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Enrique Palomo

Tres noches en la casa roja

TRES NOCHES EN LA CASA ROJA

<<Se alquila casa para los amantes del diseño moderno y los grandes espacios. En su construcción se entrelazan los cuatro elementos de la naturaleza dando lugar a un lugar único y fantástico. Sus seiscientos cuarenta y ocho metros cuadrados se distribuyen en tres plantas. La planta baja incluye un amplio recibidor con una escalera de diseño, un salón-comedor muy luminoso con techo a doble altura, una biblioteca, un patio inglés con un hermoso olivo, un aseo de cortesía y una cocina equipada con electrodomésticos de alta gama. En la primera planta se encuentran los cuatro dormitorios. El principal incluye vestidor, sauna, baño en suite con bañera de hidromasaje y acceso a una magnífica terraza. El resto de dormitorios disponen de cuarto de baño y de armarios empotrados. En la planta sótano se encuentra una sala de cine, un gimnasio totalmente equipado, una bodega y otro aseo. La vivienda se encuentra rodeada por un jardín de mil cuatrocientos metros cuadrados con un precioso porche, una piscina de doce por siete metros y dos plazas de garaje techadas. ¡La mejor opción para vivir en un entorno tranquilo con todas las comodidades que necesita!>>

Era mi primer día en la ciudad y buscaba casa. Me hubiese bastado con un piso coqueto y funcional de dos habitaciones, pero me quedé impresionado por el anuncio que acababa de leer en el periódico. Cabía pensar que se trataría de una vivienda inaccesible para el sueldo de un secretario judicial, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que era considerablemente más barata que la mayoría de inmuebles anunciados. No pude resistirme a la tentación y llamé al anunciante: ¿a quién no le gustaría vivir en una casa así? Contestó una mujer al otro lado del teléfono. Me llamó la atención que su voz era fría y monótona, con un acento del que no logré descifrar su origen. Respondía todas las preguntas con sobriedad, sin introducir ningún elemento emotivo que pudiera inclinarme a firmar el contrato.

- Se trata de una casa exclusiva. Yo soy el ama de llaves y he trabajado para el dueño durante muchísimos años… yo diría que algo más de una vida – concluyó mientras se hacía el silencio entre los dos.

- El señor vive lejos y hace tiempo que no viene por aquí… El precio es simbólico porque hace mucho tiempo que tiene todas sus necesidades materiales cubiertas. Lo que de verdad quiere es que esté habitada por alguien que me ofrezca confianza y que sea capaz de dejar en ella una parte de la felicidad que un día habitó en cada una de sus estancias. Es una propiedad que tiene un gran valor sentimental para él – explicó enigmática.

Cuando le manifesté mi extrañeza de que una casa así estuviera disponible a un precio tan irrisorio, me cortó tajante.

– Esta es una ciudad de paso. Aquí no viene nadie de fuera, salvo algún funcionario de traslado, como usted. Y aunque está recién reformada, esta vivienda tiene una larga historia que los lugareños prefieren evitar.

Entonces, le pregunté intrigado a qué hechos del pasado se refería:

- Nada que merezca la pena contarse. La gente de aquí está llena de prejuicios. – concluyó.

Lo cierto es que sus palabras me parecieron más inquietantes que convincentes. Pensé en crímenes o en sucesos sobrenaturales, pero inmediatamente me dije, ¿cómo alguien como yo, que me había pasado años en pisos de estudiantes y habitaciones con derecho a baño, iba a renunciar a vivir en una casa de lujo? Por eso, decidí hacer caso omiso a mis recelos y quedé esa misma tarde para visitar la vivienda.

Se trataba de una construcción con un diseño vanguardista en el que se destacaban desde fuera sus amplios ventanales y el color rojo intenso en que estaba pintada. Estaba rodeada por un muro que le daba aspecto de inexpugnable y que guardaba un jardín que me pareció el de las delicias y que me hizo desear todo aquello que nunca había tenido.

La mujer estaba esperándome dentro. Se trataba de una mujer que aparentaba unos setenta años, toda vestida de negro, con la tez pálida, el pelo gris recogido en una trenza y un gesto sombrío y ausente, que parecía vagar por un lugar lejano en un tiempo pasado. Era muy baja, no creo que llegara al metro y cuarenta centímetros de estatura, su cuerpo era ancho y tosco, y ante todo llamaba la atención que sus miembros eran cortos para la proporción de su tronco. Me saludó con educación, pero también con la distancia insalvable que marca la seriedad más rigurosa que pueda imaginarse, y sus ojos penetrantes me miraban como queriendo adivinar lo más profundo de mis pensamientos; tanto era así que apenas podía soportar su mirada fija, que parecía quemarme.

Comenzó a enseñarme la casa de forma maquinal y sin dar lugar a ningún tipo de preguntas, como si las fuera adivinando según surgían en mi mente, pues las iba contestando con brevedad y precisión. Era curioso ver su cuerpo enlutado, más propio de otro siglo, moviéndose con soltura entre la modernidad de los materiales y de todo el mobiliario.

– Es una casa con espacios abiertos. Al margen de los cuartos de baño, tan solo tiene una puerta que luego le enseñaré. El resto son estancias luminosas que ofrecen una gran sensación de amplitud. – explicaba ensimismada.

En verdad, conforme conocía la casa, me sentía deslumbrado por su majestuosidad, pero a su vez parecía tener un halo extraño de desolación que generaba tristeza. De hecho, creo que nunca fue tan desasosegante contemplar una construcción así de hermosa. Sin embargo, como si me hubieran hechizado, en aquel momento sentí que por nada del mundo querría vivir en otro lugar que no fuera la que llamé a partir de entonces “La casa roja”.

– La habitación al final del pasillo estaba destinada al servicio; por eso tiene una puerta. En su cuarto de baño hay un problema con las cañerías. Su olor le puede parecer desagradable pero no se preocupe, mañana vendrán a arreglarlo. Mientras tanto, le ruego encarecidamente que no abra esta puerta bajo ningún concepto – me dijo con crudeza mientras me helaba con sus ojos negros y su ceño fruncido.

Pude haber salido por la puerta para no volver más, pero embelesado por el lujo y las comodidades que nunca tuve tan a mi alcance, firmé el contrato y aquella misma noche entré a vivir en mi nueva casa. Volví a recorrer en soledad sus habitaciones, deleitándome con cada detalle, que acariciaba haciéndolo mío. ¿Qué dirían mis amigos y compañeros de trabajo cuando les invitara a una fiesta?, me preguntaba mientras posaba como hacen las celebridades en sus casas ante los objetivos de las revistas del corazón.

Tras colocar mis escasas pertenencias, cené frugalmente y, agotado por tan ajetreado día, me acosté en mi cama de dos metros de ancho, que mullida y caliente me pareció el mismo cielo.

Al poco tiempo, justo a la una de la mañana, oí de repente unos golpes. Me incorporé y dirigí mi mirada al corredor, que podía ver desde mi cama en toda su longitud. El ruido provenía de la habitación del fondo, donde golpeaban la puerta desde dentro con una insistencia desesperada mientras una voz cavernosa gritaba sin cesar:

- ¡Dejadme salir!

En los primeros instantes sentí sorpresa y aturdimiento, pero poco después me invadió el pavor y las preguntas se amontonaron, angustiosas, en mi mente: ¿Quién podía estar en esa habitación?, ¿Por qué no me dijo nada el ama de llaves?, ¿Qué estaba pasando dentro? y ¿Debía abrir la puerta para mirar, conocer y, tal vez, ayudar al que pedía auxilio? Lo cierto es que todas las preguntas se quedaron sin resolver, porque me refugié en mi cama, bajo el edredón, tratando de hacerme invisible mientras mi cuerpo, trémulo y frío, trataba de contener a mi corazón desbocado. Fueron horas interminables, tratando de percibir el sonido de la puerta abriéndose y el de unos pasos dirigiéndose hacia mí. Pero nada de eso sucedió, y hacia las siete y media de la mañana, con las primeras luces del día, los golpes y los gritos cesaron.

Acudí al trabajo sin haber dormido. Más que cansancio, me encontraba atenazado por el miedo y sentía con angustia cómo las horas pasaban y se acercaba la hora de volver a “La casa roja”. Cuando llegué a media tarde todo estaba en orden. Llamé al ama de llaves, pero su teléfono estaba apagado. Miré a mi alrededor y todo lo que vi me pareció fastuoso, ¿cómo podía sentir miedo por vivir en una casa así? Así que me tranquilicé, pensé que lo de la noche anterior solo había sido un mal sueño y me dediqué a disfrutar de mi hogar: hice gimnasia una hora, luego me di un baño relajante, cené en el porche mientras contemplaba las últimas luces del día y disfruté de una de mis películas favoritas en la sala de cine.

Cuando me acosté me encontraba relajado y con ganas de dormir, como si nada hubiera sucedido. De hecho, no tardé en quedarme profundamente dormido. Pero de nuevo a la una de la madrugada me desperté sobresaltado: volvían a oírse golpes en la puerta del dormitorio del fondo del pasillo y los gritos pidiendo ayuda eran ensordecedores. Salí despavorido de la habitación y bajé hasta el sótano, me encerré en la sala de cine, pero la voz se oía aún con más intensidad. Me tapé los oídos, grité para intentar desalojar mi miedo, canté algunos de mis temas favoritos para evadirme, pero el lamento de la habitación se hizo aún más presente. Y así pasé mi segunda noche, hasta que el amanecer vino a rescatarme y todo se quedó en calma.

Intenté contactar en repetidas ocasiones con el ama de llaves, pero su teléfono seguía sin estar disponible. Quería comunicarle que iba a dejar la casa. Comencé a buscar una nueva vivienda y aquel mismo día encontré un piso en el centro de la ciudad que me pareció de lo más acogedor. Así que quedé con el propietario en mudarme al día siguiente.

Regresé a “La casa roja”, recogí mis pertenencias y saqué las maletas al vestíbulo. Cuando pasé por el pasillo me quedé mirando a la puerta del dormitorio del servicio. En aquel momento, la curiosidad, tan impetuosa e imprudente como siempre, se impuso al miedo, como a menudo sucede, y abrí la puerta. Como me advirtió el ama de llaves, un hedor insoportable me dejó aturdido: me recordó al de un cadáver en descomposición. Sin embargo, lejos de retroceder, me tapé la cara con un pañuelo y traspasé el umbral para descubrir una habitación decorada con sencillez, sin duda la más modesta que tenía la casa: había una pequeña cama pegada a la pared, una mesilla de noche, una cómoda y una mecedora junto a la ventana. Al lado del armario estaba la puerta del cuarto de baño: un minúsculo espacio con el inodoro, un lavabo y un plato de ducha. Registré cada rincón de la estancia buscando una respuesta desesperada, pero no encontré nada: todo estaba ordenado y vacío… Así que salí sin cerrar la puerta: si no había nadie, ¿qué tenía que temer?     

Traté de disfrutar mi última tarde en “La casa roja”, pero ya fuera en el jardín, en la biblioteca, en el salón, en la cocina o en la sauna, solo percibía ruidos sospechosos y sombras que acechaban.

Cuando llegó la noche subí a mi dormitorio. Desde mi cama veía la habitación de servicio con la puerta abierta. El mal olor estaba presente en toda la planta superior, pero no me importó: necesitaba saber qué pasaría al otro lado de la puerta al llegar la una de la mañana. Sin embargo, el terror iba adueñándose de mí conforme se acercaba la hora. Me tapé hasta la cabeza y solo de vez en cuando miraba con sigilo hacia el final del pasillo. Por fin llegó la hora, pero no sucedió nada: todo permanecía en silencio y la oscuridad cayó plácidamente sobre la casa, así que, sin darme cuenta me quedé dormido.

De pronto, me despertó un resplandor. Al principio pensé que ya era de día, pero se trataba de una luz extraña, más apagada que el sol de la mañana, azulada y parpadeante. Me incorporé y vi que provenía de la habitación de servicio. No pasó más que un instante, cuando apareció a contraluz una figura de la que no lograba distinguir ningún detalle, pero que sin duda avanzaba a lo largo del pasillo. Sentí entonces que mi cuerpo se helaba, que mi pelo se erizaba y que mi corazón huía, pero aún me quedó el suficiente vigor como para saltar de la cama y dirigirme hacia la terraza. En aquel momento, la figura empezó a correr para atraparme y pude distinguir con espanto a una mujer con una túnica blanca que, con su cara pálida, sus ojos en blanco, sus cejas espesas y su pelo largo, gris y brillante, como electrizado, se disponía a atraparme con unas manos que eran garras mientras emitía un chillido ensordecedor. Noté el mismo hedor de la habitación en su aliento un segundo antes de abrir la puerta y saltar por la terraza. Y es que el miedo a las alturas se difumina cuando se trata de salvar la vida.

Al caer al suelo sentí un dolor intenso en mis piernas y no me pude levantar. Mientras, aquella mujer inmunda seguía gritando asomada a la terraza, e iracunda y desesperada hacía esfuerzos denodados por atraparme. Me arrastré por el jardín, con la rapidez que solo sabe conferir el terror y así llegué a la salida.

Un vecino acudió a ayudarme ante mis gritos de socorro. Cuando vio que salía de “La casa roja”, exclamó:

- Todavía hay incautos que se dejan atrapar en ese infierno -.

Me llevó al hospital donde me diagnosticaron una fractura de pelvis. Me operaron y ahora tengo que guardar reposo absoluto durante varias semanas en mi nuevo piso, un lugar convencional y anodino, que espero se convierta en mi hogar. Estoy tranquilo, aunque a veces me sobresalto cuando recuerdo lo vivido. Ha habido momentos en los que he llegado a pensar que todo fue una ilusión, pero un día volví a ver el anuncio de “La casa roja” en el periódico: buscaban inquilino nuevo… y habían bajado el precio. El teléfono de contacto era el mismo que el del ama de llaves y llamé por curiosidad. Esta vez sí estaba operativo y enseguida me respondió:

- Lograste escapar por poco -, y colgó.

 Entonces me pregunté angustiado: ¿quién será el siguiente?      

 

         

    

 

 

 

 

     

 

 

Publicado la semana 10. 14/03/2021
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