23
Don_Diego

El Fin de los Días

Una Última Oportunidad

 

A un par de kilómetros bajo la superficie de la tierra un desvencijado túnel de hormigón vomita de sus entrañas venas de agua envenenada. Del techo, estelas finas de polvo caen. Del suelo, blanco moho enfermizo crece. Una bombilla roja situada bajo el umbral de un pequeño túnel adyacente, frío y húmedo, es cubierta con premura por una delgada llovizna de una reciente, pero muy vieja, tubería rota. La luz lucha por mantenerse viva, pero al cabo de unos segundos el agua la ahoga.

 

En una estrecha cámara de piedra, muy alejada a la Última Colonia, varios individuos se congregaban alrededor de un crepitante fuego hecho de libros viejos: Mi gente, mi familia, me prestan su invaluable atención. Yo vuelvo a contarles una vieja historia, mi historia; la historia.

 

—Fue hace mucho mucho tiempo, bastantes décadas atrás, cuando los rayos del Sol no hervían la piel al contacto, cuando el aire podía llenarte los pulmones sin hacerlos sangrar, cuando el agua era tan pura, cristalina y fría que al beberla rejuvenecías…, cuando la Luna no era un soplo blanquizco de tiza en el cielo… Cuando la Tierra era un mundo maravilloso y no un erial infecto. Sí, mis hijos, viví lo que muchos llaman ahora: Un sueño lejano.

 

—En aquel entonces, los días eran radiantes, jubilosos; felices. La vida rebosaba a plenitud. La Madre Naturaleza nos daba a manos llenas abundancia, sin reparo… No era más que una niña de diez años cuando mis padres me llevaron de viaje por todo el país. Lo recuerdo, lo recuerdo todo. Aun puedo ver al cerrar los ojos los colores vivos de aquellas flores silvestres tan curiosas, exprimir en el paladar el jugo de aquellos frutos exóticos, y de palpar, con mi mente esas imágenes imborrables en mis recuerdos. A pesar de mis años, mis niños, y de mi deplorable condición, sigo conservando el sentido claro. Sí, mis pequeños, observé a la Naturaleza a, y en, su plenitud, antes de que la pobre sucumbiera por la mano del hombre, y enfureciera.

 

—Mis sentidos se afilaron a mi alrededor. Sí, fueron mis padres quienes me enseñaron muy bien el cómo hacerlo. Deja que el espíritu del bosque te abrace, mi niña, deja que te envuelva, que te lleve. Inhala hondo y exhala lento. Cierra los ojos, no pienses, sólo siente. La quietud, la serenidad, la paz del exterior se adentró en mí, me llenó el cuerpo, el alma; la mente. Cuando me dejé transportar por mis sentidos el mundo adquirió nuevos colores nunca antes vistos. Llegué a catar y a experimentar sensaciones que antes había pasado desapercibidas, o, mejor dicho, que desvaloré. Con la mente abierta concebí otro tipo de entorno a mi alrededor: El repiqueteo lejano de un pájaro carpintero, que, a mi corta edad, comparé con un telégrafo. Los pájaros, así como todo el mundo, tienen más de una forma de comunicarse. El murmullo del agua al fluir por entre las rocas en un riachuelo cercano me recordaba canciones antiguas dichas desde siempre, desde antes que el hombre o ave supieran siquiera lo que era cantar, o de siquiera producir un sonido por la garganta. El envolvente perfume de la hierba recién mojada me tentaba a que me acercase a tocarla, a probarla, el roció matinal le brindaba un aroma único a la mañana. El inconfundible sonido de los insectos volando a mi alrededor, así como el crujir de la hojarasca al escarbar los escarabajos entre ella, y la sensación del viento acariciándome la piel, peinándome con sus dedos el cabello… Oh, sí, aquello fue inolvidable. En verdad fue una era gloriosa. Esos pocos años de vida que tuve la dicha de conocer la grandeza de nuestro planeta, de nuestra amada Tierra… cómo lo extraño…

 

Al terminar esa última frase me quede estancada en el pasado mientras observaba como el fuego corrugaba las hojas de viejos tomos que alguna vez en mi tiempo fueron considerados obras maestras.

 

—Abuelita Mónica —Habló mi pequeña nieta, sacándome así de mi marasmo—. Ya nos has contado la noche anterior como el mundo cayó en desgracia debido al cataclismo, y ahora nos cuentas como era el mundo antes de que ocurriera. Pero, me pregunto…

 

—Sí, hija, te escucho. Dime

 

—Me pregunto, si ellos lo hubieran sabido, los hombres y mujeres de tu época, lo que nosotros padecemos hoy en día. Cambiarían su forma de vivir para no dejarnos, a nosotros, sus hijos, hijas, nietos y bisnietos, un mundo en ruinas, ¿cierto?

 

La pregunta me dejó desarmada. Bien le pude decir la verdad y romperle la poca esperanza que llevaba en la cara al decirle que no, que mis contemporáneos eran duros de pensamiento y que no moverían un solo dedo incluso si bajo sus pies el fuego ardiera y la tierra se separara para tragarlos. Levanté la vista, y miré a mí en rededor. Los rostros de mi gente me decían con labios ligeramente apretados, y negando con la vista fija en el suelo, que le dijera a la niña, lo que la niña quería escuchar.

 

—Sí, hija, si ellos supieran lo que nosotros sufrimos en estos días, ellos lo hubieran evitado, habrían cambiado, habrían impedido que este terrible presente se hiciese realidad, pero desgraciadamente lo entendieron tarde. Demasiado tarde.

 

Su tenue y agridulce sonrisa ganada a base de mentiras me dio un pellizco en el corazón y me obligo a inclinar el rostro hacia el fuego. Sentí la cara caliente y los ojos llenarse de niebla. Las llamas bailaban, hacían figuras que solo yo podía ver, que solo yo podía entender, y comparar, con la llama furiosa devora de bosques, de la lava embravecida de volcanes iracundos, de la imparable marea que sumerge ciudades enteras, países y continentes. Mi conciencia se aligeró y voló por entre las febriles llamas, adentrándose en las letras cenizas y retorcidas por el fuego, dejándome salir de mi cuerpo para llegar a deslumbrar un punto oscuro en crecimiento.

 

Cuando la oscuridad amenazó cubrir toda mi visión, cerré los ojos, y con acopio de mis pocas fuerzas restantes deseé volver a aquellos días…

 

Cuando abrí los ojos, mis pupilas se volvieron del tamaño de la cabeza de un alfiler al sentir un rayo de luz de Sol quebrado desde la ventana de mi cuarto a mi rostro. Estaba sudando y temblaba como si estuviese enferma. Al ajustar la vista a mi entorno me di cuenta de que estaba en casa, mi antigua casa, rodeada de objetos que creí nunca volvería a ver en la vida. Me levante de la cama con las piernas blandas y con palpitaciones atropelladas, sintiéndome ajena a la realidad, al mundo, a mí misma. ¿Un sueño? ¿Un sueño lucido? No, nada de eso. No podía ser eso. Al acercarme al espejo me percate de ello. Setenta años se me habían esfumado de los hombros. No es posible... me dije. Al observar detenidamente mi cuarto, mi cama, mis juguetes, mis libros, la luz del sol penetrando mi habitación y el gracioso calendario de Hello Kitty pegado a la pared, mi nunca comenzó a llenarse de sudor frío.

 

Cuando me paré frente al calendario y tomé entre mis dedos una de sus hojas para arrancarle; dudosa. Observé que la fecha en el calendario era una fecha imposible. Por largo tiempo no pude prestar atención a otra cosa que no fuera la hoja en mí mano. Fue entonces cuando volví a sentir el rostro enrojecer y los ojos nublarse.

Antes de derramar la primera gota de un desbordamiento imparable, logre decirme a mí misma:

 

—Gracias cielo santo, gracias. Aún tenemos tiempo, aún hay esperanza. Aún tengo una última oportunidad para cambiar al mundo…

Publicado la semana 23. 08/06/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
23
Ranking
0 15 0