22
Enrique Palomo

Al acecho

AL ACECHO

 

Era casi de noche. Una franja insignificante de claridad resistía a duras penas por el oeste mientras el resto del cielo se mostraba plomizo, sin un lugar para la luna. Se nos había hecho tarde y aún no habíamos llegado a casa: delante, mi padre acompañaba a pie al ganado y detrás iba yo, un niño de ocho años, montado en una mulilla achacosa que teníamos.  Recorríamos el camino de la presa vieja que comunicaba el prado donde pastaban nuestras vacas con el pueblo. Todo estaba oscuro y regresábamos a casa sin apenas referencias visuales, guiados tan solo por la intuición de nuestra experiencia. Los arbustos del monte jalonaban nuestro paso sirviendo de guarida para mis pensamientos más terroríficos y las copas de los árboles se agitaban inquietantes por el viento vigoroso de finales de otoño como si fueran almas en pena. En el cielo anochecido se distinguía el vuelo aún más oscuro de las aves noctámbulas y el bosque nos arrojaba sonidos que eran más extraños que nunca y que nos empujaban a llegar cuanto antes al calor protector de nuestro hogar.        

Me pareció que las terneras estaban más inquietas que de costumbre: en vez de transitar con sus pasos pacíficos y medidos, daban acelerones y repullos. Mi padre, pensando que yo estaba dándoles con una vara con la que estaba jugando, me regañó, pero en verdad yo no estaba haciendo nada.

Al poco, noté que la mula se movía con una rapidez inusual, como si intentara escapar de algo, incluso daba coces, y eso me pareció aún más insólito; era como si, por alguna razón, aquel animal viejo hubiese recuperado todo el brío perdido con los años. Mi padre se giró hacia mí y volvió a reprenderme, pero yo me defendí: no estaba azuzándola.

Mi padre se detuvo un momento e intentó percibir alguna señal que le indicara qué estaba sucediendo: miró a su alrededor intentando descubrir una amenaza entre la negrura y se llevó las manos a los oídos en busca de indicios. Yo le imité; como si mis sentidos pudieran superar en pericia a los de mi padre. De inmediato, escuché algo así como un gruñido bajo mis pies y mi mula volvió a sacudirse con violencia. Llamé a mi padre señalándole debajo de mí. Le faltó tiempo para coger las ramas de un arbusto y prenderlas con su mechero para hacerse una antorcha. Acto seguido se acercó donde yo estaba y dirigió el fuego hacia las patas del animal para averiguar qué sucedía… Entonces, iluminado por el vivo resplandor oscilante y anaranjado, pude ver el horror en el rostro de mi padre al tiempo que dio un grito desgarrador. Recuerdo cómo me impresionó ver su gesto desencajado; él que parecía invulnerable. Al instante, y espoleado por esa tendencia humana a contemplarlo todo, incluso aquello que no conviene, miré a los pies de la mulilla y vi a una manada de cuatro o cinco lobos intentando morder sus patas: el ruido seco de los ataques se intercalaba con las patadas de la mula, y la sangre asomaba, tanto por las patas de una como por los hocicos de los otros, como no podía ser menos al tratarse de un combate a muerte.

Ante la amenaza de la lumbre, los lobos recularon, pero se mostraban desafiantes, gruñendo y amenazando con sus colmillos a mi padre, que agitaba la antorcha intentando espantarles. De pronto, uno de los lobos dio un salto portentoso para llegar hasta él. Mi padre, en un alarde de valentía y habilidad, le aplicó las ramas ardiendo en su cara con lo que el lobo lanzó un aullido espeluznante y se alejó convertido en una bola de fuego junto al resto de la manada, que desapareció en la espesura del bosque hasta que todo volvió a quedarse oscuro y silencioso, como si nada hubiese sucedido.

Mi padre, sin mirarse siquiera, me examinó para comprobar que estaba bien e hizo un rápido balance de los daños entre los animales. Luego se tomó unos segundos para recuperar el resuello y, por fin, retomamos el camino con diligencia.

- <<Con todas estas cosas, ya nos hemos entretenido demasiado>> - dijo como quitando importancia al episodio. Al fin y al cabo, ¿a quién no le ha atacado al menos una vez un lobo de noche?

- <<¿Vivirá la mula?>> - quise saber.

- <<No le queda otra. Aquí solo se muere uno cuando ya no queda más remedio… y esta mula todavía camina>> - contestó con dureza.

Cuando pasado un rato vi aparecer las luces tristes y soñolientas de mi pueblo, comprendí que todo había pasado y, aliviado, le confesé a mi padre:

- <<He pasado más miedo que nunca>> -.

A lo que él me respondió:

- <<A los de nuestra condición no nos está permitido mostrar miedo por estas cosas. Elegir a qué se teme y alardear de ello es un lujo destinado a unos pocos; al resto solo nos queda aferrarnos a nuestra vida cotidiana y rogar porque no se rompa la rutina. Y cuando lleguemos a casa duerme rápido… Mañana será otro día con Dios sabe qué calamidades>> -.

        

Publicado la semana 22. 06/06/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
22
Ranking
0 88 0