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Enrique Palomo

Vida de un libro

Era una de las obras cumbre de su autor, todo un clásico, y sus trescientas cuarenta y cinco páginas contenían una historia que hablaba de amor y libertad: lectura de cabecera para unos y libro prohibido para otros. Salió de la imprenta impoluto, con ese olor perturbadoramente sugerente que solo tienen los libros nuevos. Estaba encuadernado en piel roja con letras doradas, resultando ser el número cuatrocientos setenta y siete de la denominada “Colección definitiva de clásicos universales”.

Se puso a la venta en la Librería Antigua, la más grande de la ciudad, junto a una muestra de la citada colección. El segundo día que estaba expuesto entró en la librería un hombre con una conducta diferente a lo habitual: en vez de caminar con tranquilidad por los estrechos pasillos de la tienda, ojeando diferentes títulos antes de elegir, observaba las diferentes estanterías precipitadamente. Se acercó al dependiente señalando el lugar donde se situaban unos cien volúmenes de la colección de clásicos.

– “Me llevo todos esos de ahí” – dijo.

– “¿Se refiere a la Colección definitiva de clásicos universales?” – preguntó el empleado. – “La colección completa son quinientos tomos, ¿cuáles le interesan?” – quiso saber.

– “¿Cree usted que quedarán bien en una librería de roble?” – preguntó ante la sorpresa del dependiente.

– “Sin duda, tienen una encuadernación muy elegante. Quedarán a la perfección” – señaló.

– “Entonces, compraré los quinientos” – afirmó el hombre ante la mirada encantada del dependiente, que acababa de hacer el agosto. – “Llévenlos a la nueva casa del señor Nicanor García” – aclaró el hombre mientras sacaba un fajo de billetes de su bolsillo.

Así, la colección completa fue llevada hasta “Villa ensoñaciones”, la esplendorosa mansión de un antiguo peón de albañil que acabó haciéndose multimillonario como constructor. La biblioteca era una estancia de casi doscientos metros cuadrados decorada al estilo inglés y en cuyas estanterías de roble se disponían más de cinco mil volúmenes. Nuestro libro fue situado en un lugar preeminente para que luciera su lujosa encuadernación junto al resto de la colección.

Cuando Nicanor García se trasladó a su flamante vivienda pasaba largas horas en la biblioteca. Era el lugar donde discutía de negocios con sus socios, donde firmaba en secreto turbios contratos y donde culminaba sus legendarias fiestas seduciendo a chicas que podían ser sus nietas. Allí los miles de libros solo eran un decorado con el que Nicanor pretendía aparentar lo que no tenía, convirtiéndose en testigos mudos de sobornos, amenazas, palabras soeces y acosos.

Pasaron algunos años y al bueno de Nicanor García le acusaron de varios delitos de corrupción y acoso sexual. Fue condenado y contrajo una deuda colosal, con lo que “Villa ensoñaciones” fue expropiada para saldarla. De este modo nuestro libro, todavía sin abrir, fue adquirido como los demás a precio de saldo por los comerciantes de la calle Libreros, y allí fue puesto de nuevo a la venta.

Una mañana de domingo un hombre joven, que iba mirando despreocupadamente los escaparates de la calle, se paró delante de la librería donde nuestro libro estaba expuesto y se fijó en él. Había oído hablar de esa historia que en su lejano país había sido censurada y que ahora se mostrada ante sus ojos como una tentación irrenunciable. Entró a la tienda poseído por un impulso tempestuoso y lo compró. Se trataba de un joven diplomático que estaba en la ciudad por motivos de trabajo y en dos días regresaba a su país de origen, así que comenzó a leer el libro de forma compulsiva para terminarlo antes de su partida y no tener que regresar con un material que podía comprometerlo. Lo cierto es que la historia le resultó tan cautivadora, que decidió meterlo en su equipaje para enseñárselo a su familia y amigos; y es que según pensó: “Una historia de amor y libertad es más necesaria si cabe en un país como el mío, donde se ha dispuesto la opinión única para todos los ámbitos de la vida”.

Viajó al lejano país oculto en el doble fondo de una maleta, a salvo del registro que le esperaba al llegar a la aduana. Una vez en la casa de su dueño fue colocado en un hueco debajo de una baldosa, apilado junto a otros libros prohibidos. Allí el hombre se lo enseñaba a sus personas de confianza como el tesoro encontrado en su último viaje, de forma que una o dos veces por semana organizada veladas donde leía en voz baja fragmentos de la obra a sus anfitriones, que escuchaban cada pasaje tan emocionados como temerosos.

Pasaron algunas semanas hasta que una noche cualquiera se presentaron en casa del hombre un grupo de policías convenientemente armados. Entre gritos e insultos detuvieron al diplomático y registraron todos los rincones de la vivienda, de forma que encontraron bajo el suelo la colección de libros prohibidos, que arrojaron por la ventana a la plaza donde daba la casa y que se encontraba repleta de muchos otros libros.

La gente comenzaba a llegar a la plaza expectante: no todos los días se asistía a la destrucción de tantas obras prohibidas. En un momento dado, uno de los policías arrojó un artefacto incendiario sobre el montón de libros y éstos comenzaron a arder entre el clamor rudo de los asistentes que, junto al fulgor naranja y oscilante, el olor a papel ardiendo y el crujido seco de las llamas, convirtieron aquel lugar en la antesala del infierno, o más aún, en el infierno mismo.

Un periodista extranjero había permanecido allí durante todo el acto. Estaba infiltrado en secreto, como un enfervorecido ciudadano más, aunque su intención era dar a conocer al mundo el horror de cuanto estaba presenciando. Cuando la hoguera se apagó y el público se marchó a sus casas el periodista se acercó para explorar los restos en medio de la penumbra: ante todo ceniza y en la periferia algún libro a medio quemar, aunque su lectura era imposible. Solo un libro encuadernado en piel roja con letras doradas había salido bien parado de las llamas. El periodista vio su título y comprendió por qué los policías lo habían tirado al fuego. Se lo escondió con astucia bajo su abrigo y se marchó a su hotel con paso ligero. Tenía la convicción de haber hecho algo valioso.  

Unos días después el periodista regresó a su país. En su equipaje, guarecido en un bolsillo interior y rodeado de ropa lo suficientemente sucia como para espantar al policía de turno, pasó nuevamente el control de la aduana. Cuando llegó a su destino el periodista escribió algo en su primera página y lo envolvió en papel de regalo.

Esa misma tarde quedó con su novia. Le contó cómo le había ido en su último viaje y le entregó el presente:

- “Te gustará. Fue el único que se salvó de la hoguera de los libros malditos. Y además está dedicado” -.

La chica desenvolvió el regalo y vio el libro rojo con letras doradas. Era una gran lectora y este título era desde su adolescencia uno de sus favoritos. Pero este ejemplar, con las pequeñas quemaduras en su cubierta, le pareció que representaba más que nunca la prevalencia de la libertad frente a la intolerancia. Lo abrió por su primera página y leyó en voz alta: “Si este libro ha sobrevivido al fuego nuestro amor también lo hará”. Y así, los dos se fundieron en un beso que no se sabe cuánto duró.

 

 

Publicado la semana 2. 17/01/2021
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