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Enrique Palomo

Paisaje desde el tren

PAISAJE DESDE EL TREN

 

El largo trayecto de vuelta en el Golden Loop estaba transcurriendo sin incidencias. La quietud del vagón era casi total, sin ningún movimiento que nos apercibiera de la velocidad a la que transitábamos, superior a los trescientos cincuenta kilómetros por hora. Todo estaba en silencio, olía a asepsia, el asiento era de tacto aterciopelado, mullido y reconfortante, y las persianas de las ventanillas estaban bajadas, no fuera que el sol enturbiara la calidez relajante y acogedora de la suave luz del interior. Sin embargo, yo viajaba abrumado por las repercusiones de la reunión que acaba de tener en la capital del sur y cuyos resultados inquietantes me llevaba como una carga a mi ciudad del norte.  

No quitaba la vista de mi ordenador: las bases de datos, allí donde mirara, estaban repletas de balances negativos en los resultados. Cada poco recibía un correo electrónico, que no hacía sino acumular otra mala noticia sobre el futuro de mi empresa. Los mensajes continuaban llegando a mi móvil haciéndome preguntas que solo tenían respuestas inciertas. Cerraba los ojos para pensar y encontrar una solución, aunque solo fuese parcial, o para elaborar una respuesta que pudiese resultar digerible para los miembros del consejo de administración y los trabajadores; pero todo era en vano, y solo era capaz de recordar los rostros implacables de mis interlocutores esa mañana, sus palabras secas y sus puertas cerradas con brusquedad; lo que ponía fin a la expansión de mi negocio. Se estaba evaporando mi afán de ser un empresario influyente, cuyo talento fuera reconocido más allá de las fronteras que alguna vez pude imaginar. Ya no podría repartir consejos paternalistas, sino que me tendría que conformar con recibirlos de algún triunfador que pasara a mi lado. Y, sobre todo, ya no podría repartir riqueza y quedarme yo con la mejor parte, de forma que desaparecerían de mis proyectos, como en el final de un encantamiento, mansiones, coches deportivos, yates y aviones privados.

Sin saber muy bien por qué, subí la persiana de la ventanilla: el sol de mediodía me iluminó, sumergiéndome en un calor suave que me agradó. Tras la ventana apareció una dehesa que se extendía más allá de mi vista, y que lucía el verdor flamante de los primeros días de la primavera. Miré al cielo, y tuve la sensación de no haberlo visto así de bonito desde que era niño, con el color azul de las grandes ocasiones y sus nubes sutiles como pequeñas volutas de humo. Los árboles cuajaban el paisaje al azar mostrando orgullosos sus copas frondosas al paso del Golden Loop, como lucirían unos lugareños sus mejores galas al paso de una comitiva de visitantes ilustres. Pensé que aquel lugar sería abandonado pronto por el discurrir impetuoso del tren, y por eso me quedé inmóvil, disfrutando extasiado ante la belleza sencilla e ignorada de aquel lugar solitario. ¿Cómo era posible no haber visto aquel paraje en los cientos de veces que había realizado ese trayecto? Miré a mi alrededor: los otros pasajeros tenían su mirada puesta en sus pantallas con inusitado interés, con sus ventanillas cubiertas para que nada del exterior interfiriera con sus proyecciones.

Cuando volví mi cabeza hacia la ventana y me fijé de forma aleatoria en uno de aquellos árboles de la dehesa, pude ver a un hombre sentado en su sombra. Seguía con la cabeza el paso del tren y quise pensar que me estaba mirando. Tal vez le alegraría saber que alguien le estaba correspondiendo a su mirada y que su presencia allí estaba cambiando la percepción que tenía hasta entonces de mi propia vida y de mi entorno, como una revelación prodigiosa. Y es que, aunque no debiera sacar conclusiones de una observación que apenas duró unos pocos segundos, aquel hombre me pareció satisfecho, es posible que fuera feliz; como si no deseara nada más que estar sentado bajo aquel árbol. Entonces me pregunté: ¿no sería aquella sombra un lugar mejor que mi asiento de privilegio en el tren más rápido del mundo? Y no pude dejar de desear que ojalá el tren se detuviera allí mismo, averiado sin remedio, y pudiera salir para perderme en aquel paraíso sin nombre, sin objetivos ni destino, como viaja errante una hoja caída de la rama, como vibra sin censura el canto de la vida en medio del silencio, como corre libre la brisa fresca y pura, como permanece cada átomo de la sombra reposada y como vuelan las aves en el cielo.            

   

Publicado la semana 19. 15/05/2021
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