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Don_Diego

Onírico

A varios metros bajo la superficie de la tierra.

Minuto a minuto, molécula a molécula, su existencia fue ganando volumen, forma y peso, en el delgado cuerpo de una puntiaguda roca afilada, pendida arriba, muy arriba, en un vasto techo pétreo. Se aferró, luchó, pugnó, hasta el último momento contra el peso de su propio cuerpo. Pero, desafortunadamente, una diminuta gota de agua nunca fue o será rival para la gravedad. He así pues que, su caída, al igual que el flujo del tiempo, fue inevitable.

¡Plink!

Claro, penetrante, expansivo, como el tintineo de una campanilla de cristal en una inmensa bóveda vacía. El impacto de la vítrea gota de plata sobre la imperturbada superficie del cristalino estanque dorado, reverberó largo por cada centímetro de la enorme galería subterránea. El eco no tardo en devolverse, y a su paso, en oleada, se fue iluminando, y desprendiendo, del frío muro de roca, centenares de miles de diminutas estrellas relucientes. Esparcidas quedaron por doquier, revueltas, febriles, ávidas de juego y compañía. Pronto comenzaron a reunirse entre ellas, a arremolinarse, a bailar, a entrelazarse en un armónico serpenteo ascendente. Tejiendo lento pero constante un agitado remolino de luz, que al poco tiempo cambió a una estructura en espiral de doble hélice. Justo ahí, en medio de la oscuridad más absoluta, cada pequeña partícula de luz encontró su pareja. Cada una de ellas tan cerca como para tocarse, tan próxima la una de la otra como para fundirse en una más grande y resplandeciente mota de luz. Fueron ascendiendo, rápidas y radiantes hacia lo alto, pero al llegar al techo, en un movimiento brusco, quebraron su dirección hacia abajo, precipitándose a toda velocidad hacia el suelo. En una pequeña abertura, invisible en esta oscuridad, el vórtice de luz fue tragado con una sed enorme.

El sonido sordo de una segunda gota lo trajo devuelta de su sueño. Sus ojos al abrirse alcanzaron a reflejar la partida de un torbellino resplandeciente, que, en nada, se desvaneció. Dejando tras de sí, en la nebulosa mente del espectador, solo una estela difusa de recuerdos convexos.

Publicado la semana 16. 19/04/2021
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