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Enrique Palomo

El último día de Matallana

EL ÚLTIMO DÍA DE MATALLANA

Los atardeceres son acogedores cuando se está en buena compañía y están llenos de expectativas cuando se es joven, pero en la vejez y en la soledad son ante todo oscuridad y melancolía ante el día que se va y su incierto porvenir.

Así, la luz amarillenta y tibia de los últimos rayos del sol iluminaba la calle y Manuel salió para dar su paseo antes de cenar. No se molestó en cerrar la puerta del número seis de la Calle Ancha, porque nadie iba a entrar en su casa, tampoco se arregló porque no iba a encontrarse a ningún vecino, y por eso no tenía en su cabeza ningún tema con el que poder iniciar una conversación. Tan solo caminaba para hacer pasar el tiempo de una forma más llevadera, con sus recuerdos como únicos compañeros.  

Reinaba el silencio de las cosas mundanas y solo se oían las ramas de los árboles agitadas por el viento, el canto de las aves desde un lugar invisible, el crujido de la madera vieja antes de caerse y las puertas desvencijadas cerrándose de golpe ante una corriente.

Transitaba por la Calle Ancha, allí donde siempre vivió, y lo hacía mirando al suelo, esquivando los baches de un asfalto desgarrado por el tiempo, con su espalda encorvada y sus piernas castigadas, aunque todavía resistentes. En su avance por lo que fue la principal calle del pueblo observaba cada casa con detenimiento, como si fuera a encontrar alguna novedad desde su anterior paseo, esa misma mañana. Pero lo cierto es que todo seguía igual: con sus tejados agujereados o hundidos, sus fachadas descoloridas y sus puertas y ventanas bien cerradas, no fuera que se escapasen los fantasmas que habitaban entre sus paredes olvidadas. Tal vez al día siguiente hubiera algún cambio; de hecho, Manuel apostaba consigo mismo cuál sería la próxima casa en derrumbarse… y a menudo acertaba; ya eran cinco años como único habitante de Matallana viendo cómo iba desapareciendo día a día.

A su paso recordaba historias, siempre las mismas, con imprecisiones, con olvidos intencionados y con hipérboles; pero así es nuestra vida contada a los demás. Y todas esas vivencias eran ahora piedras y sombra, con él como único guardián. ¿Qué fue de las risas, de las bromas y de los juegos de su niñez?, ¿dónde quedaron?, ¿y del brío de una juventud que iba a adueñarse del mundo?

Al llegar a la plaza parecían oírse los pasodobles de las verbenas de agosto, los corrillos alegres de las mañanas de domingo, el jaleo de las partidas de bolos y los pasos encadenados de las procesiones. Sus dos robles centenarios, que acogían bajo su sombra frondosa las animadas conversaciones de los campesinos tras un día de duro trabajo, eran ahora dos espantajos contra los buenos augurios, con su tronco resquebrajado y sus ramas desnudas y fantasmagóricas. Qué callado estaba el ayuntamiento, sin ningún pregón que dar. En su balcón solo resistían tres letras de la palabra ayuntamiento: la primera a, la primera t y la o, pero mantenía enhiesto su mástil sin bandera, y Manuel siempre pensaba lo ridículo que resultaba ahí puesto, en soledad y en silencio, sin nada que sostener.

Y la iglesia de El Cristo, que todavía mantenía en pie su campanario, como un último signo de dignidad. ¿Qué habría sido de todas esas beatas que no se perdían ni un sermón de don Serafín?, ¿estarían de verdad en el cielo o habrían ido al infierno? A Manuel le gustaba entrar: desencajaba la puerta y pasaba un buen rato en la penumbra de su nave central, donde la luz penetraba por las vidrieras rotas para iluminar el crucifijo del altar, que parecía un objeto sobrenatural, recién caído del cielo. El silencio en su interior era tan intenso que retumbaba; como si el runrún de las oraciones de los fieles hubiese sido recluido en una olla a presión y quisiera salir propulsado. Sentado en uno de los bancos, contemplaba las hornacinas vacías, que en su día alojaron tallas que habían caído en manos de anticuarios, y mirando al altar desnudo recordaba el día de su comunión, el de su boda y el de los muchos funerales a los que había tenido que asistir. Y en ese momento, mientras Manuel dirigía su mirada a aquellos muros encalados y húmedos, que parecieron eternos pero que ya dejaban ver su ruina, le vino este pensamiento: qué larga, cruel y estrepitosa es la decadencia de aquellos que alguna vez fueron grandes.

Saliendo de la plaza, Manuel enfiló la cuesta de la Calle Baños hasta llegar al antiguo casino, en cuyo salón ya no jugaban la partida los más pudientes del pueblo, sino que campaban a sus anchas los zorros, los lagartos, los alacranes y las víboras. A su lado la casa donde estaba el cine Imperial ya cedió ante el paso del tiempo, y desde la calle podía verse el patio donde cada vecino acudía con su silla para ver las películas. Enfrente aún resistía la pared que soportaba la pantalla de proyección, y sobre ella parecían vislumbrarse indios y vaqueros, gánsters, soldados romanos y mujeres inalcanzables.

Siguiendo por la Calle de las Escuelas, Manuel dejaba a su derecha el colegio de niños y a su izquierda el de niñas. Cuántos conocimientos se habían quedado encerrados entre aquellas paredes llenas de desconchones que ya se estaban mudas para siempre. Sin embargo, al acercar el oído, parecía oírse la voz atiplada de don Porfirio recitando la lección y a los alumnos repitiéndola con aire sumiso e ingenuo.

Rodeando el colegio, en el punto más alto del pueblo, a Manuel le gustaba asomarse al mirador desde donde podía contemplarse el valle con el río en su seno, que seguía fluyendo como si nada hubiese cambiado en todo este tiempo: ancho y profundo, con sus aguas verdosas, sus remansos traicioneros y su fondo fangoso y voraz. En lo alto del cerro, un sendero tortuoso marcaba el camino de la Ermita de la Virgen, que ya no era más que un chozo, y desde la lejanía Manuel parecía oír los cánticos de la romería que tenía lugar cada veinticuatro de mayo. Y en la ladera del cerro, resguardado del viento de la sierra, se alzaba el camposanto: el lugar con más habitantes del pueblo. Sus piedras grises y sus cruces oxidadas ya ni siquiera tenían el recuerdo de las flores, y los matorrales habían traspasado su verja derribada para sumir definitivamente en el olvido a sus moradores. 

A punto de oscurecer Manuel llegó a su casa. No le gustaba estar fuera de noche. Alguien podría pensar que un hombre sin vecinos en treinta kilómetros a la redonda no debería temer a nadie, pero era precisamente la soledad la que le infundía todos los temores que pudieran imaginarse. Por eso, antes de meterse en su casa miró la carretera de acceso al pueblo, por el que a la mañana siguiente, como hacía cada tres días, vendría su sobrina para traerle la compra y arreglarle la casa. Era su única vía de conexión con un mundo que parecía haberse esfumado, como le sucede al náufrago que arroja al mar su último mensaje en una botella. 

De noche cerrada, el canto del grillo resonaba mágico e hipnótico, como llevaba haciendo desde que Manuel tenía conciencia y suponía el preludio ante lo que estaba por llegar; porque solo los vivos se preguntan qué será del día siguiente. Pero esa noche Manuel ya no esperaba nada más, y se durmió profundamente después de pronunciar unas oraciones que ya nadie más conocía. Y así pasó aquella noche, y al amanecer todo estaba igual en Matallana de no ser porque ya no se abrió la puerta del número seis de la Calle Ancha.      

Publicado la semana 16. 25/04/2021
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