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Enrique Palomo

El niño y el géiser

EL NIÑO Y EL GÉISER

 

El mar queda demasiado lejos para muchos, y ese era el caso de aquel niño. Vivía en un área remota situada en un altiplano, a centenares de kilómetros de cualquier punto que pudiera considerarse de interés para su visita, de modo que, allí donde su vista alcanzaba, solo había esa tierra de color oscuro tan característica de la isla. Pero no hay lugar, por alejado que esté, al que no lleguen los sueños y el del niño era poder visitar el mar. Se lo pedía a sus padres cada verano, pero los ingresos modestos de su familia solo daban para subsistir sin lugar para ningún capricho, con lo que su deseo pronto se convirtió en una fantasía con la que alimentar las largas noches silenciosas y monótonas.

Recordaba aquellas explicaciones del maestro en la escuela en las que afirmaba que si se excavara un agujero de quinientos metros podría llegarse a encontrar el agua del océano que había bajo la isla. La obsesión del niño con esa idea hizo que un día de verano comenzara a cavar un hoyo delante de su casa. Empleó lo único que tenía: una pala de juguete con la que otros niños solían hacer castillos de arena en la playa. En verdad la tierra volcánica se removía con dificultad sin otras herramientas a su alcance, pero su perseverancia hizo de las rocas granos de arena y así el hoyo se fue agrandando con el paso de los días.

Cuando todos le preguntaban qué estaba haciendo y el niño les respondía <<Buscar el mar>>, unos se burlaban de lo que consideraron una extravagancia y el resto sentían lástima de su ingenuidad, pero nadie le persuadía para que abandonara la excavación; y es que, para bien y para mal, los proyectos irrealizables también forman parte de nuestra vida. Lo cierto es que, tomando como referencia la distancia de quinientos metros, el niño calculó que, avanzando al menos un metro y medio cada día, daría con el mar antes del siguiente verano.

Una mañana el niño se despertó sobresaltado. A pesar de no haber dado aún las nueve de la mañana se escuchaba un trasiego inusual en la calle. Cuando se asomó pudo ver que un grupo de excavadoras y camiones se hallaban aparcados en el terreno de enfrente. Decenas de operarios se disponían en torno a las máquinas: unos daban órdenes, otros las recibían, unos pocos consultaban los planos y la mayoría cargaban materiales… y en el centro el agujero, como si se tratase de un hallazgo enigmático para iniciar una investigación apasionante. El niño pensó que, incitados por su genial idea, aquellos hombres iban a realizar una perforación que traería el mar a su casa, pero su padre arruinó su hipótesis, como casi siempre suelen hacer los mayores con las teorías de los niños: en realidad, estaban construyendo una autovía que atravesara la isla de norte a sur.

El niño sintió el desencanto propio de los que ven derrumbarse su sueño: aquella explanada era en su opinión la propicia para excavar en busca del mar… e iba a ser sepultada por capas de asfalto. Desde su casa el niño miraba su agujero y le pareció un pobre animal pequeño, asustado y solitario que pronto quedaría oculto por la flamante autopista de modo que nadie más sabría de él.

Pero, como bien es conocido, hasta las situaciones perfectamente planificadas pueden tener un final imprevisible, y así sucedió en este caso. La excavadora comenzó a quitar tierra para allanar la superficie y, en un momento, comenzó a salir vapor de la tierra. Al principio solo apareció en el hoyo del niño, pero poco después comenzó a emanar de otros puntos aumentando progresivamente. De este modo, se decidió suspender la obra entre expresiones de asombro, incredulidad e incomprensión de los técnicos: ninguno de los informes geológicos había contemplado la posibilidad de que hubiera un géiser en el trayecto de la carretera

Apenas transcurrieron dos horas cuando, de repente, como la mecha encendida desencadena una traca, un chorro de agua caliente surgió de la tierra y se dirigió hacia el cielo como un proyectil. Cuando cedió su impulso, apareció otro a unos veinte metros, y a los pocos segundos otro más, y luego otro y otro. El niño, impresionado por lo que consideró un espectáculo sin igual, iba corriendo y saltando de un lado a otro, adivinando la altura que alcanzaría el chorro, demasiado alta para poder ser apreciada por sus ojillos inquietos.

La noticia del descubrimiento llenó la zona de vulcanólogos, que reconocieron que las características del géiser le hacían único, con lo que en poco tiempo se llenó de turistas de todo el mundo y de esa forma la región prosperó al amparo de hoteles, restaurantes y comercios. Como tantos otros el padre del niño consiguió un empleo estable, con lo que toda la familia pudo viajar a la costa al verano siguiente. <<Era cierto, mi excavación conducía hasta el océano>>, se dijo el niño cuando lo tuvo, por fin, ante sus ojos.     

 

Publicado la semana 20. 23/05/2021
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