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Enrique Palomo

El Excelsior

EL EXCELSIOR

Desde hacía unos días estaba varado en el estuario de un río lejano y caudaloso que transitaba en sus últimos kilómetros por una ciudad populosa, incrustada en una jungla que agonizaba por la sobreexplotación y la contaminación. Estaba listo para su desguace y en torno a él cientos de hombres semidesnudos, muchos de ellos niños, desmontaban con torpeza y parsimonia su estructura para malvenderla. Lo hacían con el cuerpo metido en un fango naranja-verdoso, tan fétido como espeso por la alta concentración de metales procedentes de todas las naves que ya habían pasado por aquel lugar para ser desmontadas. Y así, el que fue el barco más lujoso que se recuerda, pasaba sus últimos días antes de desaparecer. Qué lejos quedaba aquella sentencia que decía: "Quien no haya dado la vuelta al mundo en El Excelsior tiene dos cuentas pendientes con la vida, porque nunca habrá conocido el lujo ni tampoco lo que es viajar de verdad".

Tras una jornada de trabajo cargando con las piezas metálicas del barco, Ismael, Fernando y Samuel esperan en la oscuridad que el vigilante se retire un rato a su caseta. Frente a ellos relucen las letras con el nombre, en otro tiempo doradas y pulcras, y hoy medio escondidas por la herrumbre. Cuando se sienten libres de la mirada del guarda corren raudos por la pasarela, cruzan la barrera de "prohibido pasar" y suben a la cubierta. Se adentran entonces en un laberinto de pasillos oscuros y silenciosos, suben por escaleras fantasmales y llegan hasta una puerta descomunal, en el pasado blindada y hoy descerrajada: es la suite presidencial.

Entran en sus doscientos metros cuadrados con respeto y admiración, como si se tratara de un templo, pero también con la naturalidad propia del que ya ha estado allí varias veces y se cree en posesión de lo que le rodea. Una pequeña linterna les ayuda a descubrir tesoros que nunca antes habían visto en una casa: el fino tacto del papel pintado de sus paredes y su elegante dibujo, ya deslucido por los desconchones, los apliques dorados, ya rotos, o la madera cálida de su suelo, ya levantada y húmeda. A los niños les gusta imaginar quién estuvo allí alguna vez: tal vez reyes o actrices de las películas que ver por televisión o los mejores futbolistas de los clubes europeos, aquellos de los que lucen la camiseta. Entonces juegan a que son uno de ellos y van a pasar sus vacaciones a bordo del crucero.

- "Camarero, tráigame para comer mi menú favorito" - dice Samuel sentado en el suelo como si estuviera en la mesa de un restaurante.

- "Supongo que el señor se referirá a una hamburguesa con patatas y a un helado con dos bolas de chocolate" - replica Fernando servicial.

- "Eso es, como los que salen en los anuncios" - termina Samuel.

En lo que fue el dormitorio han puesto una colchoneta que encontraron en algún lugar, dura como la piedra y fina como el papel, en la que los tres chicos se tumban con gusto, como si fuera la majestuosa cama que un día estuvo allí.

- "Aquí se está como en ningún sitio" -, dice Ismael bostezando tras las catorce horas de trabajo.

Poco después se levantan y se meten en la bañera de hidromasaje, llena de cascotes y grietas. Abren el grifo, pero éste solo arroja un chorro intermitente de agua turbia con el que los niños se salpican alegres mientras se limpian el fango de los pies y descubren una piel áspera y apergaminada en la que empiezan a asomar una úlceras negruzcas que miran con curiosidad y extrañeza.

- "Nada como un baño relajante al final del día" - dice triunfante Fernando mientras se tumba en la bañera y contempla en el techo los restos de lo que fue una bóveda dorada.

Más tarde se dirigen al salón, donde todavía resiste una pantalla de cine, que, aunque rasgada, esa noche luce brillante por el resplandor de la luna y, donde a falta de una película, los chicos pasan un buen rato haciendo sombras con las manos.

Y antes de finalizar su aventura de cada día, los chicos se asoman al balcón, donde observan boquiabiertos la inmensa sombra negra y callada del barco en medio de la noche. Al fondo, las casas humildes de la ciudad lucen maltrechas, como pequeñas estrellas de un cielo bullicioso y deslustrado en el que solo parece caber la miseria. Entonces, como cada noche, Samuel dice:

- "Qué bonito hubiera sido ver Nueva York por primera vez desde este balcón" -. Y aunque los otros chicos se burlan de él, una lágrima se escapa de sus ojos en el amparo de la noche por lo que nunca podrá ser.

Publicado la semana 12. 27/03/2021
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