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Enrique Palomo

La clase de Anatomía

LA CLASE DE ANATOMÍA

Era lunes y a primera hora tenía Anatomía. No era mi asignatura preferida, pero las prácticas eran obligatorias; así que me levanté a las seis cuarenta y cinco de la mañana para estar en la facultad a las ocho en punto.

La mañana de enero era oscura y fría. La parada estaba desierta y en el autobús solo viajábamos el conductor y yo, lo cual me pareció extraño: a esa hora habitualmente viajaban estudiantes de muchas facultades para asistir a las primeras clases del día. Miré mi reloj y mi teléfono móvil y ambos coincidían: eran las siete y media del veinticuatro de enero, que era un día laborable como otro cualquiera, con lo que no encontré una explicación para lo que estaba viendo.

Conforme avanzábamos en el trayecto habitual de la línea, las calles estaban vacías y el autobús no tuvo que detenerse en ninguna de las paradas; así que llegué a la Facultad de Medicina en apenas quince minutos. 

Como no podía ser de otra manera, las puertas del edificio estaban abiertas y las luces encendidas; sin embargo, no había nadie en la conserjería y no encontré a ningún estudiante en el vestíbulo. Volví a mirar el reloj que había a la entrada y estaba a punto de marcar las ocho menos diez. Sin duda, parecía que ese lunes de enero estaba resultando más arduo de lo esperado para todos excepto para el conductor del autobús, para aquel que había abierto la facultad y para mí, que acudía aplicado y puntual a mis prácticas de Anatomía.

Sin tiempo que perder, me dirigí al departamento número dos de Anatomía caminando por los interminables pasillos de siempre, que permanecían en penumbra, solo iluminados por la luz débil de los tubos fluorescentes, que desde las alturas no paraban de parpadear. Veía sombras amenazantes en cada rincón y el eco de mis pasos me recordaba mi soledad, pero a su vez parecían otros pasos que acechaban, y por eso no paraba de girar la cabeza buscando no sé qué. 

Cuando por fin llegué al departamento vi que la puerta estaba abierta. Pasé al vestuario que había junto a la entrada para cambiarme y me fijé que había varias taquillas ocupadas, con lo que supuse que algunos de mis compañeros de clase ya habrían llegado. Por eso, cuando estuve listo, enfilé las escaleras para bajar al segundo sótano, donde estaba la sala de disección.

La sala tenía la puerta abierta y su luz eléctrica, blanca y fría, estaba encendida, por lo que decidí pasar esperándome encontrar a una buena parte de mis compañeros… pero para mi sorpresa allí no había nadie más. Las hileras de mesas y sillas estaban cuidadosamente ordenadas hasta perderse de vista al final de la sala, y en la parte delantera de la estancia se encontraban los tanques con formol para la conservación de los cadáveres y cinco mesas de disección que también estaban vacías.

Sin saber muy bien qué hacer, me coloqué en la primera fila al tiempo que un reloj de pared situado encima de la pizarra marcó las ocho en punto. Solo se oía el ruido sordo de los tubos fluorescentes consumiéndose y el olor penetrante y siniestro del formol lo envolvía todo, creando un ambiente adverso que incitaba a salir de allí con paso firme y decidido, como se sale de los lugares que se sienten hostiles. De repente, oí una voz enérgica a mis espaldas:

- “¿Solo va a venir usted a las prácticas de hoy?” – me preguntó un hombre a quien no había visto nunca y que debía de ser el profesor. Al ver que no contestaba inmediatamente se me quedó mirando con el ceño fruncido, analizándome con unos ojos penetrantes y oscuros que parecían quemar, y mostrando un gesto altivo e impasible que parecía más propio de un humanoide.

Asentí temeroso. En aquel momento solo deseaba que suspendiera la clase y que me pusiera un punto positivo para el examen. Pero no fue así, y aquel hombre estaba decidido a impartir la materia y a hacer pagar las consecuencias a todos los que no habían asistido. Por ello, sacó el listado de los alumnos y comenzó a pasar lista: de forma incomprensible e inútil, llamaba a cada estudiante por los dos apellidos y esperaba unos segundos a que contestara, como si de las mesas vacías fuera a surgir de pronto el nombrado. A continuación, tachaba con saña su nombre utilizando un rotulador grueso de color rojo y decía riéndose:

- “Otro más que falta” -. Y se mesaba su pelo entrecano mientras su tez pálida y su monumental nariz afilada parecían adquirir una extraña combinación de alegría e ira.

Cuando llegó mi turno no dijo nada, como quitándole importancia al hecho de haber sido el único alumno en acudir a las prácticas de los más de cien matriculados, y cuando por fin terminó de pasar lista me enseñó el papel, completamente teñido de rojo, y me dijo con una seriedad que heló aún más la sala:

- “Me encanta el color rojo porque es el color de las correcciones, de las descalificaciones y de las prohibiciones” -.

Y pasados unos segundos, que fueron eternos, concluyó:

- “Dígale a todos sus compañeros que están suspensos” -.

Y prosiguió sin darme tiempo a reaccionar:

- “En cuanto a usted, vamos a proseguir con el temario. Hoy vamos a estudiar la parte proximal del miembro inferior y nos centraremos por su indudable interés anatómico en el llamado triángulo de Scarpa. Explicaré en la pizarra las estructuras que lo componen como paso previo a la disección de la que usted será una parte indispensable, como no podía ser de otra manera”-

Aquello me pareció una advertencia inquietante, pero no supe reaccionar. Tenía la sensación de estar atrapado en aquella sala, presa de un conjuro que me impedía salir corriendo, como hubiera sido lo más sensato. Por eso continué en mi puesto, haciendo que comprendía los límites y las relaciones del triángulo de Scarpa, aunque en realidad el pánico me privaba de cualquier capacidad de entendimiento. 

Cuando el profesor terminó la explicación, me indicó:

- “Vaya preparándose. Iniciaremos la disección del cadáver en cuanto vuelva” – y salió de la clase.

Como me indicó, me puse mis guantes, abrí mi estuche, saqué las tijeras, las pinzas y coloqué la hoja del bisturí en el mango. Apenas terminé de disponer todo el material sobre la mesa, noté que alguien se abalanzaba sobre mí intentando sorprenderme por la espalda. El estado de alerta en que me encontraba se impuso al sopor del lunes por la mañana, y conseguí zafarme, con lo que descubrí que el atacante era el profesor. Su rostro delataba una fiereza inconcebible que aún hoy me estremece, y sobre todas las cosas recuerdo su boca abierta, con unos dientes largos y amarillentos, y su respiración jadeante, más propia de una bestia inmunda que de un docente universitario. Acto seguido, intentó agarrarme del cuello, pero yo le empujé empleando la mesa. Al alargar sus brazos hacia mí pude ver la inyección que sostenía en su mano derecha y que probablemente contendría una solución con la que dormirme de alguna manera. Lo cierto es que al ver su mano cerca de mí se la agarré, tomé mi bisturí y se lo clavé en la palma, con lo que empezó a sangrar en abundancia. Entonces, un grito que tenía lo mismo de desgarrador que de salvaje recorrió todo el departamento y puede que la facultad.

Eché a correr con todo mi ímpetu; no podía ser menos cuando se trata de sobrevivir. Sin embargo, intuía angustiado cómo el profesor hacía lo imposible por atraparme e iba recostándome la distancia a lo largo de los pasillos. Era como si mis piernas no pudieran apenas moverse mientras las suyas eran capaces de cubrir una distancia insalvable. Así, llegó un momento en que noté su aliento rudo en mi nuca y al instante recibí un impacto en la cabeza. Supongo que llegué a perder la consciencia, porque me desperté en el suelo con el profesor reteniéndome al tiempo que me inoculaba el contenido de la jeringa. Sentí de pronto un dolor terebrante en mi brazo izquierdo y su risotada incontenida me estremeció ante el convencimiento de que estaba asistiendo a mi propio asesinato. Entonces grité con todas mis fuerzas, porque nunca hay que perder la esperanza en recibir ayuda cuando se necesita. Y mientras, el profesor reía y reía cada vez más alto hasta ahogar mis súplicas de auxilio.

 

El despertador interrumpió mi pesadilla. Nunca una alarma fue tan bienvenida como en aquella ocasión, aunque fueran las seis cuarenta y cinco de una mañana de un lunes de enero. Dejé pasar unos instantes para ubicarme en tiempo y espacio y, sobre todo, para que mi corazón normalizara sus latidos desbocados. Aun así, me levanté atenazado por el pavor a que el sueño se reprodujera esa misma mañana; y es que precisamente a primera hora tenía prácticas de Anatomía.

Para mi alivio en la parada del autobús estaba el número de personas habitual y durante el trayecto fueron subiéndose grupos de estudiantes. Por su parte, la ciudad ya se había despertado y los coches circulaban fluidos por las calles, aún lejos de la hora punta y los atascos. Todo ello me reafirmó en el pensamiento racional de que una pesadilla no tiene continuidad en la vida cotidiana, con lo que traté de recobrar la serenidad y así entré en la facultad, donde los alumnos ya se dirigían a las diferentes aulas para comenzar su jornada lectiva.

Cuando entré en el departamento de Anatomía me encontré a muchos de mis compañeros de clase, con lo que experimenté una sensación de protección como nunca antes había tenido. Por eso, al entrar en la sala de disección y ver la mayoría de las mesas ocupadas, tuve el convencimiento de que simplemente me encontraba ante otra aburrida clase de Anatomía. Fui colocando mi material sobre la mesa y cuando levanté la vista vi al profesor habitual de las prácticas que se disponía a empezar la explicación:

- “Buenos días. Les anunció que las sesiones prácticas de esta semana se las impartirá el profesor Albusac, que es un afamado especialista en la Anatomía del miembro inferior” -.

Acto seguido, observé aterrorizado como el profesor de mi sueño era el mismo que entraba por la puerta, y su rictus inhumano y cruel dejó a la clase en medio de un silencio sepulcral. Permaneció quieto unos instantes mientras nos observaba con ojos retadores y de pronto comenzó a hablar con la misma voz enérgica que recordaba del sueño:

- “Antes de pasar lista les advierto que la clase de hoy será larga e intensa, así que les exijo atención máxima y respeto hacia mí. No quiero quejas, ¿estamos?” – concluyó con severidad.

Antes de proseguir, se sacó las manos de los bolsillos de su bata y pude ver la espeluznante imagen de su mano derecha vendada… ¿Cómo era posible que coincidiera exactamente con lo que sucedió en la pesadilla? ¿Era yo el responsable de su lesión o todo era una simple coincidencia? Nos la mostró y dijo:

- “He tenido un desgraciado accidente, con lo que necesito la colaboración de un voluntario para escribir en la pizarra. ¿Alguien se ofrece?” -.

Todos bajamos la vista: la mayoría mostraban recelo y desconfianza, pero a mí me atenazaba un terror asfixiante que parecía partirme en dos. En realidad quería salir corriendo, pero no lo hacía por si el profesor me alcanzaba del mismo modo que sucedió en el sueño.

De repente escuché:

- “Ya que nadie quiere salir, que venga aquí el quinto de la fila de en medio” -.

Era la fila en que estaba yo. Levanté la vista y conté cuatro alumnos por delante… todos se volvieron hacia mí con una expresión de alivio y el profesor Albusac me miró fijamente con una sonrisa siniestra y me dijo:

– “Será una parte indispensable de la clase práctica de hoy, como no podía ser de otra manera, y su generosidad será agradecida por sus compañeros”

Y no tuve más remedio que levantarme y dirigirme a la pizarra sin saber cuál sería mi destino.

 

  

        

Publicado la semana 17. 02/05/2021
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