmin, y así permanecimos un tiempo hasta que su voz tibia se apagó, su mano generosa se soltó de la mía y su sonrisa se evaporó hacia algún lugar donde pervivir. 

 

 

Publicado la semana 26. 03/07/2021
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