13
Enrique Palomo

El pintor de brocha gorda

EL PINTOR DE BROCHA GORDA

 

Don Borja era un personaje de referencia en el mundo del arte. Su halago otorgaba un salvoconducto para avanzar por el camino del éxito y una mala crítica condenaba a la indiferencia del fracaso. Pero su autoridad no procedía de unos conocimientos extensos ni de la experiencia que proporciona una larga trayectoria; simplemente la había recibido en herencia. Le habían transmitido ese gen que otorga un cargo al margen de otros méritos ajenos a los apellidos y que hace que unos pocos elegidos se adelanten a aquellos que tienen más talento. De esta forma, Borjita pasó a llamarse don Borja y un niño de papá sin oficio ni beneficio se convirtió en un especialista en arte. No podía ser menos cuando sus padres eran un acaudalado aristócrata y una pintora mediocre reconvertida en famosa galerista de arte.

Aquella mañana don Borja leía detenidamente las notas del comisario de la undécima edición de la prestigiosa Feria de Nuevos Talentos. Le llamó la atención la referencia que se hacía a una pintura expuesta en la sala catorce: “Se trata de una obra de gran calidad técnica que destaca por su originalidad: simple en la forma, pero compleja en el fondo. A buen seguro resultará controvertida para el gran público y solo la mirada de un experto podrá sobrecogerse ante su desbordante sensibilidad, que en mi opinión puede suponer una nueva era en la pintura”. Con una reseña así, don Borja señaló lleno de expectación la sala catorce y aquella tarde acudió a la exposición.

Cuando todo estaba dispuesto para la apertura, los organizadores detectaron una gran mancha de humedad en la pared de la sala catorce, donde ya estaba expuesto el cuadro. Para evitar su deterioro, retiraron el lienzo cuidadosamente y llamaron a un pintor de brocha gorda para que blanqueara de nuevo la pared y de ese modo no se alterara la estética de la obra. Al instante, llegó un chico de unos veinte años con un mono blanco y tapó la mancha de humedad con presteza, de modo que la pared quedó impoluta, lista para acoger de nuevo la obra de arte cuando se secara.

Don Borja llegó a la exposición hacia las seis de la tarde. Tras departir con varios amigos, artistas y conocidos, comenzó a visitar en solitario las salas de la feria: necesitaba concentrarse para captar todos los matices de cada obra. Como no podía ser de otra manera, se dirigió a la sala que más había llamado su atención: la número catorce.

Su figura esbelta, perfectamente estilizada dentro de su impecable traje a medida, se plantó frente al lugar donde debería haber estado la obra. Se ajustó sus gafas rojas de pasta y se retiró su largo flequillo rubio como si así pudiera ver mejor lo que delante de su gesto ilustre se encontraba: pero solo veía una pared en blanco. ¿Qué clase de broma le estaban gastando?, ¿Era ésta la obra de arte de la que hablaban?, ¿Dónde estaban “la gran calidad técnica” y “la originalidad”?, ¿Suponía esta pared en blanco “una nueva era en la pintura”?.  Sin saber muy bien qué hacer se acercó a la pequeña placa que recogía el título de la obra y leyó “Epifenomenología”: un título que le pareció demasiado rimbombante para una pared en blanco. Pero cuando estaba a punto de abandonar la sala, don Borja se acordó de la referencia que se hacía a la obra, en la que se decía “solo la mirada de un experto podrá sobrecogerse ante su desbordante sensibilidad” y se preguntó: ¿Acaso conoceré lo suficiente de arte como para saber valorar el talento de este autor?, ¿No es verdad que a lo largo de los siglos han sido muchos los genios que han sido rechazados en un principio por supuestos expertos y luego han triunfado?, ¿Seré capaz de hacer yo algo así y que mi nombre quede manchado para siempre?, ¿Y si el descubrimiento de este joven valor me pudiera reportar suculentos beneficios?

Justo en ese momento, el chico vestido con el mono blanco se situó junto a él y, al ver que observaba detenidamente la pared, le preguntó:

-“¿Le gusta cómo ha quedado?, ¿Tengo que retocar algo?”.

Don Borja se giró hacia él y comprendió que era el pintor de la pared.

-“En absoluto. Me parece sublime”.

El chico, poco acostumbrado a recibir elogios de ese tipo le dijo agradecido:

-“Me alegro mucho. A mandar para lo que necesite”.

A lo que don Borja le respondió con su habitual altanería, aunque también con una cierta calidez:

-“Dame tu contacto. Tienes una gran técnica y tu propuesta artística es única. Tienes que ocupar un puesto privilegiado en el panorama actual”.

Aunque no entendió bien a que podía referirse, el pintor de brocha gorda quedó muy agradecido, ya que pensaba que le iba a contratar para alguna reforma de postín con un gran presupuesto.

Poco tiempo después el joven empezó a ser introducido por don Borja en los círculos artísticos más importantes. Al principio todos veían solo paredes en blanco, pero tras las convincentes explicaciones magistrales de don Borja comenzaron a descubrir todos los secretos de su trabajo, y pronto el pintor de brocha gorda alcanzó notoriedad en los ambientes más exclusivos. De esta forma, y sin comprender lo que le estaba sucediendo, el chico decidió seguir el curso de los acontecimientos y convertirse en lo que nunca pensó ser: un artista.   

Comenzó a recibir multitud de encargos a los que aplicaba un precio acorde a su caché creciente. Lo cierto es que, bajo el amparo de don Borja, las principales galerías de arte se disputaban exponer sus obras y no había miembro de la alta sociedad que no quisiera tener en su casa una pared pintada por él como signo de distinción y buen gusto. De sus paredes en blanco se dijo que “reflejaban primorosamente la profundidad de la nada”, de las negras que “sumergían al observador en la inquietante inmensidad del infinito”, de las azules que “evocaban como nadie la libertad que emanan del cielo y del mar”, de las verdes que “reproducían en cada trazo la grandeza mayúscula de la creación” y de las rojas “que representaban magistralmente la complejidad de los conflictos que aloja el alma humana”. Incluso en un alarde de creatividad, el chico se atrevió a pintar paredes en dos colores, lo que llevó a los críticos a emplear las alabanzas más superlativas en las publicaciones más prestigiosas.

Como no podía ser de otra manera, la Bienal Internacional del Arte, que era la exposición más prestigiosa del momento, le invitó a formar parte como artista destacado. El chico quiso invitar al evento a su padre, que le había enseñado su oficio. Al recibir la llamada, el hombre pensó que el progreso y la modernidad de la capital habían convertido a su hijo en un virtuoso del pincel, con lo que, emocionado, viajó desde su pequeño pueblo para acompañarle el día de la inauguración de la bienal.

Cuando el chico y don Borja le enseñaron la primera obra, titulada “Blanco, el inicio del Universo”, el hombre se acercó en silencio para examinarla en detalle. Tras un largo rato se quedó mirando extrañado a los dos y les dijo:

-“Yo aquí solo veo una pared en blanco”.

- “Eso dicen todos al principio” – le respondió don Borja. – ¿Pero, verdad que si se fija uno en sus trazos puede ver algo más…? ¿Nada menos que el origen de todo?

- Perdóneme don Borja, yo no veo eso que usted dice… Pero no me haga caso, yo no entiendo de arte: solo soy un pintor de brocha gorda, como lo es mi hijo. – le replicó.

Esas palabras le hicieron pensar a don Borja. ¿Era aquel chico un artista realmente?, ¿Había sido aceptado en los círculos artísticos por su calidad artística o lo había sido por la poderosa influencia que él ejercía? En cualquier caso, se dijo a sí mismo: “Todo va bien, mejor que nunca, y los beneficios van a multiplicarse. Sigamos haciendo que los demás vean lo que yo quiero y no lo que ellos ven en verdad”.

Por su parte, cuando padre e hijo se quedaron a solas, el padre le dijo al oído:

“No sé cómo has podido llegar hasta aquí, pero has tenido una suerte que no es común entre los de nuestro oficio. Así que tú sigue pintando paredes mientras los demás siguen creyendo que don Borja sabe de pintura y que tú les están vendiendo obras de arte. Al fin y al cabo, siempre se saca más provecho de los necios que de los listos”.    

Y así, el chico que fue un pintor de brocha gorda terminó siendo uno de los artistas más reconocidos de su época.

   

Publicado la semana 13. 03/04/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
13
Ranking
0 87 0