01
Enrique Palomo

Los acusados

Dicen de Valdefermosa que es una villa apacible a cuyas gentes nos gustan sobre todo la tranquilidad y los buenos alimentos. Trabajamos sin prisa aunque con rigor y el resto del tiempo vemos pasar la vida sin mayores incidencias. Casi nunca acontece nada que sea digno de mención. La última vez hace seis meses, con la elección del nuevo alcalde: un joven, apuesto, bien preparado, que habla como un libro abierto y que nos ha prometido acabar con todos nuestros problemas. No soy consciente de tener grandes problemas, pero me quedaré esperando sus decisiones. Mientras tanto, y como no me interesa la política, seguiré al cuidado de mis tierras, iré a la taberna de Jacinto a jugar la partida y pasaré buenos ratos con Elías, mi vecino y amigo del alma. 

Un día el alcalde denunció al concejal Casto Nogueras por difundir falsedades entre la población y éste fue detenido inmediatamente. Había expuesto hasta ocho quejas sobre la gestión del alcalde en un pleno y las había difundido en una carta a todos los habitantes de Valdefermosa para su conocimiento. Personalmente me alegré, pues Casto es un loco vocinglero y protestón que solo busca crear dudas con sus preguntas retorcidas y sus sospechas infundadas. Así que ese día me acosté convencido de que mi pueblo era un lugar aún mejor.

Al día siguiente detuvieron a los otros dos concejales de su agrupación. Les acusaron de ser colaboradores en el delito de falsedad. Me pareció bien y ese día dormí a pierna suelta.

Al otro día detuvieron a la mujer y a los dos hijos de Casto, así como a su hermana y a su padre. Les acusaron de ser encubridores. Me pareció natural, porque las malas hierbas hay que arrancarlas de raíz. Ese día también dormí del tirón.

Al cuarto día arrestaron al dueño y a los tres empleados de la imprenta donde salieron las cartas. Me tranquilizó, pues eso indica que la justicia es eficaz contra todos aquellos que quieren alterar nuestra paz y, como todos los días, me quedé dormido plácidamente. 

Al amanecer del día siguiente encarcelaron a los seis carteros que repartieron las cartas. Su delito me pareció evidente: uno tiene que saber lo que tiene entre manos, y si no es así debe asumir las consecuencias. Esa noche dormí aún mejor, así que por la mañana me desperté radiante y me fui a desayunar al bar de Jacinto.

Mientras estaba allí, los guardias se personaron con una orden de arresto contra Jacinto. No dijeron de qué le acusaban y, aunque siempre tuve al tabernero por un buen hombre, pensé que algo malo habría hecho. Por la noche escuché murmullos en mi calle y en la lejanía gritos y lamentos. Como eso es algo inaudito en nuestra población, me di cuenta de que algo grave podía estar pasando y me costó trabajo conciliar el sueño.

Llegó el séptimo día y con él una orden de detención contra mi amigo Elías. Le acusaron de complicidad por haber leído la carta de Casto. Sentí desconcierto, pues sé que Elías es una persona buena e íntegra incapaz de alterar la convivencia en el pueblo. Además, y por si fuera poco, desde hace unos años tiene un problema de agudeza visual que le impide leer. Las detenciones continuaron durante toda la mañana: según nos dijeron se trataba de hacer recobrar la normalidad a nuestro pueblo. Por la tarde, hablando con otros vecinos, manifesté a viva voz mi indignación por la detención de mi amigo; pensé que no podía hacer nada mejor por él en esos momentos. Esa noche no pude dormir: en la calle se oían llantos, pero también risotadas, y eso me hizo tener una premonición fatal mientras miraba sin cesar la puerta de la calle.

El último día llegaron los guardias temprano a mi casa, forzaron la puerta y me prendieron. Traían una orden de detención contra mí por haber alterado el orden público. Cuando me llevaban al cuartel mis vecinos ovacionaban a los guardias de forma unánime, como un auditorio entusiasmado tras una interpretación primorosa. Todos me insultaban, a cual más, como si nunca hubiera sido su vecino de toda la vida, y yo, temiendo que podrían ser mis últimas palabras, grité: - “¡Insultadme más alto!, ¡No oigo blasfemias lo suficientemente hirientes!, ¡Aplaudid hasta el fin de los tiempos!, ¡Aplaudid hasta que se rompan vuestras manos y sangren a borbotones!, porque quien no lo haga así será mañana el próximo acusado” -.                   

Publicado la semana 1. 10/01/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
01
Ranking
0 39 0