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Emilia Chamba

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Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la muerte accidental podemos achacarle al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca a la frontera invisible entre la vida y la muerte para al fin sentirnos perdidos y no saber de qué lado estamos.

La vida se convierte en muerte, y es como si la muerte hubiese sido dueña de su vida durante una vana existencia. Muerte sin previo aviso, una vida que se detiene y pudo detenerse en cualquier momento. Había estado ausente incluso antes de su muerte y hacía tiempo que la gente que lo rodeaba había aprendido a aceptar su ausencia, a tomarla como cualidad inherente a su personalidad. Ahora que se había ido, no sería difícil hacerse a la idea de su ausencia definitiva. La naturaleza de su vida había preparado al mundo para su muerte, una especie de muerte prevista, y cuando lo recordaran, si es que alguien lo hacía, sería de forma imprecisa, solo imprecisa.

Incapaz de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa, una idea o una persona, no había podido o no había querido mostrarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia y se las había ingeniado para mantenerse a cierta distancia de la vida, para evitar sumergirse en el torbellino cotidiano de las cosas. Había vivido solo durante quince años, una vida tenaz y opaca, como si fuera inmune al mundo. No parecía un hombre que ocupaba un espacio, sino más bien un bloque impenetrable de espacio en forma de hombre. El mundo rebotaba contra él, se estrellaba en él y a veces se adhería a él; pero nunca logró atravesarlo. Durante quince años vivió como un fantasma, absolutamente solo, en una casa enorme, la misma casa donde murió.

Publicado la semana 47. 25/11/2021
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