44
Don_Diego

Puro Cuento

Haciendo memoria, la historia fue más o menos así.

 

 

La malvada madrastra de Bella mandó confeccionar cien pomposos, y bastante caros, vestidos de baile para sus dos amadísimas hijitas, ya que la fecha del Gran Baile se hallaba a la vuelta de la esquina. Bella, por su parte, se limitaba a lanzar suspiros al aire mientras tallaba con desgana la ropa sucia acumulada de dos meses.

Una vez llegaron los vestidos encargados ordenó a sus hijas probárselos enseguida, esperando con el corazón en la mano a que la hechura de los elegantes ropajes atenuara la sin gracia de las señoritas. Amaba a sus retoños como cualquier madre puede amar al fruto de sus entrañas, pero eso no significaba que el amor que ella les profesaba la volvieran ciega o retrasada. Sabía perfectamente que sus hijas no eran un par de dulces pastelillos por las que los hombres babearan, o, se lanzaran sin pensarlo a la batalla por una mera migaja de atención. Así que, como era de esperarse, la astuta madre tenía la esperanza depositada en que el Príncipe del reino vecino se hiciese de la vista gorda y se fijara más en la abundante riqueza que había detrás de las niñas, y en el poder militar que se podía forjar si se unían por matrimonio, que en el cuerpo en sí mismo de las chicas. Pues era bien sabido que el pensar de la Reina giraba en torno a que los hombres son solo meras bestias interesadas e insensibles, siempre andando en busca, por encima de los sentimientos y la de inteligencia, la belleza superficial y la riqueza material, y que no reparan ni por un segundo el dejarse la vida por alguna de estas cosas.

 Mientras la madrastra esperaba a que sus bendiciones volvieran del vestidor su mirada se posó en Bella, quien se hallaba de rodillas fregando sin mucho ánimo los sucios pisos de la cocina. Por la mente de la Reina no cruzaba ni la más mínima brizna de empatía al verla trabajar. En un momento dado, en un vaivén de duro esfuerzo por eliminar una difícil mancha, la mirada de la madrastra se le quedo prendida en el perfil, y en su abundante y bamboleante pecho de Bella. Bella resultó ser bella, sumamente bella, y bien dotada por la naturaleza. Aun a pesar de estar bajo una densa capa de suciedad y de estar vestida con harapos, su belleza no se veía del todo eclipsada. Alarmada ante una repentina visión, en la que, por azares del destino, Bella se llegase a encontrar con el Príncipe, y el Príncipe se llegase a encaprichar de su belleza, su bien orquestado plan de reunir a una de sus hijas con él, llegaría a un súbito mal final. La Reina se llevó una mano a la boca, abrió tenuemente sus temblorosos labios, y frunció, ofendida, el ceño. Dio un zapatazo al suelo y se retiró airada a su alcoba mientras masticaba entre dientes para sí misma: Esta miserable criatura no debe seguir viendo en este castillo.

 

El plan resultó ser más sencillo y practico de lo que había esperado. La madrastra le compró a una vieja amiga bruja una rueca maldita, a la que le daría uso Bella. A la joven nunca le pasó por la cabeza que se hubiesen tomado la molestia de hacerla caer en un coma mágico solo por poseer una belleza que nunca pidió, y que ni siquiera sabía que poseía, pues ni los hombres y ni las mujeres del castillo les estaba permitido conversar con ella. Y los espejos y el reflejo de cualquier líquido, solo le devolvían la imagen de una chica sucia y harapienta. Por lo tanto, su perspectiva de ser bella le resultaba ajeno.

 

Y sin más, viéndose libre de no mancharse las manos, la malvada madrastra ordenó encerrar a Bella en un sótano para por fin olvidarse de ella, y seguir urdiendo el plan en la que una, o las dos de sus hijas, se casasen con el Príncipe, para así hacerse con los respectivos hilos necesarios con los que manipularía sin reserva a su futuro títere-yerno. Sin embargo, el baile resultó ser algo… bizarro, muy a pesar de los enormes esfuerzos hechos por la Reina, pues en la fiesta sus dos hijas en más de una ocasión le pisaron los pies al Príncipe, le derramaron vino en el traje y se le habían insinuado demasiado, torpe y vulgarmente. Por mero decoro el Príncipe a todas estas insufribles molestias les devolvió una sonrisa forzada.

Al cabo de un mes de haberse realizado el Baile una estremecedora sorpresa salió a la luz. El príncipe ya poseía un amorío, y la promesa de matrimonio, que con mucho esfuerzo se había conseguido, se daba por anulada, ya que el apuesto Príncipe resultó ser nada más y nada menos que un apasionado y devoto practicante de la sodomía. La Madrastra escandalizada por el conocimiento de tal acto pecaminoso entró en colera y en ipso facto declaró la guerra.

La cruenta guerra se libró en las Estepas de Nunca Jamás, llevándose a incontables vidas, dejando a su vez a cientos de familias destrozadas y a miles de niños huérfanos. Al cabo de cinco años de tal terrible batalla una espantosa peste cayó sobre ellos, aniquilando a todos los habitantes de ambos reinos, a todos a excepción de Bella quien se hallaba resguardada, y a salvo, por la maldición que le habían infundido.

La leyenda de Bella establece que ella continuara navegando por mar de los sueños hasta que un hombre (o mujer, no se especifica bien quien) de un beso la despierte.

 

Y bueno, pues eso es todo. Así es la historia. Más o menos. No tenía pensado contarla, pero como hoy es el aniversario en que las ruinas del susodicho Reino de Bella fueron encontradas. Por allá del año 2135, justo un día después de que la era de los viajes estelares diera su inicio oficial en mi mundo, pues me dio por mencionarla.

En fin.

Aún recuerdo que por esos días las noticias no paraban de hablar de los saltos cuánticos a la Galaxia de Andrómeda y de la bellísima Bella, a la que transportarían al Museo Universal de Júpiter Tercero, después de que los científicos, aun a día de hoy, no pudieran conseguir explicar el peculiar caso de no envejecimiento de Bella.

La joven por siempre Bella, sigue, y seguirá así por el resto de la eternidad, sumida en su profundo sueño dentro de un trasparente, pero muy poderoso, campo de energía, mientras continúa siendo visitada por centenares de miles de individuos de toda clase de razas y de todos los rincones del universo, cada año, pues las leyes actuales intergalácticas determinan estrictamente prohibido tocar, y eso también aplica el despertar, y ni hablemos de besar, a una mujer sin su consentimiento.

 

Fin.

Publicado la semana 44. 03/11/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
44
Ranking
0 36 0