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Emilia Chamba

Relato

Aquel martes, 24 de noviembre, como anunciando la primavera, cuando las golondrinas estando en lo alto posaban sus patas y caminaban para encontrarse una a la otra sobre el borde finito que contenía el edificio del frente, se preguntó a sí misma, mientras las contemplaba desde lejos: « si ellas jamás habían sentido el vértigo » (aquella sensación inquietante y a veces vacía en el estómago, consecuentemente por mirar en dirección hacia abajo y no querer caer), « en reiteradas ocasiones ella lo había sentido » .

Conocía poco acerca de las golondrinas. En las clases de Ciencias Naturales solo le habían otorgado una descripción general sobre aquella especie de ave, recordó que justo en ese día estas aves harían su descenso en la plaza San Martín (anhelaba poder verlas de cerca), le había prometido a su hermana acompañarla a visitar a la abuela, pero le invadió el deseo de satisfacer la diversión del alma y del cuerpo, se dijo a modo de decisión « la abuela puede esperar ».

Tomó el colectivo desde la Av Colón a 18 minutos para llegar a la plaza San Martín, se sentó en el único aciento que estaba vacío, abrió su mochila y se dispuso a leer (siempre llevaba en su bolso algo para distraer la vista, sino lo hacía, sino traía un libro se sentía incompleta), empezó desde la página 30, subrayó con un lápiz que tenía en la pequeña cabidad de su bolsillo izquierdo una línea: "los delfines, tristes como una boca posada en un espejo" (Francies de Mesnil, Monotonies), pensó por varios segundos en aquella frase, la leyó en voz alta "los delfines, tristes como una boca posada en un espejo", las personas que se situaban aproximádamente al lado de ella, voltearon la cabeza, « tal vez..., no la habían escuchado por el ruido que los usuarios emergían a través de sus bocas, ¡murmuraban atrozmente! ». Sonrojada y con la mirada cabizbaja se cuestionó a sí misma, « ¿por qué seguía estancada en aquella línea y no se disponía a voltear la siguiente página? »

El autobús hizo una parada a pocas cuadras para llegar al lugar de destino (ya faltaba poco), algo exitada dejó caer el lápiz, inmediatamente por el movimiento del colectivo rodó en dirección contraria (ya lo dio por perdido). El chofer anunció la última parada, ella guardó el libro y posteriormente bajó del autobús. Mirando de un lado a otro aceleró su caminar (no estaba acostumbrada a viajar sola ni mucho menos ver a tanta gente en un mismo sitio), de nuevo volvió a sentir la náusea, trató de controlarse, buscó un lugar donde sentarse (echaba de menos a su hermana, pero al mismo tiempo extrañaba permanecer sola y ahora lo estaba).

En aquella plaza se vislumbraban las golondrinas a montones, las personas pasaban como apresuradas ignorando aquel suceso « para ella era un paisaje », ahora las estaba mirando de cerca.

Admiraba a las golondrinas por su capacidad de poder dirigir su vuelo en conjunto, en dirección hacia el sur (como especie de brújula interna instalada en su cuerpo, el sentido de la magnetorrecepción), idolatraba su desempeño como aves migratorias, estas recorrían miles de kilómetros para llegar a su destino.

Sentada al borde de un escalón, algo conmovida por semejante espectáculo y algarabía por la combinación de colores del cielo con aquellos pájaros, derramó una pequeña lágrima de su ojo derecho, que luego se fue camuflando entre la llovizna de aquella tarde del mes de noviembre...

Publicado la semana 31. 02/08/2021
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