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Don_Diego

No Hagas Ruido

Nadie elige donde nacer. Y para la pequeña Lucy, el lugar que le tocó en la vida, bien podría considerarse uno de los peores. Expectantes

Detrás de varias horas de intensa lluvia, las nubes grises en el cielo al fin accedían dar a la Luna Llena paso libre. Permitiendo así, derramar sobre el vertedero más grande de la ciudad, la mayoría de sus fríos rayos. La humilde morada de la pequeña Lucy fue de las primeras en bañarse con ellos.

La chabola era la más vieja y conocida de todas. Fue alzada por sus abuelos en las inmediaciones del basurero hacía años, con ayuda de maderos viejos, láminas desgastadas y un par de llantas de tractor que hicieron de soporte principal. Dentro, Lucy no conciliaba el sueño por más que lo quisiese, y este hecho se debió a un espeluznante suceso: Un grito preñado de dolor y espanto, desgarrador.

Temblorosa, y con el corazón en tambor, recogió sus piecitos de fuera de la cama, subió su gastada sábana hasta la altura de sus ojos, Y, rezando porque su madre regresase pronto del trabajo, se quedó ahí, inmóvil, muda, pero en extremo alerta.

Pasada media hora, intentó de nuevo, con gran esfuerzo, controlar el ritmo de sus latidos de corazón al respirar más lento y pausado. Mientras la fría luz de la luna se colaba por entre los recovecos de los muros y techo, haciendo con esto un juego de sombras inquietante, del cual, ella no podía despegar su atención.  

Sus pupilas dilatadas deambulaban de un rincón a otro intentando encontrar el más mínimo vestigio de cambio, tratando de dar forma concisa a las caprichosas siluetas oscuras atrincheradas en la penumbra. Porque, fuera lo que fuera, si es que se daba el caso de que algo estuviese ahí, no lo dejaría pasar inadvertido. No obstante, para su contento, la paz se mantuvo firme. Tal vez, pensó, había imaginado lo que había escuchado. Quizás, se dijo, entre el sueño y la vigilia, ese alarido que le había congelado la sangre y erizado el cuero cabelludo, había nacido sin causa ni razón en alguna parte de su subconsciente. ¡Podría ser! Deseó, que lo que escuchó, fue solo un mero rumor fantasmal, creado involuntariamente por una mente tierna e inocente. Escenarios similares habían ocurrido noches anteriores, y la nada era la única que se presentaba con el pasar de las horas. Sin embargo, en esta ocasión, el entorno que flotaba alrededor de la casa le parecía demasiado… Sospechoso. Algo distinto acompañaba la normalidad de siempre. Y el ejemplo más claro, era el silencio. Era demasiado puro, demasiado claro. Un hecho extraño en sí mismo dado que el basurero en cuestión era el más grande en toda la ciudad. Por las noches el lugar se llenaba con el hurgar de las ratas, con las peleas de gatos en celo, y o el lamento hacia la luna por una jauría de perros callejeros. Siempre estaba presente, o lo uno O lo otro. Pero esta vez el silencio parecía falso, engañoso, siniestro.

Con cada segundo que trascurría, con cada minuto de fría soledad, resolvía con mayor firmeza —casi creyéndoselo—, que en realidad no existía nada a lo que temer, que lo cierto era que no había nada escalofriante acechando cerca suyo, debajo de la cama, agazapado, observando, calculando en la oscuridad su siguiente movimiento; con sus fríos ojos rojos expectantes al más mínimo movimiento, y sus tres hileras de afilados colmillos sedientos de sangre listos para atacar. No, nada de eso se había presentado. Nada de eso había llegado. Aún…

Haciendo acopio de calma y de valor, respiro hondo, e intento reanudad su viaje hacia el mundo de los sueños al cerrar los ojos. Pero justo cuando estaba ya en las puertas del palacio de Morfeo, escuchó un vacilante arrastrar de pasos, seguido de un pesado y abrumador hedor. Dulzón, picante, ferroso.

En la entrada, la vieja puerta de madera chirrió al ser empujada.

Por un segundo, a Lucy por poco se le escapa un: ¿¡Mamá…!? Pero la insoportable peste le refutó enseguida tal acto. No, no era mami quien se adentraba en la morada. Y esto le fue confirmado con mayor firmeza apenas vio como una mancha negra en el piso se extendía, larga y extraña, desde el umbral de su hogar hasta el pie de su pequeña cama. La extraña proyección en el suelo no se ajustaba a nada a lo que la pequeña Lucy hubiese visto antes.

Era enorme, y se notaba que andaba a cuatro patas. De su lomo, decenas de afiladas púas sobresalían, y en donde debería, O creía Lucy tendría que estar su cabeza, un manojo de largos y delgados tentáculos que caían y se movían a voluntad propia, cada uno.

Lucy no continuó viendo a través de la desgastada tela que le servía tanto como de manta, como de escondite. Por lo que apretó los ojos con todas sus fuerzas, y temblando, anheló que aquella cosa desapareciera.

La figura se inclinó hacia el frente y comenzó a avanzar, a hurgar, despacio y con celo. Una pezuña a la vez, un rastro glutinoso dejado a cada paso. Con suma cautela, fue inspeccionado cada esquina. Teniendo la delicadeza de no perturbar nada, como un ladrón que buscar algo de valor al mismo tiempo que evita hacer el más mínimo.

Cató el aire con sus zarcillos varias veces, más nada encontró. Nada en especial llamó su interés, muy a pesar de escudriñar por largo rato la choza. Así que, sin mayor dilatación, dio media vuelta para volver por donde vino, pero justo antes de cruzar la salida, alzó hacia el cielo su deforme morro, abrió en cuatro direcciones distintas su cabeza, y chilló. Largo, estridente, perforador. La pobre Lucy pegó un salto en su cama, casi imperceptible —casi—, y se llevó las manos a la boca para intentar ahogar su espanto. Pero no funcionó. Y la criatura, como si pronto hubiese recobrado el olor perdido de una presa extraviada, se volvió enseguida en dirección de la niña. Entonces, poco después, muy poco después, comenzaron los gritos.  

Publicado la semana 4. 01/02/2021
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