18
Enrique Palomo

Una mañana en la dehesa

UNA MAÑANA EN LA DEHESA

El hombre caminaba por un sendero de tierra blanca y suave que se abría paso a duras penas entre el verdor intenso, donde las florecillas de colores sobresalían orgullosas y frágiles moviéndose bajo el impulso de la brisa tibia de la media mañana. El aire cargado del aroma del tomillo y el romero incitaba a expandir los pulmones para llenarlos de vida, y el cielo, plagado de nubecillas inofensivas, descubría al observador lo que es la libertad mientras mostraba las aves sumergidas en su azul infinito. Por ningún sitio se veían los segundos ni los minutos, pues aquí el tiempo solo se percibía a través de los cambios graduales de las estaciones; y es que este lugar ya era así antes de que el hombre fuera un proyecto y continuaría del mismo modo cuando ya no existiera, como si nada hubiese pasado. Y ensimismado en este pensamiento, se sentó bajo la sombra confortable de una encina para ver pasar la mañana.

Mirando alrededor no había ningún monumento ni ningún objeto codiciado y el terreno que pisaba apenas tenía valor. Solo estaba la extensa llanura salpicada de árboles y, al fondo, unas lomas sin nombre que daban continuidad a la dehesa, quien sabe hasta dónde; ojalá que fuera hasta dar la vuelta al mundo y volver al mismo sitio. Pero el hombre sabía que eso no era cierto; porque había un momento en que todo se interrumpía, aunque sus ojos no lo vieran. A su encina no llegaban noticias de las ambiciones y de las miserias que reinaban en otros lugares mucho más conocidos, pero al hombre no le importó, y se quedó extasiado ante el trinar delicado de los pajarillos.

El sol reinaba en lo más alto y su calor acogedor marcaba el límite entre la mañana y la tarde al tiempo que las sombras parecían encogerse y el color del campo pasaba del blanco al amarillo. Había llegado el momento y, por eso, el hombre fijó su mirada entre dos montecillos para ver un día más su aparición: veloz y altivo, reluciente pero no deslumbrante e implacable y vulnerable; porque no hay nada más frágil que un ingenio humano en medio de la naturaleza.

De repente, a la hora exacta que marcaba el reloj que el hombre nunca necesitó, apareció el Golden Loop, el tren más rápido del mundo, camino de la capital del norte. El hombre miró su paso frenético, con su estructura dorada, cuyo brillo metalizado resultaba extraño en medio del paisaje armonioso, como le sucede a una prenda mal combinada, y su ruido, amortiguado pero poderoso, irrumpió como un cuchillo en la mañana apacible silenciando el sonido de la vida que le rodeaba.

Las ventanillas desaparecían apenas eran vistas. Una combinación de personalidades ilustres, de prodigios embarcados en grandes empresas y de mediocres petulantes que aparentaban mucho más de lo que eran, estaban al otro lado de los cristales oscuros. El hombre pensaba que tal vez le estuvieran observando y eso le llenaba de curiosidad, pero apenas surgida su reflexión, el tren desaparecía y se quedaba un vacío confortable y tranquilizador, como el de la tempestad que se aleja.

Entonces el hombre siempre decía en voz baja: - “No sé lo que irán a ver, pero deben de tener mucha prisa como para no poder pararse a mirar todo esto” -. Y se recostaba sobre la encina escuchando el suave movimiento de sus hojas que parecían susurrar las historias de sus ramas centenarias. Y mientras, más allá de los límites de la visión del hombre, el mundo no paraba de gritar y de volverse loco.  

    

Publicado la semana 18. 07/05/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
18
Ranking
0 119 0