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Enrique Palomo

El navegador

EL NAVEGADOR

 

Cogí el coche para ir a visitar a mi prima a su casa nueva. Desde mi jubilación me resistía a utilizar mi vehículo para desplazamientos que no fueran habituales, pero el lugar apartado que había elegido mi prima para pasar sus años de retiro hacía necesario retomar mi faceta de conductora intrépida. En esta ocasión contaba además con la ayuda de un navegador que, incorporado a mi utilitario como un lazarillo a un ciego, prometía guiarme por el laberinto de desvíos, circunvalaciones, rotondas y salidas. Y es que siempre he sido una conductora con una extraña combinación de despiste, despreocupación, torpeza y en ocasiones arrojo, con lo que mis sobrinos pensaron que un navegador podría ser un buen regalo para celebrar no solo mi cumpleaños, sino también el de los demás conductores. Lo cierto es que ya tenía la edad suficiente como para ver en los ingenios tecnológicos a un intruso incomprensible y amenazador en vez de a un asistente eficaz y sofisticado.    

Aun así, nunca me he dejado llevar por mis temores y mis complejos, de modo que me puse en camino con mis mejores galas al tiempo que iba acompañada por una de mis irresistibles tartas de manzana. Por delante tenía un camino de cuarenta y cuatro kilómetros y un tiempo estimado de treinta y cinco minutos de trayecto… Al menos eso señaló el navegador con la dirección que le puse.

Obedecía con fe ciega las indicaciones del navegador, que al principio me pareció una voz amiga. El camino transcurría sin incidencias, como un trámite con el que entretenerme, hasta que me adentré en la parte del trayecto por el que nunca había conducido. Entonces debí cometer algún error porque el navegador comenzó a decir “Dé la vuelta tan pronto como le sea posible”, y yo le obedecí: giré ciento ochenta grados, tomé las calles que me indicó y me dirigí por la carretera que salió a mi paso… Prefería no mirar las indicaciones de la carretera, porque ¿qué me podían aportar llevando conmigo todo un navegador? Tampoco miré el reloj, al fin y al cabo ¿qué importaba la hora cuando de lo que se trataba era de seguir las órdenes sabias e irrefutables del navegador? Aun así, hubo un momento, no sabría precisar cuándo llegó, en que tuve la sensación de no estar en el lugar adecuado y de llevar conduciendo mucho más tiempo del que podía haber imaginado al comenzar mi trayecto.

De pronto, como si se tratara de la visión de un sueño, tan idílica como lejana y tan perturbadora como atrayente, pude ver cómo el mar aparecía a la izquierda de la carretera. ¿Cómo era posible, si la costa estaba a varias horas de viaje desde mi ciudad? Si mi prima no se había ido a vivir a ningún lugar con mar, ¿era todo aquello una broma pesada? Miré a mi alrededor y todo cuanto vi me resultó extraño. ¿Dónde estaba realmente? Sin embargo, el navegador seguía marcándome un camino cuyo final estaba a apenas cinco kilómetros. Desorientada, en aquel momento decidí que la mejor solución era llegar al destino que marcaba.

Conforme avanzaba, miraba la distancia que me separaba de mi meta con una expectación sin límites, como la cuenta atrás para el inicio de la más formidable de las aventuras, y mientras, mi coche ascendía por unas colinas boscosas que bordeaban el litoral. En un instante, el bosque se abrió en un claro que conformaba un mirador amplio desde donde poder contemplar las magníficas vistas de la costa verde y del mar gris golpeando las rocas de los acantilados abruptos. Una casa de dos plantas, pequeña pero coqueta, de fachada impoluta, tejado brillante y ventanas floreadas, era mi destino. Me bajé del coche con mi tarta y me dirigí a aquella casa sin saber a ciencia cierta si en ella estaría mi prima.

Al tocar la puerta, de color rojo intenso, noté que se abría y un hombre apareció ante mí: tenía más o menos mi edad, pero lo que más me llamó la atención fue su gesto bondadoso, su sonrisa afable y su mirada risueña. Por eso, al instante de verle deseé hablar con él durante horas sin saber lo que contarle ni lo que él podría decirme; qué importaba eso. Mi presencia no pareció extrañarle; es más, tuve la sensación de que me estaba esperando. Entonces noté que me ruborizaba y le dije pensando marcharme

– Disculpe, venía a casa de Carlota Ramírez, es mi prima… Pero creo que me he equivocado… El navegador me ha traído a otra dirección.

– Lo siento, no conozco a ninguna Carlota Ramírez que viva por aquí… ¡Qué casualidad!, precisamente hoy había invitado a comer a un viejo amigo de la infancia, pero acaba de avisarme que no cree que llegue; también se ha perdido con el navegador y está dando vueltas a más de cien kilómetros de aquí.

– Si es que nuestra generación se ha bastado con un buen mapa y con las indicaciones de los lugareños para llegar a los destinos.

– Tiene razón; y no nos ha ido nada mal... Sin embargo, estos dispositivos han suplantado nuestra experiencia y han anulado nuestra intuición.  

– A mí me parece que están convirtiendo nuestro mundo en un lugar extraño para nosotros.

– En efecto; tendremos que actualizarnos.

– En cualquier caso, me alegro de haberle conocido; pocas veces una cadena de errores fue tan gratificante. Ya me voy y le dejo tranquilo.  

– ¡De ninguna manera! Por nada del mundo dejaría irse de mi casa a alguien como usted, y sobre todo con una tarta como esa. Si le parece, yo le invito a probar mis pimientos rellenos y usted pone el postre.

– Acepto encantada. Le aseguro que en esta tarta está recogida mi mejor versión.

– No tengo ninguna duda que se tratará de un plato inconmensurable. Pase por favor, está en su casa. 

 

 

 

         

 

Publicado la semana 21. 30/05/2021
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