25
Enrique Palomo

Un banco en el paseo

UN BANCO EN EL PASEO

 

Al despertar a las cuatro de la madrugada de aquel día me dije “Hoy va a suceder algo extraordinario”, y comencé de inmediato con mi quehacer cotidiano: elaborar el pan de la tahona en la que llevaba trabajando quince años. Así, a las ocho abrí la tienda y allí estaban dispuestos todos los bollos en filas meticulosas, crujientes por fuera, tiernos por dentro, dorados a la vista y con un aroma tentador y pecaminoso.

Miré los cuadros de la entrada, en los que se recogían las efemérides de los sesenta y ocho años del comercio: don Sacramento en el centro, el primer maestro panadero el día de la inauguración, en torno a él los diplomas de cuatro premios en otros tantos certámenes regionales de repostería y, más abajo, las tres tablillas que recordaban los tres únicos días en los que la panadería no había abierto desde su inauguración, como si fueran tres reliquias venerables de un museo: “14 de diciembre de 1988. Cerrado por huelga general en atención a la capacidad de persuasión de nuestro sindicato”, “11 de septiembre de 2001. Cerrado por orden de la autoridad tras incendio en la casa colindante” y “11 de marzo de 2004. Cerrado por defunción de nuestro querido don Sacramento”. Lo cierto es que al contemplar la disposición de los cuadros quedaba un hueco, abajo en el centro, para otro acontecimiento digno de ser recogido, y aquel era el día.

Comenzaron a entrar los clientes, todos conocidos del pueblo de Villa Marinera, con sus encargos habituales. Con cada despacho llegaban las conversaciones, rutinarias y cordiales, pero también reiterativas y perfectamente prescindibles: sobre la previsión del tiempo, la subida de los precios, las obras de la plaza, la cosecha del año, lo brava que se había levantado la mar o el menú previsto en casa para aquel día.

Miraba el reloj esperando las doce del mediodía y el tiempo se pasaba lento. Intentaba hacer ver que se trataba de un día más, pero una expectativa sin límites me oprimía el pecho, me aceleraba el ritmo cardiaco, me resecaba la boca y removía mis entrañas.

Hacia las doce, la puerta se abrió y apareció ella. Se situó al final de la cola, que en ese momento formaban cuatro personas, y a la que de inmediato se incorporaron más. Cuando le llegó su turno me miró con sus ojos atrevidos e ingenuos, que parecían dispuestos a hechizar pero también a ser conquistados, y me pidió lo de siempre con su voz cortés y cálida: “Una barra pequeña, por favor”. Yo intenté lucir la mejor cara que puede poner un pobre solitario y elegí, como cada día desde hacía tres meses y diecisiete días, el bollo pequeño de pan que mi experiencia dictó como más delicioso, entregándoselo como si se tratara de una joya de compromiso. La chica por su parte siempre se despedía de la misma manera, con una sonrisa que no era sino una caricia y tras la que no podía desearse nada más salvo perderse en ella.

Cuando salió por la puerta se sentó en el banco de enfrente y abrió su libro. Entonces comencé a disfrutar del mejor momento del día: no todos los mortales pueden contemplar durante media hora larga a una diosa. A partir de ese momento tuve que aguantar las miradas escrutadoras de las clientas, que murmullaban a mis espaldas aprobando o censurando mis anhelos, pero no había precio por poder extasiarme ante su perfil distinguido y delicado, con el mar gris y fiero de fondo, el verdor del Paseo del Espigón a sus pies y los castaños moviendo sus ramas bajo el dictado del viento del norte. Se trataba de un paisaje de postal que tenía el privilegio de admirar cada día desde mi escaparate, pero del que solo era consciente cuando ella se había ido, como le sucede al cielo estrellado cuando es eclipsado por el sol.

Pero no solo era contemplarla sino ser correspondido: ¿puede haber una ilusión más radiante que ver cómo ella me miraba con frecuencia, sin reparo alguno y con una media sonrisa que parecía ser de otro mundo? De hecho, ¿por qué siempre se sentaba en el mismo banco, mirando hacia la panadería en vez de dirigir su mirada a las magníficas vistas del paseo? Y, sobre todo, no paraba de preguntarme ¿era solo coquetería o también había en ella deseo?  

En verdad, me daba miedo estar prendado de quien no conocía, y es que, entre tanta clientela a la hora en que me visitaba, no había podido decirle nada de todo aquello que había pensado en mis largas noches de sueños despiertos y soledad. Ni siquiera sabía su nombre, aunque disfrutaba conjeturando cuál sería, y siempre terminaba decantándome por alguno de los que más me gustaban; estaba seguro de que alguien como ella solo podía tener un nombre bonito. Tampoco doña Angelines, la metomentodo más reputada de Villa Marinera sabía a ciencia cierta quién era: según sus fuentes, unos decían que era una escritora recién llegada de la capital, otros que era la nueva doctora que pasaba consulta por la tarde, y había quien decía que era la nueva socia de la gestoría de la calle Ancha. Por eso, si quería conocerla solo me quedaba cerrar el negocio y volar libre hacia ese banco del paseo: un acto inesperado para todos, tal vez alocado e imprudente, pero sin duda factible.          

Había llegado el momento. Pasadas las doce y cuarto hubo un instante en que la tienda se quedó vacía, cogí la tablilla, la colgué en la puerta y salí con tanta decisión como temor, y es que la esperanza en la victoria siempre lleva consigo el abismo de la derrota.

Cuando salía por la puerta me encontré de cara con dos clientas:

- “¿Cierras tan pronto?”- me interrumpieron.

- “Hoy sí. Es que tengo algo que hacer” – respondí sin prestarles atención.

- “¿Y nos quedamos entonces sin pan?” – protestaron.

- “Podéis comprar pan de molde en el supermercado. Tiene muchas vitaminas y es rico en hierro y cinc” – concluí mientras me zafaba de ellas.

- “Pues podías habernos avisado que cerrabas antes. Así no se hacen las cosas” – me replicaron. Pero su queja me fue indiferente. Para entonces ya la estaba mirando sin ningún obstáculo delante, y se presentó ante mí más hermosa que nunca, seductora e hipnótica, pero también frágil y ligera; tanto, que parecía que fuera a volatilizarse, como esos sueños felices que desaparecen dolorosamente al despertar.

A menos de diez metros de ella supe que ya no había vuelta atrás y mis pasos continuaron decididos. Aún mantenía la vista en el libro, pero en unos instantes me miraría y me dirigiría a ella. Entonces saldría a la luz el inicio de conversación que había estado ensayando conmigo mismo: una fórmula de cortesía que esperaba diera lugar a un diálogo que no se terminara nunca.

– “Buenos días de nuevo” – dije con una voz que me pareció trémula.

La chica me miró, pero no dio la impresión de estar sorprendida; es más, parecía como si me hubiese estado esperando.

– “Buenos días de nuevo Roberto” – me respondió amable – “¿Ya vas a cerrar la tienda?” – quiso saber mientras esbozaba una sonrisa tan divertida como astuta.

Me quedé mirándola sin saber qué decir; en realidad, ella parecía saber la respuesta mejor que yo. Creo que estuve en silencio toda una eternidad, aunque solo fueron unos segundos. Sus ojos me contemplaban inmensos, todos para mí, iluminados por la luz briosa del mediodía y percibí mejor que nunca su marrón profundo y elocuente, que parecía empujarme a dar la contestación deseada.

– “He colgado una tablilla en la puerta indicando la razón por la que he cerrado” – respondí como pude, mientras mi corazón galopaba entre mi pecho y mi garganta. – “Desde aquí puedes verla” – señalé para que descubriera por sí misma el contenido.

Entonces la chica sonrió aún más, sus ojos refulgieron como nunca y una risa de niña se escapó de su boca cautivadora. Se incorporó ligeramente del banco y miró hacia la puerta, donde un grupo de mujeres se arremolinaban entre cuchicheos al pie de las escaleras que daban acceso a la tahona. La inscripción de la tablilla lucía llamativa, con sus letras de color rojo vivo, y se veía desde el banco del paseo. Cuando la chica la leyó me volvió a mirar, pero esta vez lo hizo con aire solemne, dejando entrever una mezcla que me pareció de emoción y alegría. Se volvió a sentar en el banco, se recostó y cruzó las piernas para embrujarme definitivamente, como si se tratara de un gesto que activara un conjuro mágico. Nos volvimos a mirar en silencio: yo esperaba una respuesta y ella parecía estar buscando las palabras adecuadas.

 – “Supongo que te apetecerá sentarte” – me dijo mientras cogía el libro y la carpeta que estaban a su lado para hacerme sitio. – “Te estaba esperando desde hace tres meses y diecisiete días. Cuando se unen el deseo y la perseverancia solo queda que llegue el día en que todo se haga realidad” – continuó mientras me enseñaba la carpeta, en cuyo exterior estaba escrito “Reservado para Roberto”.

Me senté a su lado, como no podía ser de otra manera, y ya no nos movimos de allí, aunque visitamos multitud de lugares, aunque cumplimos muchos sueños y sufrimos unas cuantas decepciones, aunque vivimos hasta perder la salud de aquel día y envejecer; siempre estuvimos en aquel banco, donde no había nada más que esperar y donde parecía confluir el mundo. Y allí pasé el resto de mis días, admirando a pesar del paso del tiempo su cara de sol y miel mientras su pelo, que era la vida misma, se revolvía aventurero ante el rigor del viento del mar.

Y como recuerdo de aquel día extraordinario, que en realidad fue toda una vida, quedó colgada una tablilla a la entrada de la panadería, abajo en el centro, donde ponía “6 de noviembre de 2010. Cerrado por amor”.    

    

        

Publicado la semana 25. 25/06/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
25
Ranking
0 119 0